Opinión

Un país donde todo vale

Por si no eran pocos los problemas derivados de la crisis pasada y el colapso de la política tradicional, ha venido el comisario Villarejo a poner en jaque a todas las instituciones del Estado. De los grandes partidos no sabemos exactamente lo que queda: el PP perdió el Gobierno y le han salido unos rivales muy difíciles; Podemos ha implosionado y el PSOE no solo no va a rentabilizar el hundimiento de su rival en el voto de izquierdas sino que eso mismo puede llevarle a perder muchos municipios y comunidades autónomas a partir de mayo.

Como el desasosiego no conoce de barrios, el Banco Santander se ha quedado, de la noche a la mañana, sin el consejero delegado que había fichado, por un poco comprensible coste del fichaje, y para colmo se encuentra con que unos oscuros empresarios anglo-indios se han adjudicado su Ciudad Financiera de Boadilla del Monte. Quizá, como ocurre con los partidos, se sienta confortado por el hecho de que su rival, el BBVA, está aún peor. Los pinchazos telefónicos del comisario Villarejo pueden acabar como el rosario de la aurora. Por lo pronto, ya han dado al traste con el crédito del hasta hace muy poco poderoso presidente Francisco González, el que daba lecciones de deontología.

Ni los grandes bancos se salvan ya del deterioro de las instituciones

Como en el caso del dedo que apunta a la Luna, resulta curioso que el foco se haya puesto exclusivamente en las maniobras de espionaje ordenadas, presuntamente, por González, a los empresarios que querían arrebatarle la presidencia del Banco, y que nadie se plantee cómo pudo Villarejo, que en ese momento era el policía más importante del país, tener pinchados 5.000 teléfonos para este encargo privado y compaginarlo con su labor oficial. Como es casi imposible imaginar al comisario auscultando por sí solo y desde su casa semejante tráfico de llamadas, se supone que habrá necesitado unas decenas de personas y probablemente no estaban muy lejos de su despacho en el Ministerio del Interior. Es evidente, pues, que ha existido toda una policía paralela, al servicio del mejor postor, ya fuese el BBVA; el PP –que le encargó recuperar el pendrive de Bárcenas con todos los secretos de la contabilidad B–, o quién sabe cuántos más. Una policía que, además, se valía de los archivos más secretos del cuerpo para ponerlos al servicio de sus clientes, como en el caso del marido de Ana Rosa Quintana.

En este país tan desconcertante, ni siquiera era Villarejo el único que acudía a las citas con una grabadora en el bolsillo de la gabardina. Un profesor asociado de la Universidad de Cantabria ha pretendido presionar al rector y al candidato socialista al Ayuntamiento de Santander con unas grabaciones manipuladas y unas firmas falsas para forzar la continuidad de su contrato, que las normas impiden prorrogar. Lo curioso es que la campaña de descrédito y chantaje era enmascarada con la supuesta intención de limpiar la Universidad de chanchullos (no del suyo, claro) y hubiese funcionado de no haber sido el autor tan chapucero.

Y es que, como se ve, tenemos motivos de sobra para creernos cualquier cosa.

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