Opinión

La pérdida de un icono

El paisaje de una ciudad casi nunca permite imaginar cómo sería todo aquello antes de que alguien tuviese la ocurrencia de empezar a edificar. En lugares de costa es un poco más fácil hacerse una idea, porque al menos queda virgen la parte marina, aunque tampoco es el caso de Santander, donde la ciudad ha surgido de los rellenos de la Bahía. Afortunadamente, el mar dignifica casi todo lo que hay a su alrededor, porque la ciudad no ha sido demasiado acertada con su urbanismo ni con su arquitectura, y todavía es posible presumir de un entorno difícilmente igualable.

Entre las pocas aportaciones humanas que han añadido algo a lo que nos dio la naturaleza están el Palacio de la Magdalena, algunos edificios del Sardinero, el Centro Botín y poco más. Nadie echaría en falta la inmensa mayoría de los edificios restantes, sobre todo los que se hicieron en los años 50, 60 y 70 del pasado siglo, e incluso sería conveniente replantearse algunos barrios enteros, como ha hecho Valencia, con un realojo de los residentes en viviendas más dignas y adecuadas a los tiempos.

Hay un puñado de edificios que sí echaríamos en falta, o que les vamos a echar, como ocurre con la discoteca Aqua, de Raos, una referencia en el sur de la Bahía, que había mantenido su dignidad exterior, a pesar de llevar tantos años cerrada. Aqua daba un toque exótico a esa península industrial repleta de almacenes sin ningún encanto que hay en el centro de la Bahía, el polígono de Raos. La pirámide de cristal, con su jardín era la representación de un modelo turístico mucho más evolucionado del que tenemos, el de los puertos deportivos del Mediterráneo en los que conviven los yates de lujo con los locales de ocio nocturno más sofisticados, y que nunca ha llegado a Cantabria. Una fórmula que permite recibir turistas con mucho más poder adquisitivo y que debía cultivar ese toque de distinción que esta comunidad siempre ha tratado de ofrecer.

Aqua daba un toque exótico al interior de la Bahía. Ahora solo quedan almacenes

El gran esfuerzo que hicieron Alfredo Benito y otros socios para poner en pie Aqua nunca se vio recompensado, quizá porque el proyecto era demasiado ambicioso o porque surgió en un momento inadecuado. Cuando llegaron los buenos tiempos para la región, Aqua ya estaba tocada del ala y nunca se recuperó, lo que no impide que se hiciesen espectáculos de nivel internacional o que los cañones láser que apuntaban al cielo desde ese estratégico punto de la bahía creasen la imagen más espectacular que haya tenido nunca la noche santanderina.

Ese mundo de fantasía desapareció pronto; el edificio tuvo usos hosteleros ocasionales e incluso fue centro de exposiciones, algo de lo que las instituciones podrían haberse sacado mucho más partido cuando se hicieron con la propiedad a cambio de los impuestos impagados. Un edificio tan singular y tan emblemático se ha dejado morir en la incuria, por falta de imaginación y ganas, y nadie parece lamentarlo. Todo era cuestión de unos pocos miles de euros, y no de millones como en otros asuntos a los que se presta más interés. En una ciudad en la que hay defensores y detractores para cualquier mojón, Aqua ha muerto sin que nadie hiciese lo más mínimo para preservarla, pero se echará en falta, porque el fondo de la bahía ya no es igual sin ese enorme prisma de cristal y acero.

Aqua representaba el inconformismo de apostar por la fantasía, de querer sacarle mucho más partido a un lugar irrepetible, en el que, al parecer, debemos conformarnos con tener solo almacenes.

La riqueza se crea de muchas maneras, pero hay algunas que tienen más recorrido en el tiempo y aportan mucho más valor indirecto a una ciudad, como se vieron obligados a constatar muchos de quienes consideraban un despropósito desalojar un área industrial de Bilbao, por muy deteriorado que estuviese, para construir el Guggenheim.

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