Un verano muy caliente

Incluso en aquellos años en que los otoños eran calientes, los veranos resultaban lánguidos. Poco más que alguna declaración estentórea que los ministros reservaban para La Magdalena, cuando la falta de competencia informativa garantizaba su resonancia nacional. Incluso ahora, hay que reconocer que si la polémica más relevante y duradera del verano ha sido la foto de las ministras en Vogue, es que no hay nada que llevarse al papel impreso. Pero Cantabria es otra cosa. Aquí la actualidad se acelera en verano, donde además de actuar de anfitriones para todo el que viene, tenemos asuntos propios de sobra con que entretener a la clientela de los periódicos.
Desde la conformación del nuevo Gobierno, en junio del año pasado, hemos vivido un proceso político desmedido. Era lógico que los recién llegados no tomasen vacaciones entonces, pero empieza a resultar un poco desasosegante para todos el empeño de Gobierno y oposición para demostrarnos lo mucho que trabajan, manteniéndose este verano también en el tajo, o haciéndose la puñeta. El hecho de no cerrar el Parlamento, por primera vez, es un buen ejemplo. No puede dudarse que el POL es un asunto trascendente, pero tampoco cabe olvidar que los planes de ordenación del territorio fueron impuestos por una ley de 1991 que daba un año de plazo para presentarlos y el primero de ellos en llegar a la Cámara –éste que ahora se debate– no ha tardado doce meses, sino doce años. Es curioso que ahora se exija tanta urgencia, aunque al mismo tiempo, la oposición se haya negado a que se tramite por el procedimiento más rápido.

El Gobierno ha permanecido en los despachos, los diputados en el Parlamento y los partidos con mucha más agitación en sus sedes de la que quisieran. El PSC-PSOE, que creía haber encontrado el bálsamo de fierabrás en el último congreso –por fin un plenario tranquilo en catorce años– se ha encontrado con otro conflicto incómodo en dos de las demarcaciones más importantes –Santander y Bezana– donde los críticos irredentos han encontrado extraños aliados, aprovechando la vacante de líderes en la estructura local del Partido. En el PP los siesistas y piñeiristas rearman sus huestes para el congreso de otoño, el primero que se hará fuera del poder desde la creación del partido. Para quienes piden un liderazgo más fuerte y desean que el alcalde de Santander vuelva a controlar las riendas del partido, Martínez Sieso y Francisco Rodríguez no tienen capacidad de alcanzar una mayoría absoluta, la única forma en que su partido podría volver a gobernar. Para los partidarios de la actual dirección, todo lo que sea llevar el partido más a la derecha es volver al pasado y alejarlo de la mayoría absoluta, dado que, sin Revilla como aliado, el único trampolín para alcanzar el poder en Cantabria es quitarle votos de centro al PRC. Un Partido Regionalista que tampoco se ha librado de fuertes tensiones internas a costa del POL.

Que el cotarro ha estado muy revuelto este verano lo demuestra también la alta tensión que ha envuelto los dos contratos de la década, ambos en Santander. El de las basuras, una pugna soterrada donde ha estado muy cerca de aflorar la tensión que viven las relaciones entre el PP y el empresario Santiago Díaz desde las últimas elecciones, y la decisión de privatizar el Servicio de Aguas de la capital, la única fuente que ha encontrado el Ayuntamiento donde sofocar mínimamente el enorme reseco que padecen las arcas municipales. Sin poder, sin dinero y sin el respaldo de su tradicional lobby empresarial, que ha buscado otros aires, en el PP local cuaja la sensación de marido engañado y es difícil que ese malestar interno se disipe antes del congreso.
Las tensiones que han generado todas estas circunstancias de la política cántabra y la ansiedad del presidente regional por ofrecer cada semana la noticia del año, incluso del siglo, repercuten en la falta de sosiego que se percibe. Es bueno que los gobiernos se mantengan en tensión y es bueno que la oposición también, pero empieza a resultar cansado.

Incluso en aquellos años en que los otoños eran calientes, los veranos resultaban lánguidos. Poco más que alguna declaración estentórea que los ministros reservaban para La Magdalena, cuando la falta de competencia informativa garantizaba su resonancia nacional. Incluso ahora, hay que reconocer que si la polémica más relevante y duradera del verano ha sido la foto de las ministras en Vogue, es que no hay nada que llevarse al papel impreso. Pero Cantabria es otra cosa. Aquí la actualidad se acelera en verano, donde además de actuar de anfitriones para todo el que viene, tenemos asuntos propios de sobra con que entretener a la clientela de los periódicos.
Desde la conformación del nuevo Gobierno, en junio del año pasado, hemos vivido un proceso político desmedido. Era lógico que los recién llegados no tomasen vacaciones entonces, pero empieza a resultar un poco desasosegante para todos el empeño de Gobierno y oposición para demostrarnos lo mucho que trabajan, manteniéndose este verano también en el tajo, o haciéndose la puñeta. El hecho de no cerrar el Parlamento, por primera vez, es un buen ejemplo. No puede dudarse que el POL es un asunto trascendente, pero tampoco cabe olvidar que los planes de ordenación del territorio fueron impuestos por una ley de 1991 que daba un año de plazo para presentarlos y el primero de ellos en llegar a la Cámara –éste que ahora se debate– no ha tardado doce meses, sino doce años. Es curioso que ahora se exija tanta urgencia, aunque al mismo tiempo, la oposición se haya negado a que se tramite por el procedimiento más rápido.

El Gobierno ha permanecido en los despachos, los diputados en el Parlamento y los partidos con mucha más agitación en sus sedes de la que quisieran. El PSC-PSOE, que creía haber encontrado el bálsamo de fierabrás en el último congreso –por fin un plenario tranquilo en catorce años– se ha encontrado con otro conflicto incómodo en dos de las demarcaciones más importantes –Santander y Bezana– donde los críticos irredentos han encontrado extraños aliados, aprovechando la vacante de líderes en la estructura local del Partido. En el PP los siesistas y piñeiristas rearman sus huestes para el congreso de otoño, el primero que se hará fuera del poder desde la creación del partido. Para quienes piden un liderazgo más fuerte y desean que el alcalde de Santander vuelva a controlar las riendas del partido, Martínez Sieso y Francisco Rodríguez no tienen capacidad de alcanzar una mayoría absoluta, la única forma en que su partido podría volver a gobernar. Para los partidarios de la actual dirección, todo lo que sea llevar el partido más a la derecha es volver al pasado y alejarlo de la mayoría absoluta, dado que, sin Revilla como aliado, el único trampolín para alcanzar el poder en Cantabria es quitarle votos de centro al PRC. Un Partido Regionalista que tampoco se ha librado de fuertes tensiones internas a costa del POL.

Que el cotarro ha estado muy revuelto este verano lo demuestra también la alta tensión que ha envuelto los dos contratos de la década, ambos en Santander. El de las basuras, una pugna soterrada donde ha estado muy cerca de aflorar la tensión que viven las relaciones entre el PP y el empresario Santiago Díaz desde las últimas elecciones, y la decisión de privatizar el Servicio de Aguas de la capital, la única fuente que ha encontrado el Ayuntamiento donde sofocar mínimamente el enorme reseco que padecen las arcas municipales. Sin poder, sin dinero y sin el respaldo de su tradicional lobby empresarial, que ha buscado otros aires, en el PP local cuaja la sensación de marido engañado y es difícil que ese malestar interno se disipe antes del congreso.
Las tensiones que han generado todas estas circunstancias de la política cántabra y la ansiedad del presidente regional por ofrecer cada semana la noticia del año, incluso del siglo, repercuten en la falta de sosiego que se percibe. Es bueno que los gobiernos se mantengan en tensión y es bueno que la oposición también, pero empieza a resultar cansado.

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