IMEM: Desafiar a las multinacionales

Para cualquier industria local el desembarco en su territorio de los grandes fabricantes multinacionales supone una dura prueba que muchos no logran superar. Los recursos tecnológicos de esas grandes empresas y su capacidad para ajustar precios más allá de los márgenes que un pequeño fabricante puede permitirse, suelen hacer inviable la competencia.
La historia de la industria de ascensores en Cantabria no ha sido ajena a esta implacable lógica de mercado y los fabricantes locales se vieron diezmados por la guerra de precios desatada en la década de los ochenta, tras la llegada de las firmas multinacionales del sector. Tan sólo una de aquellas empresas locales, IMEM, ha sobrevivido como fabricante a la presión de las grandes firmas extranjeras, mientras que las que no desaparecieron o fueron absorbidas (como Bolado, Ascensa, Rada o Solórzano), optaron por reconvertirse en instaladoras de los elevadores construidos por otras empresas.
IMEM (Industrias Montañesas Eléctrico Mecánicas), no sólo ha logrado conservar su mercado natural, sino que trata de ser un rival para grandes fabricantes como Otis, Kone, Schlinder o Thyssen, con los que también compite en el mercado internacional.
IMEM ha instalado ya ascensores en más de cuarenta países y el 30% de su facturación, que el pasado año se elevó a 2.500 millones de pesetas, procede de ese mercado exterior. En el territorio nacional cuenta con sólidas bases en Asturias, La Rioja y Vizcaya, donde ha abierto delegaciones, y una red que pronto se ampliará a otros puntos del país.
En Cantabria, esta empresa lleva instalados más de 1.400 aparatos elevadores, lo que supone el 17% del parque de la región, que el pasado año se cifraba en 8.412 ascensores.

Una empresa familiar

IMEM fue creada por Antonio Pérez Iglesias en 1969, quien levantó un taller en Adarzo para hacer elevadores con destino a los mercados cántabro, vizcaíno y riojano.
La expansión y modernización de la empresa recibió un fuerte impulso con la llegada a la dirección del hijo del fundador, Antonio Pérez Ruiz. Además de continuar el despliegue de la firma, con la apertura de delegaciones en comunidades cercanas, el nuevo gerente comenzó a explorar las posibilidades del mercado exterior.
Cuba fue el primer destino internacional de los ascensores IMEM. A través de una exportadora cántabra, la firma de Adarzo suministró en 1992 los elevadores para sus dos primeras instalaciones fuera del territorio nacional: el Hotel Chateau Miramar y la Clínica de Kholi. Desde aquella primera experiencia, Cuba ha continuado siendo un mercado especialmente propicio para la empresa y hoteles, clínicas y edificios emblemáticos del país caribeño utilizan sus ascensores.
La orientación internacional de IMEM se potenció con la creación entre 1993 y 1994 de un departamento de comercio exterior, que le permitió prescindir de intermediarios y gestionar directamente sus exportaciones. A Cuba –donde terminó abriendo una oficina comercial– le siguieron Chile, Panamá, Marruecos e Irlanda, el primer país europeo al que accedió la fábrica de Adarzo.
Desde entonces, IMEM ha repartido sus elevadores por muy diversos puntos del globo, y en edificios de muy distintas características, desde aeropuertos, como el de Teherán, a campos de fútbol, como el del equipo inglés Aston Villa, o los metros de París y Bruselas.
En Cantabria, además de los muchos edificios de viviendas que ha equipado, llevan su etiqueta los ascensores del Palacio de la Magdalena y del Hospital de Sierrallana, de Torrelavega. Una de sus instalaciones más llamativas es el gran elevador acristalado del Mercado del Este, que da acceso a la zona de exposiciones situada en el sótano. Es un aparato hidráulico con pistón de tiro directo y capacidad para 48 personas, lo que le convirtió, cuando fue instalado hace dos años, en el más grande de este tipo de los existentes en España y uno de los mayores de Europa.

Adiós al cuarto de máquinas

Además de su valor funcional, el ascensor ha pasado a ser un elemento arquitectónico más, y da un amplio juego a los arquitectos y promotores. La evolución tecnológica de los ascensores eléctricos ha permitido suprimir los tradicionales casetones que servían de cuartos de máquina. Esa liberación de espacios permite mayor flexibilidad en el diseño del edificio y aumenta los metros útiles, con la consiguiente rentabilidad para el promotor.
Esta novedad, introducida en 1998, se ha hecho ya con el 40% del mercado y consiste en situar la máquina (el motor más el reductor de velocidad) en una bancada apoyada sobre las guías del ascensor.
El problema que plantea este sistema es la intensificación de los ruidos que produce la maquinaria, debido al efecto amplificador que tiene el hueco del ascensor. Para evitarlo, las grandes firmas han evolucionado hacia la creación de un modelo de elevador silencioso. IMEM se ha sumado a esta propuesta tecnológica y desde el pasado año fabrica y comercializa un modelo con imanes permanentes que no emite ningún tipo de ruido y que se sitúa, por sus características, entre los productos más innovadores de este mercado.
Una gama diferente es la formada por los ascensores hidráulicos, que en Cantabria tienen el favor de los arquitectos. El hecho de que en este modelo el cuarto de máquinas pueda situarse en cualquier lugar del edificio que esté a menos de 15 metros del hueco del ascensor, o que los inmuebles que se levantan en Cantabria sean de pocas alturas –los hidráulicos no son apropiados para más de ocho pisos– puede explicar esta preferencia.
En este modelo –también llamado oleodinámico– una central hidráulica inyecta presión a un pistón que, o bien impulsa directamente la cabina del ascensor o lo hace por medio de cables. Aunque tiene mayor consumo eléctrico, el altísimo rango de posibilidades de carga –de 75 a 5.000 kilos–, ha dado al ascensor hidráulico un gran protagonismo en los últimos años. En Cantabria, el 70% de los ascensores que instala IMEM son de este tipo, mientras que en zonas tan próximas como La Rioja o Asturias, donde la altura de las edificaciones no es muy distinta a la de Cantabria, el modelo que se vende fundamentalmente es el eléctrico. Diferencias que pueden atribuirse a los distintos criterios de los arquitectos de cada comunidad.
La colaboración con estos profesionales y la flexibilidad para adaptarse a sus necesidades es, precisamente, una de las grandes bazas competitivas de IMEM. No sólo por la capacidad de su departamento técnico para responder a las especificaciones de los diseñadores del edificio, sino para resolver los problemas que surgen como consecuencia de las modificaciones de última hora.
La gama de productos de la firma de Adarzo se completa con ascensores especiales (panorámicos, inclinados, de gran tráfico y alta velocidad), plataformas hidráulicas de uso industrial, diseñadas exclusivamente para el transporte de cargas, salvaescaleras y montaplatos.
Varios concesionarios de automóviles santanderinos cuentan con montacoches de esta fábrica, que ha instalado también ascensores y plataformas en cementeras y otras plantas industriales.
Aunque el modelo que más se repite para uso residencial es el ascensor con capacidad para seis personas y 450 kilos de carga, que se comercializan a un precio de unos 15.000 euros, las prestaciones de los aparatos elevadores que fabrica abarcan desde los 300 kilos a los 3.300 y desde los 0,6 metros por segundo de velocidad hasta los 4 metros por segundo.
El servicio postventa está integrado como una línea de negocio más, lo que resulta importante en un sector en el que la dura competencia marca en ocasiones márgenes comerciales bastante estrechos. Este área se ocupa de las tareas de mantenimiento y revisión de los ascensores, que la ley exige a los propietarios del inmueble, así como de solventar posible averías. Este servicio de postventa se presta sólo en aquellas zonas donde IMEM cuenta con sus propias delegaciones.

Fabricación integral

Las crecientes necesidades de la fábrica impulsaron la creación en 1998 de una nueva planta muy cerca de las primitivas instalaciones, que se reservaron para albergar a una filial –Global Lift Equipment– encargada de suministrar los componentes eléctricos de los elevadores. Además de una amplia superficie para fabricación (6.000 metros cuadrados), la nueva planta supuso también la reorganización de la firma y su definitiva modernización. Surgió un departamento de I+D y se consolidó la Oficina Técnica, clave para dar respuestas a las exigencias tecnológicas de un sector en el que irrumpían con fuerza la electrónica y los microprocesadores.
Las posibilidades de producción de la nueva planta también permitió a IMEM triplicar el número de unidades fabricadas, que se sitúa en más de 600 ascensores al año.
Salvo las centrales hidráulicas y los pistones, que son adquiridas a otros proveedores, la fábrica de Adarzo se autoabastece de todos los componentes y realiza todas las fases de la construcción de los ascensores, desde el diseño hasta el montaje.
Las aplicaciones informáticas para el diseño en 3D permiten al departamento técnico realizar una simulación del proyecto en el que se recogen todas las especificaciones solicitadas por el cliente y se realizan los cálculos de esfuerzo.
Una vez concluido el proyecto, comienza la fase de ejecución con los procesos de laminado. Máquinas de control numérico cortan, punzonan y pliegan la chapa hasta dar forma a las diversas partes metálicas del ascensor que después serán ensambladas. Para las piezas en serie que deben ser soldadas, IMEM cuenta con una célula robotizada.
La cadena de pintura ha sido una de las últimas inversiones. El acabado de las piezas se realiza en esta sección formada por varias cabinas en las que, de forma automática, las piezas metálicas se desengrasan mediante un lavado, se secan y se cargan electroestáticamente para atraer la pintura en polvo. Posteriormente, las piezas se hornean a 190 grados para derretir y fijar la pintura adherida.
Tras su acabado, los componentes pasan a la zona de ensamblaje, donde se da forma a las cabinas y son decoradas con materiales nobles que van desde los suelos de granito y mármol de la gama más alta, a espejos y melaminas en las paredes.
La parte eléctrica del ascensor, desde el motor hasta las cajas de revisión, los cuadros de maniobra y las botoneras de piso o de cabina, son fabricadas en las instalaciones aledañas de Global Lift, la filial de IMEM.

Ascensores inteligentes

Los cuadros de maniobra son los que albergan el cerebro de la máquina, y es aquí donde se han producido los avances más notables en los últimos años. La aplicación de microprocesadores ha venido a sustituir con gran ventaja el sistema electromecánico y los relés que antes gobernaban el funcionamiento de los elevadores. “Los ascensores de antes eran muy torpes –explica el jefe de producción de IMEM, Pedro José Villa–. Se limitaban a subir y bajar y abrir las puertas, mientras que ahora hay un abanico inmenso de posibilidades”. Con la tecnología actual, se pueden programar para detectar y registrar averías; realizar series históricas de fallos técnicos; proteger a la máquina en caso de calentamiento, evitando que se queme y, sobre todo, se consigue optimizar el tráfico en instalaciones dotadas de varios ascensores que funcionan simultáneamente. La aplicación de microprocesadores en los cuadros de maniobra permite que el sistema elija el ascensor que debe acudir a la llamada del usuario, en función del ahorro de energía y del menor tiempo de espera.
Los componentes electrónicos han logrado, también, aumentar las medidas de seguridad. Así, el sistema de comunicación bidireccional del que van dotadas las cabinas para el caso de que el usuario resulte atrapado, que se revisa mensualmente, debe ser ahora capaz de autochequearse cada tres días para descartar posible averías. Esta normativa, que entró en vigor el pasado mes de marzo, es un ejemplo más de las posibilidades que brinda la aplicación de la electrónica.
La trasposición de la directiva europea de 1996 sobre ascensores, también fue un revulsivo para el sector. La fábrica de Adarzo, que ya contaba con la certificación ISO 9001, fue pionera en España en obtener la acreditación (conocida como Módulo H) que les permite autocertificar sus ascensores desde el diseño hasta la puesta en marcha con el marcado CE. Una garantía que les ha facilitado el acceso a un mercado exterior del que ahora dependen buena parte de sus expectativas de futuro.

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