Punto final a siete siglos de historia

Desde 1329, año de nacimiento de la Cofradía de Santander, las tensiones han sido el pan de cada día para esta comunidad de pescadores de bajura. Pero ni los problemas económicos, ni las pestes, ni siquiera las crisis internas a las que han tenido que enfrentarse a lo largo de sus siete siglos de historia, han minado el ánimo de un gremio artesanal que hoy en día está integrado por 18 barcos y unos 70 pescadores pero que, allá por la Edad Media, llegó a representar el 70% de la población santanderina.
Ha tenido que llegar el siglo XXI para que la Cofradía de Santander sienta en la nuca el aliento frío de la desaparición. “A trancas y barrancas siempre habíamos sobrevivido”, dice Porfirio Alonso, armador y uno de los tres integrantes de la comisión gestora que se ha hecho cargo de la Cofradía. Sobrevivir hasta hoy, cuando la situación de quiebra económica a la que se han visto abocados tras una desafortunada gestión está a punto de provocar que, esta vez, sí pierdan la batalla.
Ni el Puerto ni la Consejería han aceptado asumir las deudas acumuladas por la Cofradía en la gestión de la vieja Lonja y, por tanto, ha quedado excluida del consorcio que gestionará la nueva sala de subastas. Un gesto que los pescadores quieren ver como una maniobra para “quitarles del medio”, aunque son los primeros en reconocer los problemas económicos que han causado sus predecesores.
La Cofradía tiene un futuro muy incierto tras perder una de las atribuciones que han mantenido durante siglos: la comercialización de todas las capturas, algo que no pudieron impedir ni siquiera las normas antimonopolio de Bruselas. Y este hecho no sólo supone romper con una costumbre casi milenaria, la de que los pescadores subasten su propio pescado, sino también con su principal tarea, ahora que la Seguridad Social y los seguros privados dan coberturas a otras eventualidades que las cofradías atendieron durante siglos en régimen de mutualidad, como el auxilio a las viudas. La Lonja era también la única fuente de ingresos de la Cofradía, aunque dado que su gestión ha tenido pérdidas reiteradas en los últimos años, en realidad no aportaba recursos, sino que generaba una fuerte deuda.
“Perder la lonja significa perderlo todo, dejar de ser autosuficientes”, dice Porfirio Alonso. Y es que, desde el principio, la historia de la Lonja ha estado indisolublemente unida a la del gremio de pescadores. Allí donde se vendiera el pescado, allí se trasladaban ellos: “En 1860 vivíamos en Calvo Sotelo; después cambiamos a Puerto Chico y desde allí nos vinimos al Barrio Pesquero en 1940. Siempre, detrás de la lonja”. Tanto que la Cofradía ni siquiera cuenta con una sede social a la que trasladarse, ahora que ha perdido la gestión de la Lonja. Por el momento, está en un pequeño habitáculo, préstamo de un armador, y sólo pueden mantener el sueldo de un secretario que se ocupa de la gestión administrativa y de representarles cuando están en la mar.
Pero los pescadores siempre han sido combativos. Ya por el siglo XIV pleiteaban con los nobles para defender a la villa de sus abusos y, ahora, cuando les basta y les sobra con defenderse a sí mismos, no se plantean dejar de luchar por su supervivencia.

Deterioro histórico

De lo que en su día fue la poderosa Cofradía, en la que conviven en armonía armadores y marineros, hoy no queda más que una pequeña asociación que se reúne para intentar solucionar los problemas que preocupan a los pescadores y luchar contra los vaivenes del mercado.
Los actuales representantes de los cofrades creen que la crítica situación que atraviesan es resultado de haber abandonado su misión social. Tanto el secretario, Agustín Trueba como Alonso sostienen que “aunque se trate de una corporación sin ánimo de lucro, su principal objetivo es fomentar el mejoramiento social y económico”. Pero en los últimos tiempos dejó de tener beneficios y, probablemente por eso, de prestar atenciones sociales.
Porfirio Alonso recuerda con nostalgia “el espíritu encantador” del antiguo Apostolado del Mar que la cofradía santanderina mantuvo hasta los años setenta, con una especie de club para jóvenes y otro para jubilados, un espíritu en el que tuvo mucho que ver el liderazgo que ejercía el cura Miguel Bravo.

Crónica de una ruptura anunciada

La desvinculación de la Lonja ha sido la crónica de una ruptura anunciada. Ya en la primavera del año pasado venció el aval de la Consejería de Pesca y las entidades bancarias se negaron a facilitarle más créditos para pagar el pescado subastado, con lo que la Lonja del Barrio Pesquero tuvo que cerrar temporalmente, algo de lo que no se recuerdan precedentes en el último medio siglo. Minoristas y mayoristas se vieron forzados a proveerse de pescado en otros puertos.
¿Pero qué justifica el haber llegado a esta situación? Los anteriores responsables de la Lonja cesaron o dimitieron de sus cargos y una comisión gestora –integrada por Emilio Corona, Julián Martín y Porfirio Alonso– se ha hecho cargo del entuerto. Su compromiso es investigar lo sucedido en la Cofradía durante los últimos años y “destaparlo todo”. Por el momento, han puesto en marcha una auditoría de los últimos cuatro años –primero están reconstruyendo la contabilidad de algunos ejercicios, que ni siquiera estaba hecha– para aclarar la situación económica y demostrar que ni los pescadores ni, probablemente, la dirección de la Cofradía conocían los detalles de su gestión técnica.
Parte del asunto, el conflicto laboral que afecta a los 17 trabajadores de la antigua Lonja que resultaron regulados de empleo y no han pasado a la nueva, está en los tribunales. Y es que, a pesar de su asfixia económica, los pescadores siempre creyeron ser imprescindibles en la composición de la nueva Lonja y confiaron en que sus antiguos trabajadores se integrarían en ella.

Marejada

Porfirio Alonso reconoce que el desastre económico que ha provocado esta situación “se veía venir desde hace cuatro o cinco años, aunque siempre se nos denegaron las auditorías que solicitamos”. Fueron varias las circunstancias desencadenantes: el descenso de las capturas pesqueras, la falta de rentabilidad de la fábrica de hielo y el fracaso del plan de viabilidad puesto en marcha en 1996 por el equipo gestor de la antigua Lonja. Todo ello generó una deuda que nadie ha cuantificado aún con exactitud, pero que la Autoridad Portuaria llegó a cifrar en más de cien millones de las desaparecidas pesetas, cuando los pescadores intentaron que se hiciese cargo de estos pasivos.
Ante la escasez pesquera, poco se podía hacer: “Sólo pescar más o atraer a más barcos extranjeros”. Las que sí podían haberse evitado fueron las pérdidas de la fábrica de hielo, que daba servicio a barcos propios y forasteros, a compradores y a gente de a pie. También a los barcos de altura, a los que la Cofradía dice “haber facilitado siempre el hielo, aunque no fuera rentable”.
Los problemas de la fábrica de hielo venían de lejos, porque, aunque lo habitual ahora es que estas instalaciones de frío industrial sean subvencionadas por los Administraciones públicas, cuando se construyó no había Objetivo 1 al que acogerse y fueron los propios cofrades los que tuvieron que asumir todo el coste, superior a los 220 millones de pesetas y financiados con unos tipos de interés cercanos al 20%.
Cuando la Cofradía quiso reaccionar, no tuvo mucho éxito. El plan de viabilidad para reducir gastos, en realidad los aumentó. Aunque cuatro de sus funcionarios pasaron al Gobierno, los costos no bajaron sustancialmente, ya que el Estado se hacía cargo de la mitad de sus salarios y para colmo, poco después, se contrató nuevo personal “con sueldos ilógicos”. Los actuales responsables de la Cofradía aseguran que algunos salarios eran desmesurados y que sobraba plantilla. Una carrera de despidos improcedentes, juicios perdidos y sanciones de la autoridad laboral hicieron el resto.

La nueva Lonja

Ubicada en el muelle oeste del Barrio Pesquero, la nueva Lonja se construyó hace tres años con un gran dispendio para el erario público. Era un importante hito para los pescadores, pero su breve historia ha tenido más penas que alegrías ya que ha puesto de relieve todos los males del sector.
Enfrascada la Cofradía en sus problemas, durante dos años nadie pareció muy interesado en hacerse cargo de la gestión y el edificio envejecía antes de ser inaugurado. El Puerto buscaba una fórmula, incluida una gestión privada, pero finalmente se vio forzado a crear una sociedad gestora, un consorcio bautizado como Puerto Pesquero de Santander SL, en el que también participa el Gobierno regional y la Organización de Productores de Pesca de Altura (OPCA).
La exclusión de los pescadores de bajura ha sido producto de la falta de acuerdo con respecto a la recolocación de la plantilla que prestaba servicio en la antigua Lonja. La Autoridad Portuaria ha entendido que eso podía haber sido considerado por las autoridades laborales y fiscales como una sucesión de empresa, y si los asumía, corría el riesgo de verse obligado a abordar la deuda que generaron los gestores de la vieja Lonja.
Los pescadores artesanales creen que apartarles de la gestión de la lonja tendrá una influencia negativa sobre el precio y sobre la calidad del pescado que llega al consumidor final. Afirman que ellos siempre han vendido pescado fresco, mientras que la nueva gestora sólo vende por las mañanas, lo que impide comercializar el pescado del día, y añaden su convencimiento de que va a ocurrir cuanto a ellos se les impedía: subir el precio del hielo y de las tasas y cánones que abonan compradores, vendedores y transportistas.
La relación entre la Cofradía de Pescadores y la Autoridad Portuaria nunca ha sido mala porque, históricamente, están condenadas a entenderse. Todas las demás cofradías de la región están ubicadas en puertos dependientes del Gobierno regional pero, en Santander, la jurisdicción es de la Autoridad Portuaria y los pescadores de la capital sienten que les falta ese calor con que el Ejecutivo autonómico arropa a las restantes.

Sin perder la esperanza

El futuro de la Cofradía depende de la sentencia definitiva que se emita sobre la situación de sus trabajadores (la primera ha sido desfavorable) y de los resultados de la auditoría, pero lo más importante sigue siendo integrarse en la nueva Lonja. Confían en que les den la razón: “Cuando se demuestre que los pescadores no somos culpables, queremos entrar en el futuro consorcio”, concluye el armador Porfirio Alonso.
En el fondo, pesa un compromiso histórico. No es cuestión de cerrar una historia de casi 700 años de una forma tan poco honrosa. Es el convencimiento de que mantener con vida la Cofradía es un deber que han adquirido con varias decenas de generaciones de pescadores que les precedieron. Si ha podido sobrevivir desde la Edad Media frente a todos los avatares, no parece suficiente enemigo un apuro económico ocasional.

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Un comentario

  1. EL Apostolado del mar fue creado por GUILLERMO SIMON ALTUNA, el bueno de Miguel Bravo practicamente no tuvo ninguna intervención. No entendemos el motivo por el que se quiera silenciar a Guillermo.
    saludos

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