Editorial

Osetia de mi vida

E l realismo mágico no es aquello que hacían los autores latinoamericanos del siglo XX sino esa bofetada que, sin venir a cuento, te devuelve la razón. Puede que tú hayas imaginado una república catalana de la felicidad y que, una vez declarada, solo te reconozca Osetia del Sur. Y que, en tu coherencia, te empeñes en saber donde está ese sitio, para agradecérselo y para empezar a instruir a tus escolares en el osetio que va a ser su futuro, y también para empujar a tus técnicos comerciales a que se enteren de qué vive esa gente, para que tu hermosa república pueda sobrevivir vendiéndoles algo, aunque las expectativas sean pocas, porque solo hay 53.000 osetios en el mundo, como en Laredo en verano. O, puede que esa bofetada de realidad, al comprobar que ni te reconoce nadie ni te va a reconocer, te haga disipar la embriaguez soberanista.

El desafío catalán está sirviendo para poner muchas cosas en su sitio. Durante décadas, España ha estado incubando un problema interno por no querer o no poder dejar las cosas claras. En teoría, todos somos iguales, pero había dos comunidades que no querían ser tan iguales y todos hemos acabado por aceptarlo. Pujol, aquel supuesto hombre de Estado, hizo un discurso en el Paraninfo de la Magdalena que, a quienes no habíamos tenido la oportunidad de escucharle en el día a día, nos dejó perplejos: con un lenguaje más propio de un botiguer que del jefe de una comunidad tan avanzada, insistió una y otra vez en el mensaje que había trasladado a todos los jefes de Gobierno españoles desde Suárez en adelante: A mí, vino a decir, me valen las competencias que tengo, pero no quiero que los demás tengan las mismas. Si se las dáis, a mí me las tenéis que ampliar. El problema estaba en que, una vez conseguidas, las otras pedían lo mismo. Y por este camino más propio de los celos entre hermanos que de la alta política habíamos llegado a agotar el cupo de descentralizaciones. La única con la que había conseguido evitar que las autonomías de segunda le secundásemos era la de prisiones, que no quería nadie más por los muchos problemas que da. Un plus insignificante para Cataluña que, por tanto, se veía obligada a reclamar algo mucho más relevante y diferenciador, la Seguridad Social.

Pujol no se andaba con rodeos ni con los habituales retrúecanos de la política. Cualquiera de la calle lo hubiese podido expresar igual. Luego, sus sucesores en el cargo lo envolvieron en muchos más celofanes y sentimientos, porque Cataluña es la tierra del diseño y el mensaje pujolista era demasiado pedestre. Podía servir para negociar en Madrid pero no para emocionar a la parroquia propia.

Este es el problema en toda su simpleza, aunque haya llegado tan lejos. Y no tenía solución alguna, ni siquiera con el estado federal, porque lo que se busca es la diferencia, que haya quince autonomías y dos estados, naciones o como lo queramos llamar: Cataluña y, si lo reclama, el País Vasco.

La crisis catalana ha servido para demostrar que los manuales chinos del arte de la guerra de hace mil años son más eficaces que los occidentales de hoy. Rajoy, que no es chino pero sí gallego, se limitó a esperar los movimientos del rival, y lo que parecía una exasperante inacción le ha dado mucho más resultado que el haber actuado precipitadamente, porque así la república catalana ha tenido la oportunidad de mostrarse en público como lo que suponíamos que era: una entelequia fantasiosa e imposible en la práctica. Ahora también lo saben los soberanistas, que puede que queden inoculados de realismo para las pocas décadas que faltan hasta que Europa sea un solo país. Así que nos hemos ahorrado los futuros rebrotes del problema.

Además, ha servido para que se vuelvan a definir con claridad las jerarquías. Si Rajoy hubiese aceptado mediaciones, se hubiese escenificado dentro y fuera del país como una partida entre iguales: A un lado de la mesa, España; al otro lado, Cataluña. A partir de ahí, cualquiera otra comunidad española se sentiría con el mismo derecho de hablarle al Estado de tú a tu. El 155 no es un garrotazo a la democracia, es recomponer la escena de una foto que algunos tenían muy borrosa. Hay una soberanía nacional, que administra únicamente el Estado, y, en escalones inferiores, las autonomías, se atribuyan tantas legitimidades históricas como se atribuyan. Iguales o distintas, pero siempre un escalón por debajo del Estado. A quienes no lo entendían les ha quedado perfectamente claro para una buena temporada. Como dijo Franco en aquel desliz tras la muerte de Carrero, no hay mal que por bien no venga. Alberto Ibáñez

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