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Breves sobre golf

La mayor dotación de campos públicos del país
La popularización del golf en Cantabria tiene mucho que ver con la existencia de campos públicos. Cuando se abrió Mataleñas en 1986, sólo había otro más en España, el de Costa del Azahar, en Castellón y aún hoy únicamente hay veinte campos de este tipo en el país, de los cuales curiosamente cuatro están en nuestra región, algo absolutamente insólito (Madrid no tiene ninguno) y que en el futuro próximo sólo tendrá parangón con Navarra, donde el Gobierno foral ha decidido construir cinco.
Los campos públicos, de libre acceso y con unos greeen fees (precio por salida) asequibles, han empezado a quitar al golf la etiqueta elitista que siempre ha tenido. “¿Cómo puede ser elitista una actividad que practican 200.000 personas en España y es el tercer deporte en número de licencias, tras el fútbol y el baloncesto?”, enfatiza la Federación Española de Golf.
La pregunta no es retórica. El campo de La Junquera, en Pedreña, es un ejemplo de cómo con recursos muy escasos se puede promover una instalación de golf, eso sí, muy modesta. Miguel Bedia, entonces alcalde, y principal impulsor recuerda que completar la explanación, los drenajes, sistemas de riego y formación de greenes ni siquiera llegó a los 30 millones de pesetas, aunque habría que añadir que los terrenos son una concesión administrativa de la Demarcación de Costas con veinte años de vigencia.
Como ocurre con Mataleñas, La Junquera está saturado y hace ya dos años decidió cerrar el cupo, al alcanzar los 600 abonados, de ellos 200 del País Vasco. El campo ha cerrado los ejercicios con superávit y se ha convertido en un elemento impulsor de la zona, por lo que el Ayuntamiento se plantea la ampliación a 18 hoyos, aprovechando la lengua de tierra que se adentra en la bahía de Santander por la que discurre el rack de tuberías de Dynasol. Aunque se trata de propiedades privadas bastante divididas, Bedia calcula que sólo con los aprovechamientos urbanísticos que le corresponden al municipio el Ayuntamiento podría conseguir entre 200.000 y 300.000 metros cuadrados en la zona.
No es el único campo público que tiene previsto ampliar. El de Mogro hace años que tiene el proyecto de alcanzar los 18 hoyos, algo en lo que está muy interesada la alcaldía, que ha encabezado las negociaciones con los propietarios. En Mataleñas, donde hay mil doscientos abonados, iba a iniciarse la ampliación cuando fue frenada en seco por las protestas de los vecinos de Monte, que rechazan un uso que consideran elitista para ese suelo público. El Ayuntamiento de Santander ha paralizado el proyecto, aunque la situación es absolutamente paradójica, puesto que ya se desmanteló el camping municipal que ocupaba esos terrenos y se está construyendo un campo de prácticas de golf que, curiosamente, levanta menos protestas, aunque el fin es idéntico.
Hay otra iniciativa popular, la que promueve el golfista histórico Ramón Sota en Puente Agüero, donde ha abierto un campo de prácticas con éxito. En la actualidad se construye un putting green y a la vista de la demanda, Sota pretende complementarlo con nueve hoyos rústicos, en la magnífica mies que rodea las instalaciones. A pesar de la modestia de la iniciativa, su influencia económica sobre la zona ya se está dejando notar.

Pocos campos, muchos jugadores
España tenía en el último censo oficial de la EGA 247 campos de golf, un número aparentemente elevado, aunque la realidad es muy distinta. Basta comprobar que un país donde el medio es tan hostil, como Suecia, con sólo ocho millones de habitantes, tiene 403, a pesar de que en el mejor de los casos la temporada de juego se reduce a seis meses. Escocia, país lluvioso por excelencia, tiene 542 campos de golf e Inglaterra 1.888. Con semejantes diferencias, pensar que en nuestro país o que en Cantabria se puedan alcanzar grados de saturación de campos es poco realista, incluso en el caso de que se construyesen todos todos los que han llegado a barajarse en algún momento.
Si algo han demostrado los campos de golf es que son capaces de crear su propia demanda. Incluso en zonas tan poco pobladas como la de Reinosa, el campo de Nestares lleva camino de crearse una importante clientela local a través de su escuela, aunque el objetivo ha de ser mucho más ambicioso, dado que pretende convertirse en un revulsivo turístico para la comarca, atrayendo públicos foráneos. Algo que conseguirá cuando se consolide y las inversiones en el recorrido sean algo más generosas, para situarse al menos al nivel de las realizadas en la casa-club.
El ejemplo de Italia es sintomático. En un país con la tercera parte de licencias que tiene España, hay 224 campos de golf, casi el mismo número que en nuestro país. La proporción de un campo por 300 jugadores es demasiado generosa para suponer que se justifiquen exclusivamente por la clientela local. En realidad son campos dirigidos al turista y demuestran que España tiene un largo camino por recorrer en este terreno.
En el caso de Cantabria las circunstancias son peores. A pesar de la bajísima incidencia de turistas, la saturación en algunos campos ha llegado a un punto incómodo. En Mataleñas se contabilizan 58.000 salidas al año, quince mil más que la media española para un campo de 18 hoyos. Como Mataleñas sólo tiene nueve es fácil entender que se formen largas colas en la salida del 1, a pesar de que en algunos hoyos se lleguen a jugar simultáneamente tres partidos, con serios problemas de seguridad y pocas oportunidades de relajarse para los jugadores.

“Cantabria también es el sur”
“Los golfistas del norte de Europa vienen a jugar al sur, pero el sur no es sólo Andalucía, es también Cantabria”. La frase del presidente de la Federación Cántabra de Golf, Jesús Rodríguez Rey refleja algo más que una mera apreciación geográfica. Intenta superar un complejo que ha impedido aprovechar el potencial económico del golf al suponer que vivimos en una región demasiado lluviosa para ello: “El clima de Cantabria es el ideal para jugar al golf, hasta el punto de contabilizar más horas de juego que en la costa mediterránea”, asegura.
En su opinión, el golf es la mejor palanca para desestacionalizar el turismo en Cantabria pero para ello “es imprescindible contar con campos comerciales de 18 hoyos, fáciles y divertidos. Los de 9 hoyos no son vendibles”, dice.
Cuando se consigan, está convencido de que “los paquetes turísticos golf-Altamira, golf-Picos de Europa, golf-Guggenheim, golf-Cabárceno o golf-gastronomía, no tendrán parangón”.

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