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La sardina desaparece

Los meses de invierno son tiempo de tregua para la humilde y popular sardina, al menos desde que se viene aplicando el periodo de veda con el que se quiere ayudar a la recuperación de una especie antaño abundante, y quizá por ello menospreciada, que en los últimos años ha entrado en un profundo declive. La captura de sardina en España se ha reducido drásticamente en los últimos quince años, pasando de las 103.000 toneladas de 1982 a las poco más de 19.000 desembarcadas por la flota de bajura en 1998.
Las razones de esta acentuada escasez van, en opinión de los biólogos, más allá de la habitual presunción de que se explotan en exceso los recursos pesqueros. Un conjunto de factores medioambientales todavía no suficientemente identificados, parecen jugar un papel determinante en la decadencia de la biomasa de esta especie.
Para expertos como Orestes Cendrero, director del Centro de Estudios de Biología Marina de Santander, “el hecho de que todas las medidas de regulación adoptadas desde hace tiempo, nunca hayan cambiado las tendencias bajistas de los stocks a medio plazo, nos hace ser escépticos sobre la influencia de la pesca en el declive de la especie”.
Los biólogos apuntan a la superposición, en todo caso, de los efectos de las capturas con cambios en las condiciones medioambientales que repercuten en el número de alevines que se incorporan cada año a las pesquerías, sobre todo en especies de ciclo corto como la sardina o la anchoa (entre tres y cinco años de vida) que cuentan con un tiempo más limitado para recuperarse. Los cambios en la temperatura del agua y los afloramientos de sustancias comestibles que permitirán alimentarse a las larvas, y que dependen de la intensidad de las corrientes (ni tan débiles que no muevan el alimento hacia la superficie, ni tan fuertes que impidan a las larvas alimentarse), son algunos de los factores que inciden en los stocks de las especies.

Crisis cíclicas

Desde mediados del siglo XVIII existen referencias a las fluctuaciones de la pesca de sardina y anchoa en el norte de España. A finales del siglo XIX, científicos como González de Linares –fundador del Centro de Biología Marina de Santander– especulaban con la posibilidad de que la crisis de esta pesquería que entonces se observó fuese debida a factores ambientales.
La crisis de la sardina se prolonga durante el primer cuarto del siglo XX y en 1927 De Buen, al analizar estadísticamente las capturas de cuatro especies (sardina, espadín, chicharro y anchoa) concluye que existe una ley de alternancia de especies migratorias y una ley de compensación ictiológica. De acuerdo con estas leyes, esas cuatro especies se sustituirían entre sí espacial y temporalmente, de manera que una menor presencia de cualquiera de ellas era compensada con un gran incremento de las otras. El estudio de series estadísticas más prolongadas demostró que las variaciones no eran tan achacables a las leyes naturales como a la orientación de la flotas hacia la captura de las especies más abundantes en cada momento. Aunque la teoría de De Buen no era correcta sí lo era su trasfondo: las variaciones ocasionales en el ecosistema tienen su reflejo en la mayor o menor abundancia de las especies pelágicas, algo en lo que coinciden todos los investigadores.
Las fluctuaciones en la pesca de la sardina han sido también constatadas desde los años 40 en el norte de España. Las estadísticas de capturas muestran que hubo una larga crisis entre 1945 y 1957, una recuperación en 1958-1962 y una continuada tendencia al declive que se inicia entre 1962 y 1967. En los siguientes veinte años se acentuó esta caída, y a partir de 1985 la curva de decrecimiento ha tomado unos tintes dramáticos, que se intentan paliar con el establecimiento de medidas de protección, como las vedas, las paradas biológicas o la obligación de dejar de faenar en fin de semana, impuesta desde el pasado día dos a todas las embarcaciones pesqueras con base en puertos de Cantabria. Hasta el momento, todas ellas han sido más bienintencionadas que eficaces y si la tendencia no se modifica en muy pocos años, las sardinas y la toponimia de El Sardinero serán una mera referencia colorista para los visitantes que indagan sobre la historia de Santander.

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