¿Quién le comprará los dólares a Trump?

Que España tenga una deuda pública por habitante de 34.000 euros resulta un peligro si suben los tipos de interés, pero debiéramos alarmarnos más de que en EE UU haya alcanzado los 289.000 dólares por hogar, una losa que algún día provocará una catástrofe mundial, porque ya se sabe que un constipado en aquel lado del Atlántico nos supone una pulmonía a los de este otro.

En su primer mandato, Trump prometió acabar en ocho años con una deuda federal que tildaba de escandalosa: 19,9 billones (sus trillions) de dólares. Ahora supera los 39 billones y la cifra crece exponencialmente, porque el déficit público del país era del 8% antes de empezar la guerra de Irán y seguirá creciendo si las cámaras le dan el crédito que ha pedido su secretario de Defensa, Pete Hegseth con una indescriptible línea argumental: “Matar a los malos resulta muy caro”·. Tan caro que al descomunal presupuesto militar del país hay que añadirle mil millones de dólares más cada día de batalla.

La auténtica batalla para Trump es su gigantesca deuda pública. El dólar podía con todo, pero ha dejado demasiados ofendidos que aguardan para sus pequeñas venganzas

Es evidente que mientras el dólar sea la moneda de referencia para la mayoría de los países del planeta, ese desequilibrio económico, que llevaría a la quiebra a cualquier otro país, se mantendrá a duras penas. Pero todo tiene un límite y el nuevo presidente de la FED tendrá que tomar decisiones difíciles, por mucho que Trump le condicione. Si baja los tipos, como le exige, y con ello provoca más inflación –lo que aterroriza a cualquier norteamericano– el problema se agravará, sin que el presidente de los EE UU pueda echar mano de sus soluciones de bar.

Al tomar posesión en esta legislatura, Trump se había topado de bruces con la salida a este dilema: un libro mágico con el que se topó su yerno por casualidad y que convirtió en su biblia: bastaba con poner unos aranceles altísimos a todo lo que importa su país, porque de esta forma el dinero entraría a raudales en la arcas públicas, permitiría enjugar el déficit, reducir la deuda acumulada y mejorar la balanza comercial porque, obviamente, se reducirían las importaciones. Y lo mejor es que ¡lo pagarían los demás!

El desconocido gurú del libro, que inmediatamente fue llamado por Trump para formar parte del Gobierno, quizá no pretendía llegar tan lejos en sus teorías, porque cualquiera sabe que los aranceles los paga el que compra. El vendedor puede llegar a absorber una parte del impacto, a costa de sus márgenes, pero si se queda sin beneficio no tendrá interés alguno en seguir vendiendo.

La realidad es que los aranceles (que, por supuesto, pagan mayoritariamente los americanos) han producido mucho menos de lo previsto, en parte porque Trump tuvo que acabar rebajándolos al entorno del 15%, desdiciéndose de aquella tabla que, cual Moisés al bajar del Monte Sinaí, enarboló ante el mundo como la nueva ley. Allí quedaban por escrito todas sus amenazas arancelarias, esa palabra «tan bonita», según él, aunque esa ley no duró mucho, porque se la han tumbado los tribunales.

Con los productos importados más caros, la gasolina disparada y una guerra mucho más onerosa de lo que había imaginado, el cóctel del déficit público y privado empieza a resultar indigerible para los votantes. Un trago largo y amargo, tanto para ellos como para los de afuera.

Quizá EE UU gane la guerra de Irán. Quizá los mercados internacionales se recuperen a pesar de tantas inconsistencias del país más poderoso del mundo, pero los auténticos problemas no son los que aparecen en los libros de historia, sino otros más cotidiano: ¿Mantendrán las agencias de rating la calificación de la deuda americana, o volverán a bajarla? ¿Seguirá EE UU encontrando tantos interesados en comprar sus bonos en ese resto del mundo al que mete el dedo en el ojo un día sí y otro también? ¿Seguirán considerándose las emisiones del Tesoro americano un activo refugio con unos gestores tan imprevisibles?

Las guerras se libran en muchos terrenos y no basta con ganarlas militarmente, algo que cada vez resulta más difícil. También hay que ganarlas en el terreno económico, y los socios tradicionales de EE UU puede que no sean capaces de frenarle los pies a Donald Trump en sus aventuras contra el derecho internacional, pero no van a hacer el más mínimo esfuerzo en sostenerle económicamente. Su auténtico problema no es que se desentendieran de echarle una mano en Ormuz o le negasen sus cielos para ir a bombardear Irán, será que se quiebre esa relación de confianza que hace invulnerable al dólar.

Será la pequeña venganza de todos los mandatarios ofendidos que no han podido devolverle los agravios públicamente, de las monarquías del Golfo que se han encontrado dentro de una guerra inesperada muy dañina para la imagen de oasis paradisíaco que se esfuerzan en construir, y del efecto rebote de los particulares que perdieron mucho dinero en las bolsas, en sus empresas o por el encarecimiento de los precios. Trump va dejando demasiados muertos por el camino como para que ese camino sea muy largo. Veremos cómo llega a las elecciones de medio mandato, y en qué condiciones económicas lo hace su país y lo hacemos todos.

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