A fondo

La nueva fábrica de Cantabria Labs prepara a la compañía para otro salto de gigante

La planta de La Concha ayudará a duplicar la facturación y pasar de los 30 millones de unidades producidas a 100

La compañía cántabra Cantabria Labs (la antigua Industrial Farmacéutica Cantabria) acaba de estrenar su centro de innovación y producción sostenible, en la que ha invertido 20 millones de euros. Asentada en una enorme finca de 50.000 m2, de los que 38.000 siguen siendo zonas verdes, está compuesto por un centro de producción y otro de investigación e ingredientes, a los que se suma un laboratorio del agua que va a sacar partido de la existencia de un manantial termal en los terrenos. La sostenibilidad del centro es posible, entre otros factores, gracias a la geotermia del manantial de La Solía, que mana a 39 grados.


Cuando hace dos años en IFC (Industrial Farmacéutica Cantabria) decidieron cambiar su nombre a Cantabria Labs para que no les siguiesen preguntando qué significaban sus siglas, también actualizaron su logo. Ahora recuerda la silueta de un hombre que alza los brazos con entusiasmo, y en la casa ha pasado a ser conocido como el happy man (hombre feliz).

Cantabria Labs tenía mucho que festejar y el logo era premonitorio. Con sus canales de distribución o a través de acuerdos con otras empresas, los fármacos y cosméticos de la empresa cántabra se están extendiendo por todo el mundo y el crecimiento de la demanda ha llegado a la apertura de la nueva planta de fabricación de La Concha de Villaescusa. Una factoría muy especial por su carácter sostenible, en un entorno rural y porque garantiza la continuidad de la compañía en Cantabria. Las nuevas instalaciones sustituyen a las que IFC tenía en Cazoña y acaban de cerrar, por sus limitacione de espacio y crecimiento, a pesar de las inversiones de actualización que se han hecho cada año.

Cantabria Labs no quería una parcela en un polígono industrial para levantar la nueva planta, por las características de su actividad. Quería una fábrica verde y, en concreto, poder ubicarla en las proximidades de un manantial de aguas mineromedicinales, y que las aguas fuesen otro ingrediente activo más que añadir a la lista de productos innovadores que tienen patentados.

Cantabria es la comunidad con más yacimientos de aguas termales, pero la mayoría de ellos están explotados por balnearios históricos (Solares, Alceda, Liérganes, La Hermida…). Eso no impidió que la empresa encontrase uno sin explotar en La Solía (Villaescusa), que mana a 39º. Tras testar sus aguas, la compañía decidió que era el emplazamiento idóneo para el nuevo proyecto y empezó a tramitar la solicitud.

El nuevo centro de Cantabria Labs de Villaescusa, denominado La Concha, lleva a un entorno rural una actividad de alto valor añadido, con un gran componente de I+D.

No contaban con las complicaciones administrativas que suponía esa elección. El terreno, además de ser rústico, estaba afectado por las normativas de AENA, Confederación Hidrográfica del Norte, Carreteras… Eran muchas las cuestiones a resolver antes de poder iniciar el proyecto, entre otras una tan obvia como demostrar que, puesto que se pretendía aprovechar el manantial termal, la planta necesariamente debía estar emplazada en ese lugar y no en otro. “Solo la ilusión que pusimos, al considerarlo un proyecto único, nos ayudó a hacerlo realidad”, recuerda Enrique Quintana, director general de la planta, al repasar todos los inconvenientes superados.

Tras tres años de tramitaciones, en 2017 la empresa colocaba el primer hito físico en la parcela. No fue una piedra, como es habitual, sino un tejo y un madroño, con los que la familia Matji, propietaria de Cantabria Labs quería simbolizar la unión de Cantabria –cuna de la empresa– y Madrid –donde radica la mayor parte del accionariado–.

Los dos árboles reciben ahora a cuantos acuden a la planta, inaugurada el pasado mes de noviembre.

Cantabria Labs cuenta con más de 850 empleados repartidos por el mundo, de los cuales la mitad trabajan en España. En Cantabria tiene 120, que ahora prestan sus servicios en la nueva planta, diseñada para poder acoger hasta 250 si, en algún momento, los 30 millones de unidades que se fabrican actualmente se convierten en 100, como prevé. Esas son las cifras que el director de la planta querría ver convertidas en realidad, pese a mostrarse satisfecho con la previsión de crecimiento de más del 20% en España a cierre de 2019, con 200 millones de facturación alcanzados frente a los 160 del año anterio. La carrera de la compañía ha sido meteórica y Quintana espera que La Concha aporte el empuje necesario para llegar a unas ventas de 300 millones de euros dentro de un lustro.

Instalaciones sostenibles

La Concha no solo es el nombre del pueblo del municipio de Villaescusa; la familia Matji también ha decidido denominar así la nueva fabrica. La planta ocupa una pequeña parte de los 50.000 m2 que tiene la gran parcela adquirida en la zona, a menos de cinco kilómetros del Parque de Cabárceno. Las obras y el equipamiento se han ejecutado en 24 meses y han supuesto una inversión de 20 millones de euros.

La parte edificada (12.000 m2), está dividida en dos centros. El edificio principal alberga las oficinas, los departamentos de producción de las dos áreas de negocio, la farmacéutica y la cosmética, además de los departamentos de garantía, calidad e I+D o el almacén.

El segundo edificio está dedicado a las materias primas que se utilizan en los procesos. Detrás de sus puertas, los técnicos desarrollan los principios naturales que utiliza la compañía como activos de sus productos y que tiene protegidos con varias patentes. La antigua IFC lleva muchos años investigando con helechos, plantas exóticas y baba de caracol, con resultados prácticos tangibles en el cuidado de la piel o en la protección solar, que le han dado un gran prestigio en el campo de la dermocosmética.

En un primer edificio se ha instalado un innovador laboratorio del agua para sacar el máximo partido a este recurso en forma de agua purificada, potable y como ingrediente activo.

La construcción está perfectamente integrada en el paisaje que la rodea. La finca conserva 38.000 m2 de zonas verdes, salpicados de bancos y mesas en los que poder disfrutar de la naturaleza. Un sendero de un kilómetro de longitud rodea todo el perímetro de la finca y diferencia aún más La Concha de una fábrica convencional. Quintana asegura haber mantenido más de una reunión caminando por esta senda.

El agua del manantial La Solía juega un papel fundamental en el proyecto. Puesto que fluye de manera constante a 39 grados centígrados con un caudal de 35 litros por segundo, no solo aporta sus propiedades mineromedicionales para los preparados de la fábrica sino que también permite climatizar las instalaciones a través de un suelo radiante y proporciona calor para poner en marcha los reactores de producción, unos tanques a presión de acero inoxidable donde se producen las reacciones físico-químicas que requieren los preparados.

En realidad, sus utilidades no acaban ahí. Tras un primer tratamiento en el laboratorio, se obtiene agua potabilizada para el consumo de las instalaciones y agua de riego para las zonas verdes.

En un segundo tratamiento se obtiene agua purificada, una materia prima muy valiosa en el sector en el que se mueve Cantabria Labs.

Todavía hay otro uso más. El laboratorio cuenta con un depósito de 500 litros donde almacena el agua mineromedicinal tal cual sale del manantial, para sus investigaciones sobre el cuidado de la piel.

Laboratorio I+D

En el laboratorio situado en el edificio principal de La Concha se realiza el desarrollo galénico de todos los productos cosméticos de la compañía, así como todos los farmacéuticos tópicos y orales, aunque esta gama se fabrica en la planta de Madrid.

Está dividido en dos áreas: I+D y calidad, y cuenta con un equipo que anualmente elabora más de 300 prototipos de producto, en cada uno de los cuales se utiliza casi medio centenar de ingredientes, con sus correspondientes pruebas de desarrollo galénico, garantía y control de calidad.

Cantabria Labs aplica los mismos criterios y forma de trabajar en la parte farmacéutica que en la parte cosmética, aunque los estándares de cosmética no sean tan altos.

La directora técnica de la rama cosmética, Inés Pérez, estima que “alrededor de un centenar de ellos terminan en el mercado”. Antes han de dar muchos pasos, hasta el punto que suelen transcurrir al menos 18 meses desde su diseño hasta su lanzamiento.

Los prototipos se ensayan en cantidades que casi nunca superan los 300 gramos. Si son aprobados, pasan a la llamada escala piloto (entre los tres y los cien kilos) para estudiar su estabilidad. Si la superan y llegan a la fase industrial, se harán series de entre 400 y 2.000 kilos.

La enorme variedad de prototipos se justifica por el hecho de que los estudios han de tener en cuenta la variedad de los tipos de piel de las personas a las que van dirigidos o de las zonas climáticas, entre otros factores.

En la actualidad, la compañía está experimentando con 60 desarrollos para próximos lanzamientos. En bastantes de ellos interviene el agua del manantial y la responsable del laboratorio cosmético confía en que estas investigaciones sirvan para definir sus auténticas utilidades en el campo de la dermocosmética. “Es todo un reto”, apostilla.

Producción

De los 2.000 m2 de zona productiva que tenían las instalaciones de Cazoña, Cantabria Labs ha pasado a disponer de 8.000 en La Concha, divididos en dos zonas diferenciadas, la farmacéutica y la cosmética. También han cambiado las tecnologías, ya que se ha incorporado la última generación en maquinaria de fabricación, y se ha adoptado el concepto de industria 4.0 (interconectada) para lograr los máximos estándares de producción. El equipo de fabricación está formado por unas 70 personas.

El director de la planta, Enrique Quintana en el laboratorio del agua, explicando los diferentes procesos de tratamiento del agua procedente del manantial.

Enrique Quintana hace hincapié en que Cantabria Labs mantiene las mismas exigencias, suministros y forma de trabajar en la parte cosmética que en la farmacéutica, aunque los estándares que marca la legislación para la cosmética no sean tan altos. “Se trata de un valor añadido que le damos a nuestros productos”, justifica.

Todas estas instalaciones están presurizadas y el aire ha sido previamente filtrado, para que las condiciones de fabricación sean optimas y permanentes. Allí se encuentran los reactores presurizados, mezcladoras, llenadoras de tubos y botellas, llenadoras de ampollas, sistemas de llenado airless, estuchadoras…

Aún quedan salas sin ocupar, a la espera de futuras ampliaciones y de nuevas máquinas. De hecho, pronto recibirán algunas más por valor de tres millones de euros.

Para llegar a los 30 millones de unidades que se fabrican actualmente y al ambicioso objetivo de alcanzar los 100 millones a medio plazo, cada día se llenan entre 8.000 y 10.000 tarros y tubos y alrededor de 50.000 ampollas.

Muy próximo a las zonas de producción, se encuentra el almacén, que tiene capacidad para almacenar unos 6.000 palets. Desde allí, cada día sale producto hacia Madrid, desde donde se distribuye a los mercados.

Planta de Ingredientes

En el edificio de los ingredientes naturales hay varias salas dedicadas al tratamiento y optimización de algunos de los que Cantabria Labs lleva años investigando, como el edafence (el extracto de una planta de la Antártida, con eficacia demostrada para combatir los efectos de la polución en la piel); la SCA (baba de caracol con proteína, una fuente natural de regeneración cutánea con propiedades antioxidantes y reparadoras); el fernblock (un extracto de helechos que solo se dan en Costa Rica, Honduras y Guatemala, con cualidades únicas fotoprotectoras) o el AM3 (un  inmunomodulador).

Este centro dedicado a la investigación y producción de esos ingredientes naturales sigue experimentando con nuevos principios obtenidos de plantas, sobre los que ya tiene varias patentes, que con el tiempo irán pasando al ámbito productivo.

La directora técnica de la rama cosmética del laboratorio, Inés Pérez, y la supervisora de control de calidad, Verónica Agüero.

La empresa cántabra se ha convertido en un referente en el campo de la dermatología, en el que gana cada vez más cuota de mercado en España y ha conseguido exportar a más de 80 países. Sus productos de alto valor añadido (que no hay que confundir con los de gran consumo), siguen utilizando las farmacias como principal canal de ventas y tienen cada vez más notoriedad pública, especialmente los cosméticos Heliocare (fotoprotección) y Endocare (regeneración celular), que siguieron la estela de su popular línea Neostrata. A pesar de esta fidelidad a sus orígenes, su gama de productos cada vez es más amplia, con cosmecéuticos, nutricéuticos y fármacos que surgen de sus propios desarrollos y patentes, como Iraltone (para la salud capilar), el Inmunoferón (para reforzamiento del sistema inmunológico) o el Radiocare (un regenerador de la piel).

La Concha generará muchas oportunidades para ampliar estas actividades y ya ha servido para consolidar la fabricación y la investigación de esta compañía de primer nivel en Cantabria.

María Quintana

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