Editorial

Los buenos tiempos

Si el mismo partido de fútbol, con los mismos alineados, se jugase diez veces probablemente tendría media docena de resultados distintos. Y con cada uno de ellos cambiaría la consideración profesional que el público tiene sobre los intervinientes, incluidos el árbitro y su señora madre. Cuando España crecía al 4% los políticos y empresarios nacionales daban lecciones por el mundo. Cuando el PIB caía a ritmos del 4% los mismos políticos y empresarios eran unos ineptos, a ojos de todos.

Ni los que tanto se quejaron de que el Gobierno no vio venir la crisis demostraron haber tomado medidas en sus empresas o huyendo de las hipotecas ni tampoco acertaron los políticos de reemplazo que, como mucho, veían la recuperación para dos años después. De toda la literatura económica que se ha elaborado en este periodo, solo un informe sentenció que España tardaría hasta 2018 en volver al punto de partida, y lo hicieron unos expertos anónimos de la UE. Como estábamos en 2012, nadie quiso dar el más mínimo crédito a tales augurios, porque a esas alturas de sufrimiento no podíamos imaginar que nos quedaba otro tanto, pero esa ha sido la realidad. ¿O quizá se quedaron cortos en Bruselas?

Cantabria por fin ha llegado este año al punto cero, que las grandes capitales del país ya alcanzaron el año pasado o el anterior. Pero es difícil creer al PIB cuando las sensaciones son muy distintas. Ni el número de empleos, ni la disposición al gasto de las familias, ni el ahorro, ni los patrimonios son los de aquel 2008 en que nos sentíamos todopoderosos, convencidos de que las aves ahora tienen género masculino y vuelan sobre raíles, comprando multinacionales extranjeras como si fueran de saldo e incentivando a los directivos como si jugasen la Premier League.

En España se construían (y vendían!) más viviendas que en Francia y Alemania juntas, que tienen casi cuatro veces más población, pero a tenor de cómo subían los precios por la ansiedad de los compradores aún parecían pocas. Y los españoles con casa, que son la mayoría, empezaron a considerarse dueños de un importante patrimonio.

Suponer que hoy ya estamos como entonces es comulgar con ruedas de molino, lo diga la estadística del PIB o no lo diga. Ni siquiera quitándole las aportaciones de las actividades ilegales, incluidas por Rajoy al cálculo de la producción nacional para maquillar un poco la tasa de endeudamiento, podemos creernos que estamos de vuelta a la opulencia. En realidad, no estamos ni de ida, porque el camino cada vez es más incierto y no hay ningún negocio ahora mismo que garantice la rentabilidad a medio plazo, por lo que las empresas van a seguir desapareciendo en tropel. Es suficiente con ver cómo siguen amontonándose los expedientes de suspensión de pagos, después de tres años de recuperación. Y, en los datos de consumo, basta echar un vistazo a las compras de vehículos. De los 17.500 que se matriculaban hace diez años por ejercicio hemos pasado a 11.500, y gracias.

España ha vivido diez años muy difíciles y lo peor es que siguen siéndolo para una capa de población muy importante, que se ha empobrecido como nunca antes y que ha perdido cualquier perspectiva de reengancharse al trabajo y a un nivel de vida digno. Los datos de crecimiento hace tiempo que dicen que ya no estamos en crisis; los de PIB aseguran que hemos vuelto a generar la riqueza de nuestros mejores tiempos y los de empleo indican que tenemos unas tasas de paro (al menos en Cantabria) bastante más moderadas. Pero nuestro día a día se empeña machaconamente en decir todo lo contrario, así que hay algo que no cuadra. Es evidente que parte de la riqueza de entonces era un espejismo, puesto que estaba basada en un endeudamiento privado alocado, pero con la misma honradez intelectual habría que reconocer que la recuperación se está apoyando en un endeudamiento público igual de preocupante, para el que ni siquiera tenemos alternativa. Los ciudadanos entonces hubiesen podido tener la mesura de hipotecarse menos, pero el Estado tiene las manos atadas porque no le queda más opción que pagar la deuda y la enorme maquinaria que ha creado.

Me gustaría poder vivir como vivo, suele  decir con sorna un querido lector. Igual de sarcástico es que el PIB nos diga ahora que ya vivimos como vivíamos. Ojalá fuese así.

Alberto Ibáñez

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