Opinión

Un asesino tecnológico

Los grandes enemigos del capitalismo hace tiempo que han dejado de ser el comunismo o el intervencionismo socialdemócrata. El capitalismo demostró poder con el primero y adaptarse perfectamente al segundo para llegar al siglo XXImás floreciente que nunca. Es ahora cuando surgen las dudas, al concentrarse la riqueza en muy pocas manos, con el riesgo de que una gran parte de la población se quede sin capacidad de compra porque, como ocurre en el Monopoly, el juego se acaba si alguien lo acapara todo. Por tanto, salvo a ese operador último que aspirase a quedarse con toda la riqueza, a nadie más le interesaría ese proceso de concentración, puesto que antes o después se quedarían sin clientes.

Hay otra incertidumbre aún mayor: la velocidad con las que se sustituyen unas tecnologías por otras. A lo largo del siglo XX se han multiplicado los avances, pero casi siempre con el suficiente tiempo como para rentabilizar la tecnología anterior. Es evidente que quien monta una fábrica necesita un periodo amplio para amortizar la inversión que ha realizado, especialmente si requiere unas instalaciones muy complejas. Cuando los hermanos Solvay descubrieron un procedimiento más barato para producir sosa dejaron fuera del mercado a todos los fabricantes anteriores pero lo mismo podía haberles ocurrido a ellos de haber aparecido otro proceso de síntesis química francamente mejor.

Todos sabemos que los motores de combustión que utilizan los coches serán sustituidos antes o después por otros menos contaminantes pero ha habido tiempo de sobra para que las marcas hayan rentabilizado sus investigaciones para mejorar sus modelos y sus plantas de montaje. Pero ¿qué les ocurre a las que han desarrollado motores diesel de última generación y se encuentran con amenazas a la circulación de vehículos con esa tecnología? Que se verán forzados a resistirse con todas sus fuerzas hasta obligar al Gobierno a retractarse, ante la amenaza de huida en masa de inversores, ahuyentados por la falta de fiabilidad de ese país.

Pero ¿a quién pedir responsabilidades cuando estos cambios inesperados en un mercado los produce la propia tecnología, si todos estamos reclamando permanentemente más innovación?

La 5G no es una revolución pero puede hacer que la fibra no tenga sentido

En la tan manoseada telefonía 5G se ha pasado por alto una circunstancia que puede crear un serio problema para la continuidad de muchas compañías del sector, porque, sin ser una revolución en sí misma, la red 5G puede ser una asesina silenciosa de otras tecnologías existentes. Su aportación es una fantástica velocidad en la transmisión de datos, algo que quizá no sea considerado sustancial por los ciudadanos, porque las velocidades de servicio actuales ya son más que suficientes, pero que puede hacer inútiles las enormes inversiones en redes de fibra óptica. Si la nueva telefonía puede ofrecer la misma velocidad o más en la transmisión de datos desde una antena, ¿qué sentido tiene seguir excavando cientos de miles de kilómetros de zanjas y las que se han hecho hasta ahora, para llegar a las casas de cada usuario? Probablemente ninguno, aunque la red física aporte más seguridad que las conexiones inalámbricas.

La telefonía celular primero y la fibra más tarde mataron una red de cobre que costó más de un siglo tender pero que, por eso mismo, tuvo mucho tiempo para ser amortizada por las compañías telefónicas. Ahora, cuando se afanaban por disponer de un tendido de fibra tan capilar como el anterior, y han realizado inversiones muy cuantiosas en ello, se pueden encontrar con que su utilidad sea muy reducida. Dependerá del precio del 5G, pero la decisión de Vodafone de establecer tarifas planas de datos para los usuarios de su red de quinta generación aventuran tiempos difíciles para los que han invertido en fibra.

Si las tecnologías se solapan a tanta velocidad, los empresarios cada vez tendrán más dudas a la hora de hacer grandes inversiones porque no tendrán tiempo para amortizarlas. Ese es un dilema que tendrá que resolver el capitalismo a corto plazo. O seguir metiendo presión a la caldera tecnológica y dejar a muchos operadores en fuera de juego, o aceptar que hay darse tiempo para rentabilizar una tecnología antes de ser sustituida por otra. Pero cualquier acuerdo entre empresas para no hacerse daño mutuamente es ilegal, lo que demuestra que el problema tiene muy pocas salidas.

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