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Un cántabro acredita la seguridad del transporte de residuos nucleares

El ingeniero David Garrido recibe un reconocimiento de EE UU tras corroborar la mínima peligrosidad de estos transportes

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El Departamento de Energía de EE UU y su responsable, Rick Perry, han premiado un proyecto impulsado por el ingeniero industrial cántabro David Garrido que corrobora la casi nula peligrosidad en el transporte de combustible radioactivo. La Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) ya ha referenciado el estudio en su documentación técnica y también podría llegar a inspirar la nueva normativa del organismo regulador norteamericano NRC.


La desconfianza en torno a la energía nuclear puede que sea un poco menor después del trabajo de David Garrido, un ingeniero cántabro que viene con un galardón bajo el brazo. El ministro de Energía de Estados Unidos, Rick Perry, acaba de reconocer públicamente un estudio en el que se demuestra que las cargas a las que se ve sometido el material irradiado durante su desplazamiento desde la central al punto de almacenamiento son prácticamente inapreciables.

David Garrido ha trabajado durante 19 años en la empresa cántabra Ensa, donde ideó y planificó el proyecto, con la colaboración de sus ex compañeros, y ha asesorado a fabricantes de componentes, propietarios de centrales nucleares e incluso a organismos reguladores. En la actualidad, presta sus servicios a la empresa estadounidense Nac International, una de las tres compañías más importantes del mundo en la gestión de combustible irradiado, y es consultor de la Organización Internacional de la Energía Atómica.

Para poder llevar a cabo esta investigación, que exigía recrear con toda exactitud un transporte intercontinental de combustible irradiado, convenció a Equipos Nucleares, a los laboratorios norteamericanos que analizaron todos los valores recopilados durante el viaje, involucró a Enresa y contó con la participación de Corea del Sur y de una empresa logística de Madrid.

En busca de respaldo internacional

El contenedor aísla el combustible nuclear del entorno.

Aunque la documentación publicada por la OIEA tiene relevancia internacional, la mayor parte de países se rigen por la normativa del organismo regulador estadounidense, la NRC, equiparable al Consejo de Seguridad Nuclear español. Si también obtiene su visto bueno, los resultados del estudio serían aplicables en las normas sobre el transporte de combustible nuclear irradiado de la mayoría de las naciones.

Además de tranquilizar a todas las partes implicadas en estos transportes, el estudio también va a reducir gastos en el diseño y la fabricación de los contenedores que se utilizan para el combustible: “Si tienes un coche que circula a 300 kilómetros por hora deberás tener unos frenos acordes a esa velocidad, pero si el vehículo nunca va a llegar a los 300 kilómetros por hora puedes optimizar el diseño de los frenos aplicando unos más realistas”, explica Garrido, que confía en que de su investigación se pueda derivar un ahorro en los elevados costes de estos transportes y en el tiempo de tramitación de las autorizaciones.

Por carretera, mar y ferrocarril

La estructura de vigas de color amarillo permite la fijación del contenedor a la plataforma del camión.

Para realizar el estudio se simularon las condiciones reales de transporte con el máximo rigor. Se utilizó un material no radioactivo pero lo más parecido posible a un residuo nuclear, dentro de un contenedor real cedido por Enresa, de cuyo diseño había sido responsable Garrido. Los desplazamientos se realizaron por rutas convencionales, respetando los gálibos y las medidas seguridad que requiere el transporte de una mercancía peligrosa y de gran tamaño.

El primer recorrido se realizó por una carretera del norte de España. La carga iba dentro de un recipiente de forma cilíndrica de dos metros y medio de diámetro y con un peso de más de 130 toneladas. El recipiente se sujetaba a una cuna de transporte aposentada sobre la plataforma de un camión.

El mismo sistema de amarre se utilizó en los trayectos por mar y ferrocarril, ya que en una segunda etapa el combustible irradiado fue embarcado y trasladado hasta Baltimore (EE UU) en un buque transoceánico.

El recorrido del residuo nuclear empezó y finalizó en España.

Desde la costa Este norteamericana, el simulador radioactivo se transportó hasta las instalaciones del TTCI –un centro de investigación perteneciente a la Asociación Americana de Ferrocarriles– donde fue sometido a una serie de ensayos. Una vez concluidos, se envió el combustible de nuevo a España, donde finalizó el proyecto.

A la hora de valorar las aceleraciones, amortiguaciones, vibraciones y demás fenómenos físicos que experimentaba la carga en su viaje por carretera, el movimiento de las olas o por el acoplamiento entre dos plataformas de ferrocarril, siempre se tuvo en cuenta el peor de los escenarios posibles, ya que la prioridad era establecer un amplio margen de seguridad. El contenedor fue inclinado, enderezado y sometido a múltiples maniobras en las que se pusieron a prueba los efectos sobre su contenido.

Los ingentes datos recopilados por los instrumentos de medición a lo largo de los recorridos fueron analizados en los laboratorios estadounidenses, donde quedó demostrado que los márgenes de seguridad son muy superiores a los riesgos potenciales, hasta el punto de confirmarse que la peligrosidad de un transporte de combustible irradiado en estos momentos no es mayor al de cualquier carga inerte. Una constatación que las autoridades de muchos países van a poder utilizar en sus normativas sobre la gestión de elementos radioactivos.

David Pérez

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