Editorial

Es la guerra

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Nadie diría que falta año y medio para las elecciones, a la vista de la artillería pesada de la que está echando mano el ministro de Fomento en sus más que frecuentes visitas a Cantabria e, incluso, cuando está en Madrid. Revilla saludó con enorme entusiasmo su nombramiento, pero no calculó que atacar a Rajoy con saña en las televisiones tendría estos efectos secundarios. Rajoy no salió a defenderse y le dejó la tarea al ministro local, que no pierde oportunidad para cobrar esa factura, con mejores maneras de las que en su día empleó Álvarez Cascos (quien llegó a preguntar en una rueda de prensa que a qué idiota se le había ocurrido lo de la Autovía Dos Mares, quizá porque nadie le advirtió que la idea partía de su partido) pero con no menos contundencia que el asturiano. Una idiotez es, más o menos, lo que ha dejado entender que sería reabrir el túnel de la Engaña para el turismo, hacer el puerto seco del Llano de la Pasiega o el tren rápido que propone el PRC con Bilbao, proyectos sobre los que hay un amplio consenso social, al menos sobre estos dos últimos. Y casi del mismo tono insultante es decir que no se pueden mantener las ayudas de Fomento a la rehabilitación del Seminario Mayor de Comillas porque la documentación presentada no se hizo llegar en formato digital.

Estamos en una guerra soterrada, de la que todos somos víctimas. Ni es una casualidad que un informe interno que maneja un organismo público de Madrid acabe en manos de un periódico local ni el ministro puede lavarse las manos diciendo que esa demoledora respuesta es cosa de los técnicos y que su Departamento desconoce lo que pretende hacer el Gobierno cántabro en el Llano de la Pasiega. El asunto lleva sobre la mesa nada menos que diez años, él lo ha conocido de primera mano, y el principal instigador de su resurrección ha sido el propio presidente de la Autoridad Portuaria, que ha salido a defenderlo, a sabiendas de lo caro que le puede salir, lo cual le honra. Una polémica innecesaria, por tanto, que ha cogido a su partido con el pie cambiado, hasta el punto que ahora trata de recomponer las piezas con el menor desgaste posible.

Al avivar el enfrentamiento institucional, el ministro también parece asumir por sí mismo la tarea de líder de la oposición en Cantabria, consciente de que su partido no está, en estos momentos, en condiciones de hacerla, y de que la no menos mala situación de PSOE, Podemos y Ciudadanos en la región están disparando las expectativas del PRC, que se ve cerca de la mayoría absoluta. El PP ya tiene más que asumido que seguirá fuera del Gobierno en la próxima legislatura, pero no podría sobreponerse a la hecatombe, cada vez más probable, de perder el Ayuntamiento de Santander, la única capital de provincia española donde nunca hubo alternancia, ya que ha gobernado el mismo partido, con distintas siglas, desde la constitución de los ayuntamientos democráticos, en 1979.

De la Serna no tiene ningún interés en volver a la política cántabra (estuvo a punto de dejarla antes de que Rajoy le confiase que tenía para él destinos más elevados) pero sigue pensando como alcalde de Santander y se siente obligado a mantener por sí solo el suelo electoral de su partido en la región. Tantas tareas pueden pasarle factura. La primera, por crear tanta animadversión con el líder del PRC como la que había cultivado Ignacio Diego, que hizo imposible cualquier alianza. La segunda es minimizar aún más a la dirección local de su partido, que cada día tiene menos papel. Y la tercera es que puede acabar perjudicando los intereses de Cantabria. Es cierto que con él se han resucitado un gran número de proyectos, que desgrana en cada visita, pero eso no impide reconocer que, a día de hoy, ni estamos en unas cotas históricas de obra pública estatal (ya quisiéramos) ni es probable que lo estemos en algún tiempo, aunque el ministro incluya las actuaciones en la provincia de Palencia para traer el AVE hasta Reinosa y la autovía burgalesa que conectará con Aguilar de Campoo.

Hay proyectos importantes en la región, pero van a requerir una tramitación larga, a pesar de que el ministro trate de apurar los plazos, y otros que avanzan con menos ambición de la que tuvieron en su día, como ocurre con el soterramiento de las vías en Santander, que ahora será un cubrición, y parcial. Una solución que debiera estudiarse con más detenimiento y participación ciudadana, a la vista de que condicionará el urbanismo futuro de la ciudad mucho más que el Centro Botín, sobre el que, en cambio, hubo bastante más polémica. Alberto Ibáñez

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