‘Me sirven de mucho los años que he estado haciendo radio’

Chuchi Guerra, restaurante LA VEGANA:

Dice que fue ‘un niño de bar’ pero, desde muy joven, dejó la hostelería para seguir su camino en la radio, el medio al que ha dedicado su vida y con el que siempre seguirá vinculado. Hace apenas dos años tomó las riendas del negocio familiar que nunca dejó de ser su vivienda, ‘La Vegana’, una emblemática casona montañesa situada en el cruce de Guarnizo. Su sueño era convertirla en un restaurante de calidad que mantuviera el ambiente acogedor y la amistad con el cliente que caracterizó al bar-tienda que regentaron sus padres desde 1940. Ahora siente que ha conseguido ese ‘viaje en el tiempo’ y que, al fin y al cabo, su trabajo no ha cambiado tanto. Ya sea detrás del micrófono o de la barra, Chuchi Guerra se prepara todos los días para entrar en directo y conectar con el público.


P.- ¿Qué convierte a ‘La Vegana’ en un restaurante tan especial para usted?
R.- Más que un restaurante, es mi casa. Nací aquí, literalmente, en lo que ahora es una parte del restaurante, hace ya 51 años. Me he criado entre estas mesas y he jugado en estos rincones. Pero, además, es un edificio a conservar, porque data de 1923 y es la típica casa cubo montañesa, una construcción de la que sólo hay otra más en el municipio. Está muy unida al pueblo de Guarnizo, donde es una referencia. La gente debe saber que ‘La Vegana’ sigue siendo la de toda la vida, la que se encuentra nada más pasar Maliaño, en el cruce (hoy rotonda) hacia Revilla. Ahora la reformé por completo con ayuda de mi mujer, Almudena, que puso su toque personal a la decoración, y de Ángel, el albañil, un hombre del Renacimiento que sabe hacer de todo, pero sigue siendo un viaje en el tiempo de principio a fin.

P.- Es un hombre de radio, no un hostelero al uso. ¿Qué le llevó a ponerse al frente del negocio familiar?
R.- Cuando mis padres y mi tía, que eran los que llevaban el negocio, se jubilaron, yo trabajaba en la radio, así que decidimos alquilarlo para mantener su nombre y su historia. Eso fue de 1995 hasta 2013 pero, como la experiencia del alquiler no fue nada positiva ni en lo personal ni en lo económico, decidimos retomar las riendas y hacernos cargo del negocio mi mujer y yo. Por entonces, ya había dejado la COPE y empezó para nosotros un peregrinar de bancos para conseguir un préstamo que nos permitiese hacer la reforma y hacer frente a todos los gastos que suponía ampliar el local y, en definitiva, darle una vuelta a todo. Esa nueva etapa comenzó el 15 de septiembre del año 2014 y, desde entonces, ya han pasado casi dos años.

P.- Decía antes que hablar de Chuchi Guerra en Cantabria es hablar de radio. ¿Cuántos años ha dedicado al mundo de las ondas?
R.- Comencé en 1987 en la Cadena COPE. Lo hice grabando las cuñas de Navidad de Pryca. Por entonces, yo era un estudiante de 24 años que quería dedicarse a la radio. Era el delegado de clase y, aprovechando una visita que hicimos a esa emisora, supe que necesitaban locutores musicales para Popular Camargo. Me cogieron, y de ahí pase a Populares de la COPE, y después me convertí en presentador y coordinador de Cadena 100, donde tuve el primer turno del sábado a las doce de la mañana. Con el paso de los años, pasé a los servicios informativos, a los magazines y acabé dirigiendo y presentando ‘La Mañana’ de COPE Cantabria. En los últimos tiempos pasé un año en EsRadio y en Popular TV y, actualmente, sigo colaborando con Walter García en Mix Fm.

P.- ¿Ha supuesto mucho cambio para usted pasar del mundo de la comunicación al de la hostelería?
R.- No me cogía de nuevas, porque me he criado en un bar y sé lo que es estar detrás de la barra. Como niño de bar que soy, mi familia era la biológica y los clientes con los que me relacionaba todos los días. Además, a los niños de los años 60 y 70 se les respetaba poco, y desde pequeño ya sabías bien a quién podías acercarte y a quién no, lo que me ha dado psicología en el trato con la gente. Nunca pensé que volvería a estar aquí pero es cierto que el concepto es muy diferente, mucho más ambicioso. Ahora ya no es un bar sino un restaurante de calidad con el que pretendes jugar en primera división y convertirte en un referente. Un restaurante de donde la gente se va satisfecha.

P.- ¿Encuentra paralelismos entre estar detrás del micrófono y detrás de la barra?
R. Sí, cambia el soporte pero es similar, porque en ambos mundos hay un contacto directo con el público: observas a las personas, ves sus gestos, entras en el terreno de sus sentimientos… Aunque mi trabajo consiste en coordinar el restaurante, busco ser más cliente que hostelero. Quiero ser los ojos del que entra a comer y saber lo que le gustaría que le ofrecieran. Para eso me sirven mucho los años que he estado haciendo radio, cara al público. Al final, cambia el producto pero tanto en un programa como en el restaurante tiene que estar todo a punto.

P.- Viendo la estética tan cuidada del restaurante ¿se puede decir que le importa mucho la imagen?
R. Quiero que todo esté perfecto y limpio, y reparar todo lo que se deteriora. Eso es algo que me viene de fábrica (ríe). Me gusta la perfección en todos los sentidos. El problema es que eso provoca cierto sufrimiento en mí y en las personas que están alrededor; cansa y desgasta, porque todos los días hay que volver a empezar; es como revivir una y otra vez el ‘Día de la Marmota’. Pero eso también me ocurría en radio, todos los días hay que estar al pie del cañón para que salga perfecto. Yo siempre he sido así; si tenía por delante un programa de dos horas me lo preparaba seis. Nunca he ido a lo fácil, ni he tirado sólo de oficio.

P.- ¿Cómo era ‘La Vegana’ que regentaban sus padres?
R.- Era un bar y tienda de ultramarinos y, además, una casa de comidas para los trabajadores de las empresas de la zona que funcionaban en aquella época (Trascueto, Dolomíticos, Cros, etc). Era la típica tienda de pueblo en la que se vendía de todo: alimentación, droguería, calzado, botas para los obreros, alpargatas, escobas… Mi familia se ocupó del negocio durante más de 50 años, desde 1940 hasta 1995. Mi tío David fue el primero en cogerlo, en 1940, y un año después se lo traspasó a mi padre Jesús y a mi tía Julia, que trabajaron mucho durante toda su vida hasta que tuvieron que cerrar por jubilación. Aquí también trabajaba mi madre, Paquita, desde que se casó con mi padre en los años 50.

P.- ¿Y cómo es ‘La Vegana’ hoy?
R.- El que no haya estado aquí desde hace dos años se sorprenderá por muchos motivos. Desde la decoración, que ha conseguido un ambiente muy acogedor, hasta la cocina de calidad en la que contamos con profesionales de gran experiencia como Guillermo Valenzuela e Ismael Iglesias y Luis Valenzuela en la repostería. Las chicas que se encargan de la atención al público –Nora, Raquel, Yolanda y Rocío– también forman un gran equipo. La gente nos pide mucho el arroz meloso con pulpo, las carrilleras, las croquetas de jamón caseras, las tempuras de verdura fresca…

P.- Llamándose ‘La Vegana’… ¿Alguna vez les han confundido con un restaurante vegetariano?
R.- (Ríe). La gente de los alrededores sabe que el nombre viene de la Vega de Pas, de los años 30 del siglo pasado, pero es verdad que algunos turistas y gentes de paso se piensan que lo somos. No pasa nada, porque también tenemos muy buenas opciones, como las ensaladas o las verduras al vapor con las que les podemos atender.

P.- El lema de ‘La Vegana’ dice que es un viaje el tiempo. ¿Siente que, a pesar de tantos cambios, conserva algo de lo que fue?
P.- Sí, el ambiente familiar que yo vivía en el bar de mis padres y la cercanía con el cliente. Aquí solemos encontrarnos con los hijos de esas personas que dejaron de venir y que recuerdan bien cómo era. La diferencia es que ahora es un restaurante y una empresa. Mi infancia fue muy feliz porque era hijo único y un niño mimado, tanto por mis padres como por mi tía Julia, pero volver aquí al principio me agobiaba un poco. Incluso, hasta pocos meses antes de abrir, la idea de trabajar en hostelería me parecía una pesadilla, porque había visto a mis padres trabajar todos los días de su vida, de lunes a domingo, desde las siete de la mañana hasta que el cuerpo aguantase. Ahora, sin embargo, lo veo de una manera diferente. Estoy muy contento porque estamos creciendo mucho, tenemos la suerte de contar con muy buenos profesionales y la carta está respondiendo a las expectativas de los clientes.

P.- ¿Volvería a la radio?
R.- Nunca me he desvinculado y me siento locutor a la espera de que surja algún proyecto que me ilusione. La profesión está muy mal, y más en Cantabria, por la falta de espacios destinados a la programación local. La radio hoy en día está copada por la programación nacional y por las grandes estrellas, porque la crisis ha ido reduciendo las plantillas locales y sigue existiendo un cierto vacío legal en el espectro radiofónico. El problema es que en el mundo de la empresa las cosas tampoco están mejor. Al emprendedor se le dan muy pocas facilidades y es impresionante la cantidad de impuestos y de gastos que tiene que pagar. Los empresarios de la pequeña y mediana empresa están muy poco valorados a pesar de arriesgan su patrimonio para dar de comer a otras familias.

P.- ¿A qué dedica su tiempo libre cuando lo tiene?
R.- Soy padre de dos hijos de 13 y 8 años y me encanta ir a patinar con toda la familia al Parque de las Llamas. Aunque, de una forma u otra, siempre estoy por aquí.


Patricia San Vicente

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