‘Cantabria es una de las regiones con más potencial agroecológico y eso le podría abrir un gran mercado’

Didier Fleury, el gurú de la alimentación impulsa la asociación empresarial Cantabria Sostenible

La pandemia ha marcado un antes y un después en muchas cosas. Algunos de estos cambios ya se venían gestando y se han acelerado, otros son consecuencia de sentirnos más vulnerables de lo que creíamos. La Asociación empresarial Cantabria Sostenible es consecuencia de ambas circunstancias. Se trata de un grupo de empresarios dispuestos a crear una cultura productiva más comprometida con el medio natural. Su presidente, Didier Fleury es un francés afincado en Cantabria que, aunque ha vivido en diez países distintos por motivos profesionales, conoce muy bien la región. Él montó y dirigió el Pryca de Peñacastillo (hoy Carrefour), cuyas ventas eran legendarias.


Fleury no pierde oportunidad para recorrer las fincas de la región y asesorar a cuantos productores ecológicos encuentra. Él, que ha tenido bajo su mando a dos gigantes internacionales de los hipermercados, sabe perfectamente qué necesitan y cómo hay que ofrecérselo. Por eso, trata de ayudar a pequeños productores locales que pocas veces tienen la oportunidad de sentarse con quienes deciden compras masivas. Lo ha hecho en Almería y lo hace en Cantabria.

Aunque ya no está en activo, en ocasiones también recurren a él sus conocidos de la gran distribución y acaba de organizar el envío primer contenedor de piña producida en Costa de Marfil para una gran cadena francesa que no quiere depender exclusivamente de la producción centroamericana. Tras comprobar en su teléfono que el contenedor ya está en el puerto de Amberes, Fleury comenta satisfecho la respuesta profesional que se ha encontrado en el país africano. Prácticamente a través de Internet ha localizado a los productores, y ha conseguido que uno de ellos pusiese de acuerdo a otros 85 hasta completar el pedido. Todo ha salido rodado, dice.

Cantabria, en su opinión, es una de las regiones con más potencial de producción agroecológica de España. “Sus tierras fértiles y poco contaminadas, su abundancia de agua y su estructura de minifundios de dos a tres hectáreas ayudarían a una producción muy diversificada y abundante de todo tipo de verduras y de bastantes frutas”, asegura.

En estos momentos, la asociación que ha creado, Cantabria Sostenible, ayuda activamente a productores ecológicos agrupados en Proeco, un proyecto apoyado por el Gobierno de Cantabria a través de la ODECA y la Dirección General de Alimentación que pretende dedicar 500 fincas de la comunidad autónoma a cultivos ‘bio’.

“Ya tenemos varios ejemplos en Cantabria de que estos cultivos ecológicos son económica, social y ambientalmente rentables”, dice. “Uno de ellos es Tierra Mojada, una empresa de producción agroecológica situada en Maoño, que está demostrando que con una superficie de una hectárea y media se puede facturar más de 100.000 euros al año y dar empleo a entre tres y seis personas, según  la temporada”.

Él les asesora sobre cómo llegar al consumidor:“Cuando la demanda es mayor que la oferta, como ocurre con los productos bio, el volumen de producción es el que determina el canal por le que hay que optar”, explica. “Si tienes un huerto, tu canal es el vecino. Si reúnes diez huertos, será una pequeña cadena de supermercados bio o restaurantes. Si llegas a tener más, la salida llegará a través de cadenas comerciales medianas y, si puedes atender el 30-40% del volumen de consumo de la región de esos productos, tendrás acceso a los Carrefour, Mercadona, Aldi, Lidl…”

Toda su trayectoria profesional ha pivotado en torno a la alimentación y a la distribución. Después de pasar por Italia, Argentina y Francia, como responsable del Grupo Carrefour, volvió a España para dirigir la fusión con Continente. Más tarde se hizo cargo del grupo en Grecia y, finamente, de la expansión a Rusia. Fleury sigue siendo una institución en la multinacional francesa, aunque acabase su vida profesional al frente de un rival igual de gigante, los más de 300 hipermercados Real, del grupo alemán Metro. En Alemania le recuerdan como ‘el francés de las bananas’ por el empeño que puso en conseguir que todas las que vendía su cadena fueran de producción ecológica. Era el comienzo de una batalla por imponer un nuevo sistema de producción más sostenible que ahora, ya jubilado, apadrina desinteresadamente.

Pregunta.–Usted ha vivido, desde Carrefour primero y desde Metro después, la evolución de la industria alimentaria en primera persona durante varias décadas. ¿Realmente, se puede cambiar sustancialmente una actividad con tanta historia como producir alimentos?

Didier Fleury.– Mi vida es una historia de amor con la alimentación. De hecho, desde que dejé el grupo alemán Metro hace cuatro años, hago algunas cosas locales y colaboro con la empresa que más productos ecológicos vende en Alemania, que es también la que más productos ecológicos produce en España y en el mundo.

Pero voy a la cuestión. He visto cambiar la distribución y la alimentación radicalmente a lo largo de cuarenta años en los que he vivido en una decena de países. A mí me preguntan, ¿qué harías si tuvieras que volver a trabajar 40 años, primero con los fundadores de Carrefour y después desarrollando esta gran empresa, y digo que haría prácticamente lo mismo, con la diferencia de que, con lo que sé hoy de la evolución de la alimentación, hubiese dirigido las estrategias, las formaciones y las pocas tecnologías que había en aquel momento mucho más hacia un modelo más respetuoso con el medio ambiente y la salud.

Diego González y Rocío López, en su explotación de cultivos ecológicos Tierra Mojada.

Pero bueno, tampoco lo hemos hecho tan mal, porque de alguna manera, hemos democratizado la alimentación, que es una gran industria. 2.500 millones de humanos viven directa o indirectamente de la alimentación, uno de cada tres habitantes del planeta. No hay otra actividad parecida.

Desde hace miles de años el hombre ha buscado cómo alimentarse. Las dos grandes revoluciones industriales nos han permitido dar de comer a mucha gente. Es verdad que, gracias a esa mecanización y a esos productos químicos –que en ocasiones se han generado utilizando infraestructuras de la guerra– se ha podido dar de comer a mucha gente. Pero esta gran revolución verde de los años 50-70 no ha tenido en cuenta las consecuencias, desde el calentamiento global, el estrés hídrico, la pérdida de biodiversidad, la deforestación, los efectos sobre la salud del hombre… Un tercio de las emisiones de CO2 provienen de la industria alimentaria.

Hoy se conoce y los expertos de la ONU sobre el cambio climático están diciendo que, si no hacemos nada en los próximos diez años, es posible que a final del siglo tengamos un problema gravísimo.

Yo creo que hay que ser positivo en todo esto, porque el hombre siempre ha encontrado soluciones, pero para la alimentación estamos en un momento clave.

¿La alimentación sana y sostenible va a ser uno de los grandes motores de crecimiento?

D.F. –Somos casi 8.000 millones de humanos y en el 2050 seremos unos 10.000 millones. Es un crecimiento fuerte, sobre todo en los países en desarrollo. Vamos a necesitar producir un 50% más de comida, en un planeta que sigue siendo el mismo y en el que la superficie agrícola tiende a disminuir desde hace 50 años.

En los países avanzados se está desarrollando un gran mercado ecológico. Es verdad que en la cesta de la compra de estos países esos productos siguen suponiendo un porcentaje pequeño (un 8 o un 10%) pero eso significa que hay una gran ventaja, que aún queda un 90% de producción agroindustrial y esto, evidentemente, va a cambiar en el futuro.

En España, aún más, porque tiene la mitad de consumo de estos productos ecológicos que el resto de Europa.

Pero, tanto en uno como en otro caso, el crecimiento es generalizado. Si cogemos los 180 países que han empezado algún tipo de agroecología, el crecimiento medio de los últimos tres años es del 15-20%. En el mundo tenemos hoy tres millones de agricultores bio.

¿Se está impulsando  esa producción desde los estamentos públicos o prefieren no enfadar a los ‘agroindustriales’?

D.F. –Hay dos motores institucionales que van a ayudar a la explosión de este mercado. Las nuevas políticas de la PAC comunitaria, que dedican un tercio del presupuesto a la conversión de esta alimentación convencional a agroecológica, y los fondos europeos de recuperación, que también van a tener unas consecuencias muy fuertes sobre la bioagricultura.

Tenemos por tanto un mercado muy fuerte en los países desarrollados y un gran crecimiento de la producción en los países subdesarrollados. India acaba de dar acceso a seis millones de agricultores a la agroecología.

Los políticos hacen su trabajo, pero están rodeados de conflictos, lobbys y obligaciones. Sin embargo, hoy nadie puede eludir lo que quiere la población, que busca el sabor, la salud y el sostenimiento del medio.

Por otra parte, la famosa revolución verde ya demostró sus limitaciones, como advirtieron primero los científicos y ahora los jóvenes. Formamos parte de la naturaleza y no son cosas separadas.

Democratizar lo ‘bio’

El gran éxito de la industria alimentaria, como usted ha dicho, ha sido conseguir producciones gigantescas a bajo precio. Unos precios con los que lo ‘bio’ no puede competir.

El exejecutivo francés ahora reparte su tiempo entre Cantabria, donde no deja de visitar explotaciones agrarias, Ibiza y la India.

DF.–Ahí está lo que yo llamo ‘democratización’ de los productos ‘bio’. En los países del Norte de Europa la diferencia entre los precios de los productos ecológicos y los convencionales es del 9-10%. ¿Por qué en España esa diferencia es del 74% si es el primer país de Europa en producción ecológica y el cuarto del mundo?

Yo ayudo a una empresa agrícola de Almería, a la que abrí el mercado alemán, pero para eso necesito ver sus libros de contabilidad, para saber por qué los precios de la producción ecológica son tan caros para los españoles. Por ejemplo, producir una bandeja de tomate cherry de 250 gramos cuesta 0,50 euros. Si es ecológico, 0,55 más o menos. ¿Por qué hay tanta diferencia de precio al consumidor, siendo tan escasa en origen (un poco más de mano de obra, pero amortiguada porque no hay que gastar en químicos ni comprar la semilla todos los años)? Primero, porque hay un problema de embalaje. Esa bandeja de 250 gramos de cherry vale 0,4 céntimos pero la legislación no obliga a envasar en una barqueta el producto ecológico.

Además, hay un problema de logística. Cuando el precio no es suficientemente bajo, el volumen tampoco lo es. No es lo mismo entregar un camión con 30 palés de un producto que entregar un camión con 30 palés de 23 productos distintos, porque es evidente que el volumen de cada producto ecológico, por sí solo, no da.

A esto se añade que los distribuidores aplican otra política de márgenes. Mucha gente piensa que los productos ecológicos son de lujo, y no lo son; simplemente, no llevan químicos. Cuando la gente entiende esto, aplica a los orgánicos los mismos márgenes que a los convencionales. Si en España se asumiese esto, ya estaríamos ahorrando entre un 20 y un 30% del precio final.

Luego vienen las pérdidas, que son el cáncer de la distribución. Si se tira el 5 o 6% de un camión de tomate convencional, del ecológico tengo que tirar dos cajas, que a veces es más del 20 o 30%, porque sus ventas son muy inferiores, por el precio. Como el distribuidor incluye esa pérdida en el precio, se encarece aún más.

Así, el tomate ecológico acaba costándole al consumidor el doble que el convencional, cuando, en Alemania, con otra legislación, no supera en mucho el 15%, y cuando baja de ese porcentaje, el convencional directamente se deja de vender.

Esto significa, primero, que si hace un buen marketing, explicando al cliente que todo el producto que tienes es ecológico (yo lo hice en Alemania con la banana y el jenjibre) la venta del ecológico se dispara, las mermas son mucho menores y ese producto se puede democratizar. A los seis meses has recuperado el volumen de ventas que tenías con el convencional y, evidentemente, la gente consume un producto más sabroso y saludable. Esta es una historia vivida por mí mismo. Por eso sostengo que en España las cosas van a cambiar muy rápidamente.

Usted creó y preside la asociación empresarial Cantabria Sostenible (por cierto, luego ha aparecido una plataforma conservacionista con el mismo nombre que se opone a varios proyectos eólicos) y quizá eso les cause algún problema o confusión en la opinión pública. ¿Qué pretende con esta asociación?

DF. – En primer lugar, tengo que aclarar que nuestra asociación fue creada hace dos años, está registrada, es de índole empresarial y no tiene nada que ver con esta plataforma, sobre cuya existencia y fines no tengo nada que decir.

Nuestra intención en Cantabria Sostenible es promover el desarrollo humano sostenible en tres dimensiones: económica, social y ambiental. Tratamos de que las empresas de la comunidad se impliquen en estos objetivos, para fomentar un desarrollo que sea económicamente viable y al tiempo garantice el bienestar social;que asegure el uso racional de los recursos naturales y que respete la diversidad cultural.

Participamos empresas de actividades muy distintas, en las que el punto de contacto es nuestra preocupación por encontrar soluciones sostenibles. Puede entrar cualquiera que tenga estas inquietudes (una forma de hacerse socio es a través de la página www.cantabriasostenible.org, donde la inscripción es gratuita) y no se trata de hacer fundamentalismos de ningún tipo.

En la Asociación encontrará un ecosistema motivador y unas estructuras de networking que le van a ayudar a sacar adelante su negocio y a explorar nuevas formas de abordar la sostenibilidad, que ya no es una opción. Exactamente igual que hace unos años tuvimos que pasar todos por las certificaciones, tendremos que demostrar que ejercemos nuestra actividad con respeto al medio. Es lo que viene.

Las empresas están para hacer negocios. Los políticos están para preocuparse por el entorno. Esto es lo que piensa mucha gente, incluso se encontrará con quienes le digan que el entorno está muy bien, pero lo más importante es comer. ¿Qué les puede decir usted? ¿No teme que le vean como un extranjero raro?

D.F. –La mayoría de los empresarios quieren cuidar su negocio no solo a corto plazo, y pretenden que les llegue a sus sucesores.

Yo he vivido en muchos países y he visto los aciertos y los errores. Algunos han sabido preservar sus valores naturales y hoy le sacan partido. Otros no. Al final, la imagen que tenemos de un país o de una región, lo que nos invita a volver, incluso a hacer negocios, es su medio natural, sus monumentos, esas fotos que nos quedan en una cámara o en nuestra memoria.

A estas alturas, ya sabemos lo poco que dura la riqueza creada a costa de consumir el medio natural y que lo inteligente es integrar las actividades en el medio. Cada día llegan a Cantabria más personas de alto nivel profesional que han decidido teletrabajar desde aquí, porque han conocido el lugar y les ha enamorado. Y cada vez vendrán más y con más capacidad de decisión. Eso genera riqueza, valor añadido, aunque no seamos conscientes. ¿Cree que vendrían si desde la ventana viesen un erial o un entorno vulgar y degradado?

¿Cómo puede hacerse una empresa sostenible? ¿Puede ser cualquier tipo de empresa?

D.F. –Vamos a dejar claro que no se trata de cambiar el modelo productivo de la noche a la mañana. De lo que se trata es de que todas las empresas hagamos esfuerzos en ese camino hacia la sostenibilidad. Todos podemos contaminar un poco menos, consumir una energía más verde (ahora la ofrecen numerosas compañías eléctricas) y ahorrar recursos naturales, como el agua. Y estoy seguro que las empresas que hagan avances en este sentido, funcionarán mejor también en todo lo demás y tendrán más continuidad en el tiempo.

Con las certificaciones de calidad, todos nos disciplinamos para hacer las cosas mejor. Al principio, parecía un prurito personal: yo quiero que mi empresa funcione bien, pero luego fuimos conscientes de que era la única forma de sobrevivir. Y ser sostenible ya no es una opción.

¿Usted cree que los empresarios de la región están ya en esta idea?

D.F. –Me consta que sí. Yo leo todos los días informaciones sobre cómo han ahorrado agua en sus procesos industriales fábricas como Nestlé o Textil Santanderina;hace años que se depuran los residuos de todas estas plantas antes de que lleguen a la red general. Por lo general, todas las fábricas han invertido mucho para obtener la Autorización Ambiental Integrada, que significa que han de utilizar la tecnología más compatible con el medio ambiente…

Podría poner muchos ejemplos, pero quizá tenemos que hacer más hincapié en llevar este mensaje a las empresas medianas y pequeñas, a las granjas, a muchas actividades que no se lo plantean y que pueden mejorar en sus procesos.

Y otras que pueden presumir de lo que hacen y cómo lo hacen, porque lo hacen muy bien. Que la gente lo sepa, y que los productos de Cantabria, que ya tienen prestigio por muchas razones, lo tengan, además, por mantener este entorno espectacular.

Usted ahora participa en un negocio de venta de coches y motos eléctricos. ¿Por qué cree que no acaban de despegar en España?

D.F. – Como ocurre con los productos ‘bio’, la clave está en la democratización de los precios, y ese proceso ya está en marcha. El transporte representa el 15% de todas las emisiones de CO2 y es imprescindible reducir esa aportación. Nosotros hemos lanzado una iniciativa en este sentido en un local situado en Igollo, cerca de Mercadona, apoyado en una marketplace de internet. Allí el público puede probar todo tipo de vehículos eléctricos, desde patinetes, motos o coches hasta motores fueraborda. Para nosotros “democratizado” significa que el precio del vehículo es inferior a su alternativa contaminante. En las motos ya lo hemos conseguido y en los coches llegará pronto.

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