Se avecina la calma

La vorágine permanentemente es incómoda y desde 2015 España ha vivido cuatro elecciones generales, nada menos que tres mociones de censura, una sublevación regional que a su vez ha obligado a activar por primera vez la suspensión de una autonomía, y una pandemia. Mientras todo esto ocurría, lo cotidiano desaparecía. Desde la primavera de 2018 no se había aprobado ningún Presupuesto General del Estado.

La física constató hace mucho que la materia tiende a recuperar su estado ordinario y algo parecido ocurre en la sociedad. Hemos llegado a un punto de agotamiento y quienes alientan cada día un enfrentamiento debieran pensar que ni es posible mantener esta tensión en los tres años que aún quedan de legislatura –y el primero ya se nos ha hecho eterno– ni tendrán éxito en esta estrategia. Después de aprobados los Presupuestos de 2021 y de iniciarse las vacunaciones, los españoles solo tendremos en mente recuperar la normalidad en el menor plazo posible, salir a las calles con confianza, veranear o restablecer los negocios. Ha ocurrido siempre después de cada gran crisis y no va a ser distinto.

De hecho, un enorme grupo de la población española hace ya tiempo que ha desconectado. Uno de los hechos que más desconciertan a los aficionados a la política es el escasísimo efecto que semejante revuelo causa en la intención de voto. Incluso dejando al margen al CIS y al polémico Tezanos, todas las encuestas demuestran que desde hace dos años el mapa político está estancado, punto arriba o punto abajo, a pesar de todo lo que ocurre. Hay tres razones posibles: que la piel de los españoles se ha cauterizado por tantos escándalos y nada nuevo que suceda les conmueve; que lo ideológico pesa mucho más que en otros países y la posición de cada uno de nosotros es casi inamovible, ocurra lo que ocurra; o que hay un descuelgue generacional y más de la mitad de la población ya no quiere saber nada de los periódicos ni de los informativos audiovisuales.

Quizá sea una mezcla de los tres factores, pero el que va a tener más relevancia a largo plazo es el tercero: como en los bombardeos por saturación, la eficacia individual de la información es cada vez más escasa. Si tenemos en cuenta que, a día de hoy, todos los grandes periódicos de Madrid juntos venden menos ejemplares de los que vendía El País hace una década y media podemos hacernos una idea del empequeñecido papel que tiene el papel (de prensa). Es cierto que se hacen versiones digitales muy consultadas, pero cualquiera que haya tenido la oportunidad de pasarse por la mesa digital de uno de estos periódicos y vea en tiempo real en qué informaciones pinchan los lectores, comprobará con desánimo que el interés se ha desplazado a los contenidos arrevistados y truculentos o al famoseo (que todos incluyen) y la política va muy por detrás.

Desde 2015 España ha vivido cuatro elecciones generales, tres mociones de censura, una sublevación regional, la suspensión de una autonomía y una pandemia

Tampoco las televisiones o radios son capaces de convencer a la audiencia con los informativos, el producto de referencia tradicional. La Cuatro ha dejado de hacerlos, porque el esfuerzo no pagaba el tiro, y las restantes, aunque se jacten de estar por delante de otras, tienen audiencias ridículas, poco más de 2,5 millones de espectadores. Sumando los que emiten todas las cadenas nacionales y autonómicas, apenas suman doce o trece millones de espectadores en un país de 48 millones de habitantes. Muchos menos de los que tenían los telediarios de La 1 cuando éramos 36 millones.

A la mitad de los españoles o más la información les llega ya por otras vías o no les llega, porque ha dejado de interesarles. Dado que la mayoría de ellos tienen menos de 40 años, la propia evolución biológica de la sociedad nos obliga a suponer que ese colectivo que se aleja de los medios convencionales va a más y los consumidores de noticias a menos. Por tanto, la política tradicional tendrá que hacerse de otra manera. A muchos de ellos ya no les dice nada ni Bildu, ni Ternera, ni Miguel Ángel Blanco, a quien ni siquiera conocen, como reveló una encuesta reciente.

A ellos va dirigida esa nueva política de la imagen, cuando no del meme, que practican todos los políticos sin excepción a la que desgraciadamente estamos abocados. En los años 40 Goebbels descubrió que para fijar una idea en la mente de la ciudadanía había que repetirla machaconamente. Incluso una mentira se convertía en verdad. Ahora, esa reiteración solo vale para los ya convencidos, el resto huye despavorido de los canales informativos habituales porque lo que le interesa es el chascarrillo o la variedad. Quiere algo estimulante a cada minuto.

Sánchez ha descubierto que esa es la España real y sabe que por mucho que agite las aguas la oposición puede aguantar. Los Presupuestos, por sí solos, ya le garantizan acabar la legislatura si su socio UP se lo permite, y se lo permitirá porque la historia reciente enseña mucho. Ya rompió IU con Susana Díaz antes de las elecciones andaluzas y el resultado fue nefasto para ambos. Además, queda por delante la recuperación que, se produzca en V, en L o en Z, va a suponer crecimientos del PIB superiores al 6%, aunque solo sea por el hecho de que este año va a bajar un 11% .

Casado es consciente y está cambiando el discurso, porque también sabe que para alcanzar el Gobierno ha de ampliar el espectro de votantes pero corre el riesgo de que sus seguidores actuales no lo entiendan y, peor aún para él, de que sean seducidos por Vox.

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