A fondo

Okuda ya es una marca global

La exposiciones y coleccionistas norteamericanos ponen el arte callejero del pintor cántabro en un plano distinto

El año pasado ha pintado en 23 países pero apenas le llaman de Cantabria, su tierra. Óscar San Miguel, Okuda, es un trabajador incansable que llena de color fachadas de todo el mundo, hace cuadros, bordados, esculturas poliédricas, diseña joyas para la firma Suárez, gafas y hasta una falla por encargo del Ayuntamiento de Valencia. Ahora está pintando un edificio en el centro de Moscú y este mes se instalan en Boston siete esculturas suyas de gran tamaño. Su taller, en el que trabajan 17 personas, está en Madrid, porque le gusta vivir en España, pero su principal mercado está en EE UU, donde ya ha varios coleccionistas de sus obras y se ha convertido en un artista reconocido. Todo se lo toma con naturalidad, asegurando que Okuda no se ha convertido en una industria, que sigue siendo él quien marca los cuadros y las fachadas spray en mano. Su ilusión es hacer una gran escultura en Santander.


Sin camiseta, a pleno sol de mediodía, Okuda cambia radicalmente el aspecto exterior del Colegio Vital Alsar de Cueto, un encargo que le llegó a través de la dirección del centro tras recoger la idea plasmada por una niña en un trabajo escolar. Los padres hicieron un crowfoundig para poder financiar los trabajos y Óscar San Miguel se presentó solícito en Cueto, porque sigue teniendo la necesidad de dejar su seña de identidad en Cantabria. Quizá la misma pulsión que le llevó, veinte años antes, a llenar los muros de la ciudad de grafitis, a sabiendas de que serían borrados o repintados por otros como él.

Apenas necesita alejarse unos metros de la pared para marcar las líneas principales de sus murales, con la misma soltura con que otros lo podían hacer sobre un lienzo. Ni siquiera necesita abocetar. Y con los espacios ya decididos empiezan a surgir los triángulos de color, que con la ayuda de cinco personas más de su taller le llevarán una semana para cubrir de fantasía las fachadas del colegio y las del edificio donde se pesaban los caballos del viejo hipódromo, que forma parte del recinto.

Los niños se acercan a hablar con el pintor con toda naturalidad y uno de ellos exhibe una desmesurada mariposa  nocturna de unos ocho centímetros y un sorprendente azul en las alas. Lo que parece una reproducción fantasiosa de juguetería empieza a mover las patas para reivindicar su condición de ser vivo, aumentando el desconcierto. Finalmente, el niño justifica que ha cogido uno de los botes de spray usados en la fachada y le ha pintado las alas, lo que al menos sirve para justificar el sorprendente color, que no el tamaño. Lleva en la mano una lagartija, que por el momento se ha librado de la pintura, mientras una niña de origen asiático le reprocha su discutible iniciativa artística con una enorme claridad de razonamientos. Okuda, que los atiende cariñosamente reconoce que la realidad infantil puede ser aún más poliédrica y sorprendente que sus pinturas.

¿En qué momento dejaron de considerarle un grafitero para pasar a ser reconocido como artista?   

Okuda.– Después de veinte años en esto, no puedo decir que eso se produjese en un momento concreto. Nunca me ha gustado que me encasillen y siempre he buscado tener una identidad única, y cambiar de formato y de disciplina. Todo ha ido pasando a medida que me dejaba llevar por mi corazón; nunca ha habido un cambio repentino.

Es decir, que se lo ha tomado siempre con mucha profesionalidad…

O.– Ya desde el principio pintaba tres murales a la semana, que es muchísimo. Siempre me he autoexigido mucho y he tenido una disciplina bastante grande. Tengo la necesidad de crear para ser feliz.

El año pasado le han llamado de 23 países para pintar, pero no sé si le reclaman tanto de Cantabria.

O.– No, de hecho, a raíz de la exposición del Palacete del Embarcadero se me conoce más en Cantabria; y también gracias a los medios, que se hacen eco de lo que hago fuera, pero la verdad es que desde aquí llegan pocas propuestas. He hecho esto, lo de Desvelarte y el proyecto Molino Tejada, en Polientes, que es brutal, ya que se va a traer artistas internacionales para hacer instalaciones. Es un entorno muy distinto al que me suelen proponer y tan bonito…

Pero sigue teniendo Cantabria como referencia, y parte de su obra se produce aquí

O.– Mi madre, que vive aquí, es parte de mi equipo desde hace un par de años, porque probamos a hacer unos bordados sobre lienzo y el resultado fue espectacular. Ella nunca lo había hecho, y funciona muy bien, porque son cosas atípicas.

Por otra parte, yo me siento muy vinculado a Cantabria. Me he criado en Los Ríos, donde mi familia tenía un bar, que es en el que me he criado hasta los quince años; luego tuvimos otros en La Busta y también trabajaron mucho en Suances. He crecido en ese entorno de los restaurantes.

Pero el estudio lo tiene en Madrid

O.– El estudio está en Madrid, pero aquí tenemos una casa con piscina [en el municipio de Miengo] donde también tengo espacio de sobra para trabajar. De hecho, esta tarde voy a marcar unos cuadros para mi próxima expo y lo mando luego al estudio para que los empiecen.

Okuda eligió unas alegorías infantiles para el Colegio de Cueto, salvo en la fachada, donde los elementos arquitectónicos le obligaron a una intervención más conceptual.

Marcar cuadros (hacer los trazos que luego se rellenan con sus característicos triángulos de color, cuya gama también decide él) no es fácil, pero más sorprendente es la soltura y la rapidez con que lo hace en una fachada de cuatro plantas, o de diez, sin ni siquiera hacer bocetos. ¿Cómo consigue ajustar las proporciones con tanta facilidad?

O.– Yo vengo de espacios muy grandes y a mí me cuesta más hacer un cuadro. Con un mural, lo único que tienes que hacer es alejarte con la grúa todas las veces que necesites para ver las proporciones. Los cuadros se me quedan pequeños, porque en el muro lo hago todo a pelo, y sus dimensiones te permiten otro uso del spray. En un cuadro, al ser otra escala, tienes que poner muchas cintas, muchas reservas, usar mucho cúter…

Pero una fachada puede estar llena de elementos arquitectónicos que usted tiene que integrar en la imagen.

O.– Y eso es lo bonito. Hace tiempo que no me encargan solo fachadas lisas, que es como un cuadro grande, sino edificios enteros, y eso significa que tienes que jugar con la arquitectura y escucharla. Por ejemplo, en esta parte del colegio con tanta ventana [la fachada principal], saco aquellos elementos que definen mi iconografía y los descontextualizo para llevarlos a un punto más abstracto y que se integren en la arquitectura. No se trata, como en los murales, de contar una historia; es como un juego, más difícil, pero cuando lo haces bien es más satisfactorio, porque das vida a la arquitectura.

También las figuras tridimensionales parecen mucho más complejas para alguien que, como usted, tiene muy calculadas las gamas cromáticas de sus pinturas en función de donde viene la luz de la escena. En una escultura el espectador no tiene un único punto de vista.

O.– Sí, son más difíciles pero me divierten, porque ya he hecho muchos, muchos, muchos muros planos y me parece divertido interactuar con esto.

‘Me autoexijo mucho. Desde el principio pintaba tres murales a la semana’

Lo suyo es un arte efímero, pero ha acabado por llegar a manos de los coleccionistas, especialmente los norteamericanos. Uno de los que han reunido más Okudas es un productor musical casado con la cantante Alicia Keys, que también le encargó pintar su casa y es uno de los mayores coleccionistas de arte contemporáneo de EE UU. ¿Es inevitable que el arte, incluso el alternativo acabe en los bolsillos más acaudalados?

O.– Yo siempre me he sentido un poco outsider en el mercado del arte porque en cierto modo he llegado ‘de culo’. Yo he hecho siempre lo que me ha apetecido y siempre he mantenido mi trabajo en la calle pero, paralelamente, he hecho obra de estudio y la he madurado mucho –no solo pintura, sino también estos bordados que hago con mi madre– y también veo necesario hacer una expo. Estar dos meses trabajando en tu estudio es un trabajo más íntimo, más profundo y es muy potente. Esto se ha comenzado a demandar en el mercado del arte y lo bonito es que ahora tú te puedes hacer tu automárketing, por la magia de las redes sociales. En los 90 se necesitaba un comisario, un marchante, un galerista que moviese tu trabajo, pero ahora, gracias a las redes, lo puedes hacer tu mismo y que galerías y ferias de todo el mundo se interesen por ti. De hecho, yo he llegado antes a la feria de Miami o a las de otros países que a las de aquí. Aquí, la primera vez que he participado ha sido el año pasado, como artista invitado en Art Madrid, pero en Scope, de Miami llevo dos años, y en París o en Alemania llevo cinco años.

¿Se puede hacer una marca global de Okuda con sus propios medios?

O.– Claro. Simplemente hay que hacer las cosas con corazón y, al viajar tanto, crece, crece y crece el abanico y las propuestas. Lo bonito de Internet es que nadie te pone límites.

Un clásico chateau francés, cuyo exterior ha decorado Okuda de una forma rompedora, y su monumental Gioconda, de París.

Ha hecho murales, cuadros, joyas, bordados, esculturas y hasta fallas. ¿Puede acabar Okuda convirtiéndose en una industria?

O.– En mi estudio trabajan quince personas conmigo. En cierto modo es como una empresa, pero yo sé distinguir muy bien entre el trabajo que tienen que hacer ellos y el que tengo que hacer yo; ellos tienen que hacer toda la gestión, producción, cuentas, prensa… millones de cosas. También se necesita mucha gente para hacer los moldes y vaciados de las esculturas en 3D. Al final es como una familia, no es como la típica empresa. La gente va al estudio y disfruta. Pasamos allí días y días y disfrutamos mucho.

Yo sé muy bien que las ideas y la creatividad tienen que salir del corazón, que esto es arte y tengo muy claro que lo que hago es arte, por mucho que se necesiten todas esas piezas.

Es verdad que Okuda es una marca, pero no es una industria, porque lo más importante para un artista es tener una identidad única, pero la diferencia es que esto se hace con el sentimiento y el corazón y una marca no.

El cromatismo de su pintura es mucho más cercano al de los países africanos que al de los nórdicos. ¿Todos la reciben igual?

O.– Es que los nórdicos están necesitados de color, por el cielo que tienen. Uno de mis mayores trabajos está en Ucrania, un metro que recorre la ciudad, pintado completo y que, por cierto, se acabó el día antes del aniversario de la independencia de Ucrania de Rusia y, sin querer, los medios me hicieron partícipe de ese aniversario. Evidentemente, mis colores tienen más que ver con India o con África, pero creo que todos los países necesitan el color; en realidad ,todas las grandes ciudades y el cemento del Nuevo Mundo necesitan color.

‘Casi todo lo vendo en el mercado americano. La mayoría de mis coleccionistas están en EE UU o Canadá’

¿Y ha habido polémicas en algunos países?

O.– Para nada. De hecho, casi siempre recibo un feedback muy bonito, y me sorprende cómo lo reciben lugares que nunca entenderías cómo aceptan tan bien este tipo de obras. Siempre es muy positivo.

Bueno, hubo un poco de polémica con una Gioconda que pintó en un muro de París. Por cierto, más que cambiar todo el exterior de un chateau del siglo XIX.

O.– Es que nunca se sabe lo que va a pasar. París parece una ciudad supermoderna y, de repente, me dice el alcalde que ha llamado un vecino diciendo que la nueva Gioconda parecía una puta, porque llevaba un bolso de Louis Vuitton, que yo había metido como una referencia a la moda… Pero bueno, ¿y por qué no que no puede ser una puta? Lo bueno y lo malo de trabajar en la calle es que todo el mundo puede opinar. Es el arte más sincero.

¿Hay alguna obra de la que se sienta especialmente satisfecho?

O.– Yo, hasta que no me quedo satisfecho, no acabo una obra. Siempre me tengo que quedar a gusto, pero evidentemente hay algunas que me han llenado más, por ejemplo, porque es un castillo antiguo y el contraste con mi pintura moderna me parece brutal. Creo que los trabajos más potentes han sido siempre cuando se daba este contraste con una arquitectura antigua, en iglesias, en castillos y en sitios así.

Okuda cada vez interviene en más soportes y técnicas distintas, siempre con una imagen muy reconocible, lo que le ha ayudado a convertirse en un artista global.

¿Porque es el sitio donde menos se espera un Okuda?

O.– Totalmente. Es por juntar dos mundos antagónicos.

¿Visita Cantabria con frecuencia?

O.– Yo vengo a casa por Navidad y en verano, y aprovecho para dejarle a mi madre todo dibujado para los bordados. Tenemos una gama de 60 colores numerados que nos hemos hecho con trozos de lana, y este verano hemos ampliado a 80. Yo marco el cuadro, dejo los números apuntados y ella hace los bordados. Y cuando tiene alguna duda, hacemos skype y le dijo esto así o esto asá.

El resultado es como un bordado. Ella decide la dirección que lleva la lana en cada rectángulo y es increíble, porque le da otra dimensión al cuadro.

Lo bonito de los bordados es que nos mantienen más conectados que cuando yo vivía aquí, porque aunque esté viajando estamos siempre conectados por el Skype. Por eso viajo tanto, porque, al final, estoy conectado con todo el mundo.

¿Y su madre asume bien esa participación?

O.– Ella está encantadísima. De hecho, me iba a ir este verano sin haberla marcado los cuadros y decía: ‘!Que me quedo aquí sin trabajo¡’ Además, está en el jardín, cosiendo al sol, encantada. Y yo me alegro mucho porque la he quitado un poco de la tele. Todas las personas que ya no curran recurren demasiado a la tele, que al final te hace estar alejado de los tuyos y de ti mismo. Así tiene otra motivación.

¿El estado de ánimo de Cantabria o de España necesitan más color?

O.– España tiene color. Yo, que viajo mucho, me doy cuenta de que tenemos mucho de latinos y árabes y el clima lo hace todo; por eso sigo manteniendo mi estudio y mi casa aquí, porque es un punto intermedio entre Latinoamérica y Europa.

¿Y sus expectativas dónde están?

O.– Casi todo lo vendo en el mercado americano. La mayoría de mis coleccionistas están en Estados Unidos o Canadá. Bueno, últimamente ha surgido alguno en España.

Ahora se están instalando siete esculturas de gran formato en una calle en Boston y estoy preparando mi exposición individual en Denver, que habla de la isla de plásticos que se acumula en el Pacífico. Además, preparo varias piezas para la feria de Miami de final de año, a la que voy siempre. Voy a China, también, para hacer unos silos enormes y estoy preparando joyas nuevas con la marca Suárez y dos modelos de gafas con Flamingo…

Bueno, y también estamos preparando otra cosa muy grande para 2020 en San Francisco, una gran pieza escultórica. Y ahora salgo para Moscú, donde voy a hacer un edificio en el centro y una escultura en Yakutia.

¿Y cuántas horas trabaja para hacer todo eso?

O.– Yo trabajo todo el rato, pero tengo mi equipo y en todos los viajes dejo un día libre para ir a la playa o ir a algún sitio. Aunque no lo parezca, vivo muy bien. Trabajo mucho pero no me siento estresado. También porque tengo mi equipo, y mucho trabajo puedo hacerlo por whatsapp. Puedo ir cambiando los bocetos o enviándoles otros nuevos desde cualquier sitio.

Ahora que se habla tanto de cambiar el modelo productivo, y a la vista de los encargos que se le acumulan, si fuese el Gobierno cántabro le ofrecería hacer un estudio aquí…

O.– Lo que me gustaría sería hacer una escultura de gran formato en Santander. Estaría bien.

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