Las hélices de Wärtsilä suben de revoluciones

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Los astilleros están saturados de trabajo y los armadores compiten para que sus barcos tengan prioridad en la salida de las gradas. Este es el impensable escenario en el que se mueve ahora mismo la construcción naval, impulsada por la insaciable demanda de fletes para poder transportar las ingentes mercancías que salen de las fábricas asiáticas o para alimentarlas de materia prima. La carga de trabajo es tanta que hasta la industria naval europea, que iba camino de su completa desaparición, ha salido de su letargo y en países como España se ha reactivado la construcción naval.
Este dinamismo se ha hecho notar también en Cantabria, donde los astilleros habían creado una importante industria auxiliar que se ha conservado, a pesar de que la región perdió hace años la autorización para construir barcos –una licencia que Astander acaba de recuperar–. El mejor ejemplo es la existencia de nada menos que cuatro fábricas de hélices en la región.
La más veterana es la antigua Navalips, que desde 2005 está controlada por la multinacional finlandesa Wärtsilä. La matriz quiere aprovechar el buen momento del sector naval para dar un nuevo impulso a la planta de Maliaño, orientándola hacia uno de los nichos de mercado más prometedores en el campo de las hélices para buques, las destinadas a barcos de cabotaje y de apoyo a plataformas off-shore.

Una industria naval de futuro

En los planes de la compañía está la intención de especializar la planta de Maliaño en la fabricación de hélices monobloque, aquellas en las que las cuatro palas y el núcleo se funden en una sola pieza, lo cual no es sencillo cuando alcanzan dimensiones de hasta 3,7 metros de diámetro. Este tipo de hélices fijas son las que se emplean en los barcos que se dedican al cabotaje en Europa y los que se emplean en el intenso tráfico fluvial que siguen teniendo muchos ríos del viejo continente.
La estrategia diseñada por Wärtsilä parte de la hipótesis de que si, como consecuencia de una nueva crisis, la construcción naval terminara por trasladarse definitivamente a los astilleros asiáticos, la construcción de buques de pequeño tamaño sería la última en desaparecer de Europa, lo que aseguraría la supervivencia de la planta de Maliaño en cualquier eventualidad. En previsión de ese escenario, que puede ser muy realista a la vista de la capacidad demostrada por los astilleros chinos y coreanos, el grupo finlandés también cuenta, desde hace tiempo, con plantas de fundición y fabricación de hélices en el continente asiático.
En el mercado europeo, Wärtsilä ha reestructurado su división de hélices, una de sus ramas de actividad –la otra es la fabricación de motores navales–, asignando producciones diferenciadas a las tres plantas con las que cuenta. Las factorías de Holanda y de Noruega se van a especializar en hélices de paso variable, cuyas palas pueden inclinarse más o menos con respecto al eje, y en los propulsores azimutales para plataformas petrolíferas, donde las hélices van dentro de unas toberas que pueden funcionar en diferentes ángulos. Estas hélices tan especiales permiten que las plataformas puedan corregir, con ayuda de GPS, la deriva provocada por la fuerza del viento o de las olas, ayudándolas a mantener la verticalidad sobre la perforación que realizan en el lecho marino.
Como todos los productos off shore, los propulsores azimutales son equipos de alto valor añadido, a los que la planta de Maliaño va a contribuir con la fabricación de las hélices, que serán montadas en Holanda junto con el resto de los componentes de estos sistemas de propulsión.
En Maliaño también se fabrican las palas para la hélice de paso variable, la más empleada ahora en la construcción naval, ya que da una gran maniobrabilidad al barco. Al tener la capacidad de variar el ángulo de ataque de las palas, con la misma velocidad de giro es posible modificar la velocidad del barco, pararlo o, incluso, hacer que retroceda sin cambiar el sentido de giro. Estas hélices, en las que las palas y el núcleo obviamente deben fabricarse por separado, son especialmente indicadas para ferrys y remolcadores, ya que son muy versátiles en las maniobras de aproximación.
En Maliaño se llegan a fundir palas de siete toneladas que, una vez engarzadas al núcleo hacen que el peso del bloque de propulsión se aproxime a las 40 toneladas.
Tras su fundición, estas grandes palas son llevadas para su mecanizado a Holanda, donde la compañía cuenta con unos robots específicos para esta tarea; un equipamiento que también tendrá la planta de Maliaño cuando se ejecute el plan de inversiones.

Un centro de mecanizado

La multinacional va a invertir cuatro millones de euros en ampliar la fábrica cántabra, añadiéndole a la nave mil metros cuadrados y dotándola de un centro de mecanizado. Al integrar esta tarea, que ahora subcontrata a talleres de la zona, el producto quedará finalizado en la planta y eso agilizará la cadencia de trabajo y la productividad.
Las alrededor de 300 palas y 150 hélices monobloque que saldrán este año de la fábrica suponen unas 600 toneladas de producto terminado que se podrían convertir en 800 tras la ampliación, la máxima capacidad de moldeo que permiten las instalaciones.
La planta cuenta con tres hornos de diez, cinco y tres toneladas de cabida, donde se funde la aleación de cobre y níquel con que se fabrican las hélices que luego se moldea. Pero lo que realmente marca el ritmo de producción es el espacio para colocar los moldes con la mazarota, la masa de material fundido, durante los dos días que dura el proceso de enfriamiento antes de que pueda procederse al rebarbado de la pieza, para quitar el material sobrante. Una de las primeras decisiones de Vicente Iza, director general de Wärtsilä Ibérica, al hacerse cargo de la planta fue precisamente la de incrementar la zona de desmoldeo, con lo que la capacidad de la fábrica subió a unas 2.000 toneladas brutas al año, lo que equivale a 800 de material terminado. El salto es espectacular si tenemos en cuenta que en 1996 Navalips producía poco más de 150 toneladas.
Las inversiones se van a completar con una instalación para recuperar las arenas de moldeo que dará mayor autonomía a la fábrica. Al reciclar in situ las arenas evitará la dependencia del suministro exterior y que, como ocurrió en la pasada huelga de transportes, eso pueda acabar condicionando el funcionamiento de la empresa.
La puesta en práctica de estos planes va a suponer también un crecimiento sustancial de la plantilla. Los 40 puestos de trabajo actuales se van a convertir en más de 60, aunque el número final dependerá del ritmo que lleve el proceso de automatización para el desbaste y terminado de las palas. Una de las dificultades a las que se enfrentan los responsables de la planta es la carencia de técnicos formados en el manejo de máquinas de control numérico, unos especialistas muy cotizados y que no suelen estar en el mercado de trabajo.
La revitalización de la planta de Maliaño es un ejemplo más de la capacidad de supervivencia de una fábrica que, gracias a la calidad de sus hélices, supo resistir la crisis de los astilleros europeos y se apresta ahora a aprovechar el resurgimiento de la industria naval para llevar su producto a cualquier punto del globo donde se construyan barcos.

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