‘Los migrantes no sienten las cosas como quien siempre ha vivido en el mismo sitio’

Pablo García, prospector empresarial en el Servicio Cántabro de Empleo

Tras regresar a Cantabria después de siete años en Bélgica y Francia, el geógrafo reinosano Pablo García trabaja como enlace entre las empresas de la región y el Servicio Cántabro de Empleo. Su interés por contribuir al desarrollo económico y social de la comunidad y su experiencia en el extranjero hacen que sea crítico con algunos usos habituales en España y señale la importancia de mirar a Francia para internacionalizar la industria local.


Pablo García es licenciado en Geografía por la Universidad de Cantabria y ha tenido una trayectoria profesional muy ecléctica en Bélgica y Francia, país del que regresó hace cuatro años. Políglota y apasionado de los idiomas, habla español, inglés, francés, italiano y algo de alemán, y en la actualidad trabaja como prospector empresarial para el Servicio Cántabro de Empleo (EMCAN). Como cántabro retornado, es miembro también de la Red C2030 del Talento Cántabro en el Exterior de CEOE-Cepyme.

Su carrera se forjó alrededor de los idiomas:“Tras ser como becario en el Gobierno de Cantabria, inicié mi carrera profesional en el mundo de la empresa privada gracias a los idiomas”, cuenta el geógrafo campurriano. “En Bélgica, trabajé en multinacional del sector farmacéutico. Más adelante, en Francia, lo hice en el mundo de la venta online dentro del gigante francés del comercio electrónico Cdiscount, donde aprendí muchísimo pero también me di cuenta de cómo las grandes empresas de comercio minorista por internet destruyen el pequeño comercio tradicional”, confiesa. “Desde entonces, he sido mucho más cuidadoso con mis compras online.”

De vuelta en España desde 2019, Pablo se encarga ahora de acercar la administración pública a las empresas para ofrecerles servicios que cubran sus necesidades en materia de contratación.

Pregunta.- ¿Cuándo decidió vivir fuera?

Pablo García.- Siempre me ha gustado viajar al extranjero y desde pequeño sabía que algún día viviría fuera. Cuando tenía 16 años me fui un verano a estudiar inglés a Torquay, en el sur de Inglaterra, y en 3º de carrera aproveché la oportunidad para volver a salir, gracias a una beca Erasmus. Pasé un año estudiando en la Universidad de Leeds, en el norte del país.

Más adelante, mientras estaba de prácticas en la Oficina de Asuntos Europeos del Gobierno de Cantabria, se me presentó la ocasión de trabajar durante tres meses en la Oficina de Cantabria en Bruselas y, por supuesto, cogí ese tren. Cuando terminé las prácticas, era evidente para mí que debía quedarme en Bélgica. Tuve la suerte de encontrar trabajo rápido y empecé una aventura que duró casi cinco años. En ese tiempo, tuve la suerte de trabajar en una gran multinacional farmacéutica, primero en el servicio de atención al cliente y después en el de logística para clientes de toda Europa. Con los años, me surgió la oportunidad de cambiar de trabajo, de ciudad y de país, y así es como terminé mudándome a Burdeos, una ciudad francesa que adoro y en la que me siento como en casa. Allí permanecí hasta que un buen día regresé a Cantabria para trabajar en el Servicio Cántabro de Empleo.

P.- ¿Qué ha supuesto para usted ese período en el extranjero?

P.G.- Los años que he vivido fuera de España han supuesto para mí un gran enriquecimiento personal y profesional. De hecho, no me gusta decir “el extranjero”; se me hace incluso raro, porque para mí es algo artificial: Europa es tan pequeña, pero a la vez tan diversa, que contiene muchas realidades con muchas similitudes entre ellas. Es importante resaltar lo que nos une, que es mucho más que lo que nos separa.

‘En Francia y Bélgica los horarios son más racionales’

Pablo García se dedica en la actualidad a buscar empresas que puedan contratar a personas inscritas en el EMCAN.

P.- ¿Qué destacaría como lo más y lo menos positivo de su vida allí?

P.G.- Las diferencias son muchas si comparamos España con Bélgica y Francia, tanto a nivel social como laboral, así que intentaré resumirlas.

Lo que más me gusta del contexto laboral de los dos países en los que he vivido es la seguridad en cuanto a contratos, estabilidad y posibilidades de crecimiento profesional, así como los horarios de trabajo. En Francia y Bélgica, que es lo que conozco, los horarios son más racionales. Una jornada tipo en una oficina comienza sobre las 08:30 y termina a las 17:00 incluyendo una pausa para almorzar a mediodía. Es el horario que cantaba la mítica Dolly Parton en su canción Working 9 to 5 y que en España seguimos sin implantar. Terminando la jornada a esa hora queda tiempo para conciliar, para dedicarse a la familia, a los amigos o al ocio.

Trabajando actualmente en el Gobierno de Cantabria me considero un privilegiado, porque tengo también un buen horario y flexibilidad. Por desgracia, no es lo habitual en la gran mayoría de las empresas de Cantabria. Esto tiene que cambiar para que seamos más competitivos y para que la gente tenga un estilo de vida más sano física y mentalmente.

En cuanto a otras cuestiones no estrictamente laborales, entre los pros destacaría sin lugar a dudas que la sanidad y la educación son gratuitas y excelentes, y que los derechos adquiridos por los franceses a lo largo del siglo XX se notan en el día a día.

También tiene cosas negativas, claro: por un lado, el modelo urbano francés viene copiando al americano desde los años 70, con ciudades que se expanden a través de interminables urbanizaciones de casas individuales que provocan que para desplazarte de un punto a otro debas usar el coche, con sus consiguientes atascos. Por otro lado, la burocracia francesa es legendaria y en ocasiones desesperante para cualquier trámite.

P.- ¿Siempre mantuvo contacto con Cantabria?

P.G.- Mi conexión con Cantabria siempre fue sólida, ya que tengo aquí tanto a mi familia como a muchos buenos amigos. Como buen campurriano, me escapo siempre que puedo a mi valle; durante los años que viví en el extranjero siempre aprovechaba las vacaciones para venir.

Lo que más me gustaba cuando vivía en Burdeos era la relativa cercanía a Cantabria, ya que en solo cinco horas cambiaba croissants por pantortillas. Quizás esas cinco horas les parezcan mucho a algunos, pero a mí me daban la libertad de poder venir a menudo, sin preocuparme por vuelos ni esperas en aeropuertos.

P.- ¿Cómo fue su vuelta a Cantabria?

P.G.- La vuelta fue muy dura, no lo puedo negar. Fue como volver a ninguna parte. Sentía que ya no pertenecía a ningún lugar. Me sentí extranjero en mi propia tierra. Es algo conocido como “duelo migratorio” y supone un choque cultural y emocional grande. Como emigrante, nunca me había desvinculado totalmente de España. Sin embargo, mi evolución como persona había sido diferente, y al volver no encontré todo como lo dejé, sino que había cambiado. Echaba (y sigo echando) muchas cosas de menos y encontré mucha gente que no lo entendía. Hay que tener empatía con los emigrantes retornados, ya que el desarraigo a veces hace que no nos sintamos de ninguna parte. Vale lo mismo para todos los extranjeros que tenemos en España y que nos enriquecen como país: hay que saber entender que no sienten las cosas como puede hacerlo alguien que siempre ha vivido aquí, en el mismo sitio.

Pero no todo es negativo ni mucho menos. Al volver a Cantabria he podido poner en práctica mucho de lo que aprendí en el extranjero, he retomado el contacto con amigos a los que no veía con tanta frecuencia, veo más a la familia y me puedo dar unas buenas caminatas por nuestra cordillera cantábrica y unos buenos baños en nuestras playas norteñas siempre que quiero.

P.- ¿Qué es lo que más echa de menos en Santander?

P.G.- Relacionarme con gente de otras culturas en ambientes multilingües es algo que echo de menos. Por suerte, en Cantabria cada vez se siente más esa multiculturalidad que encuentro tan enriquecedora.

También, por supuesto, echo de menos los horarios. De hecho, procuro vivir en España con mis horarios “europeos”, comiendo y cenando pronto. Echo de menos poder ir de compras al mediodía, que es precisamente cuando aquí está todo cerrado. El hecho de cerrar durante las horas centrales del día, a veces incluso durante cuatro horas, de 13:30 a 17:30, hace que el pequeño comercio pierda mucha competitividad. Las empresas de Cantabria, y en general la sociedad cántabra, deberíamos hacer un esfuerzo para adaptarnos a los horarios que siguen en el resto de Europa, facilitando así la conciliación laboral y personal.

‘Cantabria es bastante conservadora, por lo que los cambios tardan más en materializarse’

P.- Muchos cántabros han regresado en los últimos años o se están planteando hacerlo. ¿Qué valor ve en ese talento retornado?

P.G.- Estoy convencido de que la vuelta del talento en el exterior es muy positiva para Cantabria. Somos una región periférica, algo ensimismada, centrada en nuestra propia realidad. Si miras las cosas desde fuera, ves con facilidad que esta comunidad es bastante conservadora, por lo que los cambios tardan en materializarse en comparación con otras regiones más abiertas al exterior.

Por ello, que regrese gente que ha estado fuera y traiga ideas nuevas, innovación y aires de cambio no puede ser más que positivo. Todo lo aprendido en el exterior, siempre que sea bueno para Cantabria, puede ser importado o adaptado con el fin de mejorar la región, ayudando a las empresas locales a internacionalizarse y crecer. Es importante que las firmas cántabras sepan valorar —y me consta que muchas lo hacen— el talento, invirtiendo recursos y ofreciendo buenas oportunidades laborales que cumplan las expectativas de los retornados y que generen riqueza para la región.

P.- Existen diversos grupos que buscan poner en contacto a los cántabros que están o han estado en el exterior. ¿Qué opinión le merecen?

P.G.- Son unas iniciativas excelentes. Desde la Red C2030 de CEOE-Cepyme, por ejemplo, se pusieron en contacto conmigo cuando vivía en Bélgica para que formase parte de la misma. Ya entonces me pareció una oportunidad genial para crear contactos y aprovechar esas sinergias entre cántabros y cántabras que vivimos en el exterior. En los últimos años he asistido a varias reuniones en las que hemos compartido experiencias y, en definitiva, se ha creado red. A través de iniciativas como estas se potencian las relaciones entre el talento cántabro y las empresas regionales, lo cual contribuye a generar riqueza para la comunidad y facilitar su progreso económico y también social.

‘La cercanía con Francia es un factor muy positivo que no se está explotando lo suficiente.’

P.- ¿Cómo ve la realidad de la región a su regreso?

P.G.- Gracias a mi trabajo actual en el Servicio Cántabro de Empleo, tengo la oportunidad de visitar empresas de la región y tomar el pulso a la situación laboral de la misma. Opino que Cantabria tiene mucho potencial. Si bien es una región pequeña y, como indicaba antes, en cierto modo periférica en el contexto de España, está muy cerca de Francia, y eso es una ventaja competitiva que se debería favorecer más. La cercanía con ese mercado potencial es un factor muy positivo que no creo que se esté explotando lo suficiente.

En Cantabria se debería invertir mucho más en la enseñanza de idiomas, y no solo del inglés. El francés es un idioma muy importante en Europa y el turismo galo en Cantabria representa un porcentaje muy elevado tanto del número total de visitantes como de los ingresos. Estamos a tan solo dos horas o 200 km de Francia y esa cercanía tiene que ser puesta en valor para que la relación resultante sea beneficiosa para ambas partes.

P.- Por último, ¿qué consejo le daría a alguien que se esté planteando vivir fuera de España?

P.G.- Mi consejo es, por supuesto, que se vaya si le gustan la cultura y el estilo de vida del país de destino. Si no le gusta el país, sus costumbres o incluso su clima, a veces es mejor no ir. A lo largo de estos años en el extranjero he conocido a algunos expatriados que no se adaptaban y estaban deseando regresar a su tierra de origen. La morriña es natural y en cierta medida es buena, pero cuando pesa demasiado, no permite que se disfrute de todo lo que ofrece el país de acogida y acaba convirtiéndose en una carga que no te deja avanzar. Por eso aconsejo a la gente que se quiere ir fuera que se informe bien, ya que es un cambio de vida a todos los niveles. Para mí fue increíblemente positivo, pero esa es solamente mi experiencia personal.

José M. Sainz-Maza del Olmo

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