Los hitos de la historia económica de España (12)

Hay una cosa que diferencia el siglo XX de otras épocas y es el enorme aumento de la población. España en esto no fue una excepción, a pesar del empeño nacional por pensar que aquí éramos distintos en todo y por ver las cosas desde el lado más negativo. La evolución demográfica fue tan destacada que en setenta y cinco años la población se duplicó, pasando de 18 a 36 millones de habitantes. ¿Dónde se metió tanta gente? Desafortunadamente, y esta es otra nota destacada del siglo, fueron todos a parar a las ciudades, dando lugar a las grandes urbes en donde ahora vivimos. Este hecho se convirtió en si mismo en una fuente de problemas.
Desde el punto de vista industrial, el siglo pasado se caracterizó por la gran concentración. De la pequeña industria familiar se pasó a las grandes fábricas anónimas donde nadie conocía a nadie.

La guerra del 14
Cuando se desató la Primera Guerra Mundial, en España era presidente del Gobierno Eduardo Dato, un partidario de la no intervención. Serviría de poco hacer cálculos sobre si hubiera sido mejor entrar en la guerra, económicamente hablando, pero como todo en la vida la decisión española tuvo unas serie de ventajas y, también, de inconvenientes.
Los barcos españoles fueron torpedeados casi como si hubiesen pertenecido a un país beligerante y la Península se lleno de espías, pero la guerra también significó una fuente de magníficos negocios para satisfacer las ingentes necesidades de los que participaban en la guerra, y como siempre hay quien piensa que los negocios no tienen color, hubo quien vendió a los dos bandos indistintamente. Florecieron los llamados nuevos ricos y los precios empezaron a subir por primera vez en muchos años, porque tanta venta al extranjero provocaba la escasez en el mercado interior. La estructura económica de España se transformó por completo, aunque no pueda decirse que lo hiciera de una forma armónica ni beneficiosa para los intereses generales, de tal manera que los más débiles, como suele suceder, salieron perdiendo. Entre ellos, los funcionarios, que no cobraban un sueldo fijo, los pequeños rentistas, los ahorradores y los obreros, cuyos sueldos no subían en la misma proporción que los precios.
En el verano de 1917 se produjo una huelga general que respondía al descontento social, extendido ya desde el comienzo de la guerra contra Marruecos, y al hecho de que en solo cinco años los precios habían subido un 50%.
El final de la Primera Guerra Mundial significó el fin de los negocios que había propiciado el abastecimiento a los contendientes y la economía nacional se encontró con serios problemas para encajar la nueva coyuntura.
Del superávit del comercio exterior se pasaba a una situación de fuerte déficit y las cuentas del Estado tampoco estaban mucho mejor. La Deuda Pública alcanzaba la muy considerable cifra de 16.000 millones de pesetas. Mientras tanto, en la calle los conflictos y los atentados se multiplicaban.

Primo de Rivera
Semejante estado de cosas amenazaba con algún tipo de estallido y se produjo el 13 de septiembre de 1923, el golpe de estado de Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, que proclamó un dictadura militar con el consentimiento del Rey Alfonso XIII.
La dictadura blanda de Primo de Rivera supuso un insólito paréntesis de tranquilidad: se acabaron los atentados, las huelgas y los desórdenes. España entró en un período histórico de auténtica prosperidad. Un cambio tan repentino ha hecho pensar a algunos historiadores que los problemas de España no debían ser ni tan vitales ni tan profundos como se pintaban.
De Primo de Rivera se ha dicho que abordó la tarea de gobierno con una actitud simple y optimista a la vez. Sostenía que “con diez o doce medidas y cuatro o cinco meses el asunto estaría solucionado”. Su programa de gobierno era insólitamente obvio: acabar con todo lo que estaba mal, lo cual no quiere decir mucho, pero es de una lógica aplastante. El hecho de que todo el mundo aceptarse la Dictadura como una etapa transitoria probablemente contribuyó a conseguir tales logros, pero también hipotecó su futuro.
Calvo Sotelo, como ministro de Hacienda, se preocupó del régimen fiscal y logró que los ingresos del Estado aumentasen un 78% sin nuevos impuestos. El presupuesto de 1927, por primera vez en lo que iba de siglo, se liquidó con superávit y aún fue mayor el saldo en 1928 y 1929. Esto permitió llevar a la práctica un amplio plan de conversión de Deuda Pública. El 80% de los acreedores del Estado accedieron a cobrar a largo plazo –hasta sesenta años– a cambio de unos intereses más altos y algunas garantías añadidas.
Otro hecho que se debe a Calvo Sotelo fue la fundación del monopolio de petróleos Campsa, en unos momentos en los que se extendía la motorización por todas partes y con el mercado español de petróleo dominado por dos empresas extranjeras, Standard Oil y Shell.
El Estado y un consorcio de 31 bancos aportaron el capital necesario para crear una empresa de propiedad completamente española que iba a monopolizar la distribución de los carburantes y que incluso compró pozos de petróleo en Venezuela. Como consecuencia, el precio de la gasolina bajó y de la operación se beneficiaron tanto el Estado como los consumidores, aunque salieron perjudicados, por supuesto, los intereses extranjeros.
El ministro Guadalhorce fue uno de los creadores de la política hidráulica, ya que estableció las confederaciones hidrográficas y planificó toda una red de embalses para regadíos y aprovechamientos hidroeléctricos. Además, 7.000 kilómetros de carreteras recibieron firme y el nuevo consorcio de ferrocarriles mejoró el material rodante. También se inició su electrificación, de tal modo que en 1929 los trenes españoles figuraban entre los mejores de Europa.

Los Felices 20
La España de las desgracias había pasado, como por arte de magia, a la España del progreso, y de un progreso sin precedentes conocidos. Aparte del mérito que le pudiera corresponder a la gestión del general, hay que añadirle una época de extraordinaria bonanza. En todo Occidente se acumulaban capitales, había pleno empleo, una gran capacidad de consumo y un alto nivel de vida. En semejantes circunstancias, a la gente le da por divertirse y ese fue el rasgo más conocido de la época, hasta el punto que ha pasado a la historia como Los Felices 20.
Crecieron las ciudades con ensanches ordenados y buenos parques, hubo una exposición universal en Barcelona y otra hispanoamericana en Sevilla, y en los fastos participaron las estrellas del deporte y del espectáculo, como Ricardo Zamora o Raquel Meller. También, entonces, el turismo internacional descubrió España.
¿Por qué dimitió el general en 1930 si las cosas iban tan bien? Quizá por ese sentido de paréntesis que siempre tuvo la dictadura, incluso para quienes la habían apoyado, que pronto le retiraron su respaldo. Pero también por el cambio en la situación económica internacional que se produjo con la Gran Depresión en 1929 y cuyos efectos alcanzaron a España.
Antes de eso, la peseta había llegado a unos niveles de firmeza sin precedentes, tanto que se había puesto de moda para invertir y fluyeron hacia el país muchos depósitos de inversores extranjeros. Pero, al llegar la ola de la Depresión, se llevó con ella el dinero, los bancos quedaron maltrechos con las retiradas masivas y la decisión de Calvo Sotelo de devaluar fue tardía e insuficiente. El nuevo cambio de la peseta pasaba a 33 por libra cuando en los mercados extranjeros se pagaban ya 60. El problema le fue endosado a Primo de Rivera, que ya había concitado la unanimidad en su contra y no tuvo más remedio que irse para su casa.

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