Editorial

En este tiempo, España ha pasado de vivir bastante por debajo de la media comunitaria a igualarla, superarla y retroceder hasta donde estamos ahora. Es evidente que algún día acabaremos de purgar nuestro pecado de soberbia y volveremos a acercarnos al punto de partida, por la pura inercia con que funciona un yoyó. El problema es saber cuándo y cómo, porque probablemente ya nada será igual.
Como ya ocurrió en la crisis de los 80 y de los 90, Cantabria tiene la virtud de caer más tarde que el resto y el demérito de demorarse en levantar. Ahora mismo, hablar de recuperación en la región resulta insultante, con un paro que sigue creciendo, un consumo interno en mínimos, unas exportaciones que no solo no mejoran sino que empeoran y un estado de ánimo deprimente.

Pero algo tiene de bueno el cumplir años y es haber vivido el mismo proceso varias veces, aunque no con la misma intensidad. Y en ese déja vù hay algo de esperanza, el saber que no hay mal que cien años dure, hagan lo que hagan los Gobiernos. Ni el Mundial de Vela ni el Centro Botín nos van a sacar del hoyo este año, pero sí aportarán una pizca de ánimo, y la proximidad de las elecciones le dará otro empujón, con la reanudación de algunas obras. Así que 2014 no pasará a la historia como un buen año, pero al menos no será peor que 2013 y probablemente sea la antesala del final de la crisis.
Pero hay algo que no solo no va a mejorar sino que va a empeorar. El PP ha puesto demasiado empeño en llevar la guerra política a los tribunales, para tratar de acabar por esta vía con algunos de sus rivales más notables y esa gasolina está provocando un incendio de proporciones inesperadas que este año deparará un rosario de juicios. Ya no solo tenemos procesados a los exgestores de Cantur y de Sodercan en la época anterior, sino que el boomerang le llega de vuelta al PP y también van camino del banquillo el segundo de a bordo de la época actual, el director general de Industria y varios alcaldes, con algún paso por la cárcel incluido. Y todo esto en una región donde no se había procesado a ningún alcalde por haber autorizado las más de 600 viviendas con sentencia de derribo, dado que los ecologistas sólo pedían la nulidad de las licencias, sin hacer más sangre, y los fiscales prefirieron mirar hacia otro lado, a pesar de que la cuenta que nos han dejado a pagar supera los 200 millones de euros.

La maquinaria de la justicia es perezosa, pero una vez echa a andar resulta muy difícil saber dónde parará y puede producir paradojas como la de que Diego, que tanto interés ha puesto en atizar el conflicto de los preferentistas, acabe sentado en el banquillo si alguien se toma a pecho las recomendaciones de un miembro de la judicatura, y pide responsabilidades penales contra los autores intelectuales de su comercialización, dado que él y otros notables del PP formaban parte del consejo de administración de Caja Cantabria que decidió las primeras emisiones.
Las crisis sirven como catarsis, pero aquí hemos llegado al punto de prender las hogueras con todo dentro: políticos, dirigentes empresariales, sindicalistas, gestores del Racing, federativos, empresarios concursados… En lugar de atizar el incendio con tanto empeño, el Gobierno debiera poner un poco de sentido común, porque una cosa es que la economía esté mal y otra muy distinta fumigar con fuego y azufre todo lo que se mueve para distraer a la opinión pública. La población ha sido muy paciente hasta ahora y no conviene jugar con fuego.
Esperemos que el día en que cumplamos 500 números haya un panorama algo más edificante. Al menos, para entonces habremos salido de esta. Lo peor es que habremos entrado en otra.

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