Los empresarios no tienen calle

Una veintena de nuevas calles santanderinas acaban de ser bautizadas y, como ocurre con los hijos, cuando son muchos, hay que acudir a nombres cada vez más rebuscados. Probablemente todos tienen méritos para rotular unos metros de calzada urbana, pero no es esa la cuestión. Lo llamativo es que, entre todas las propuestas de los grupos políticos y de ciudadanos sigan sin aparecen nombres de empresarios, algunos con los méritos de Fernando María Pereda o de José María Quijano, o que Emilio Botín siga compartiendo calle con Carrero Blanco por mor de un error que ya nadie parece tener interés en enmendar.
Estos olvidos no dejan de ser sintomáticos de cuanto ocurre en Cantabria. Quienes gobiernan las ciudades no quieren asumir la responsabilidad de llamar a una calle Almirante Luis Carrero Blanco, que fue presidente del Gobierno pero, a la vez, tampoco quieren asumir la responsabilidad de quitar otros nombres vinculados al franquismo y a la guerra civil, que tienen mucho menor sentido preservar. Así hemos visto como hace cinco años se creó una Avenida de Carrero Blanco en la zona marítima de Santander y que sus promotores, instantáneamente arrepentidos, intentaron revocarlo, sustituyéndolo por Emilio Botín Sanz de Sautuola, pero como el expediente ya estaba finalizado, se tomó la decisión salomónica de dar media calle a cada uno, sin mayores explicaciones. Como es obvio, ninguno de los dos nombres ha calado entre la población, que no conoce ni el uno ni el otro, quizá porque nadie tuvo mucho interés en divulgar la chapuza.

Con todo, lo más curioso es que en una sociedad conservadora y amante de la propiedad privada, como la de Santander, no haya sido capaz de reconocer con una calle a un solo empresario, quizá por aquel sentido de los cristianos viejos de que el dinero nunca es santo. En las placas hay políticos, poetas, militares, bibliotecarios, músicos, periodistas e, incluso, sindicalistas, pero prácticamente no hay ningún hombre de empresa. Los pocos que figuran o están por su condición de filántropos, como Antonio López o el marqués de Valdecilla, o porque donaron al Ayuntamiento la propiedad donde se abrió la calle que hoy les recuerda. Ni siquiera está presente el fundador de Nueva Montaña Quijano, que a lo largo de un siglo ha dado trabajo a decenas de miles de familias de la región a través de la empresa matriz (hoy GSW-Trefilerías Quijano) y de otras que surgieron de ella como Funditubo, Fundimotor o Mecobusa.
Una sensibilidad bien distinta a la que han tenido Los Corrales al reconocer a José María Quijano, o Torrelavega, donde figuran los nombres de los hermanos Solvay, los del directivo de la Real Compañía Asturiana Julio Hauzeur y el de alguien que siempre se sintió tan vinculado a la región como el ex presidente de Banesto Pablo Garnica.

Los olvidos de la capital no son producto de la escasez de calles que bautizar, sino de un sentido muy santanderino de la existencia que exige contraponer tantas sombras cuantas luces acumule un personaje para neutralizar sus méritos y seguir sintiéndonos todos iguales, como aquellos nobles aragoneses que antes de coronar rey le exigían el reconocer que cada uno de ellos valía tanto como él, y todos juntos, mucho más.
Estos males provincianos suelen desaparecer cuando el personaje fallece, pero no siempre. Y así podremos llegar a encontrarnos con la misma paradoja que se producía en aquellos años en que Severiano Ballesteros era declarado el mejor deportista español y, sin embargo, no conseguía ser el mejor deportista de Cantabria que, al parecer, estaba en otro país.
Es cierto que durante la transición, los empresarios se encontraron con una actitud social muy negativa, sobre todo en el ámbito sociológico de la izquierda, pero el tiempo y el desempleo han hecho ver las cosas de forma muy distinta. Lo que no cabe entender es que todavía no hayan conseguido la misma estima en los ayuntamientos que gobierna la derecha. Cosas de Cantabria.

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