Editorial

Ahora que hasta los tsunamis del Índico nos salpican, todo lo que hacemos en nuestro perímetro cotidiano ha pasado a tener una importancia relativa. Tanto, que se devalúa casi al instante. En realidad, para los cántabros abril debiera haber sido un buen mes. Se ha creado empleo; el estado de opinión de los empresarios ha mejorado sensiblemente aunque, eso sí, la encuesta está hecha antes de conocerse la crisis financiera griega y las sombras que proyecta sobre España; los terrenos para la construcción del gigantesco búnker del Santander ya se están removiendo; la multinacional Atos-Origin anuncia otro Centro de Proceso de Datos que puede crear 200 empleos; llega una nueva compañía de atención telefónica que dará trabajo a 500 mujeres y Fomento ha añadido 70 millones de euros para acelerar todos los tramos que faltan de la Ronda de la Bahía y acabarla como Dios manda, es decir, justo antes de las elecciones regionales. Hasta se ha pescado bocarte, Astander vuelve a construir un barco y los tipos de interés de las hipotecas siguen en mínimos históricos.
En un mes normal, de un año normal, hubiese sido un balance magnífico. Ahora ni siquiera hemos llegado a reparar en ello, obsesionados como estamos por Grecia, por los derribos de viviendas, por el juez Garzón y por las atribuladas señorías del Tribunal Constitucional que sólo se ponen de acuerdo para ir juntas a los toros.
Si abril ha sido pródigo, mayo va a ser todavía más decisivo para el futuro de la región. El Gobierno, que acaba de recibir las conclusiones de la Comisión que valora las ofertas eólicas, debe repartir las demarcaciones, de las que, si hay un poco de sentido común, sacaremos al menos una fábrica de palas, otra de generadores y una tercera de torres, lo cual no es una mala cosecha. Hay que recordar que en la anterior crisis de la región, la que empezó en 1991, sólo se creó una empresa de 40 trabajadores en tres años.

Aún habrá otra decisión histórica. Si los gestores de Caja Cantabria consiguen poner las pilas a sus futuros socios, para que dejen de andarse por las ramas, a mediados de mes se producirá la decisión definitiva sobre una alianza de la que puede nacer la cuarta entidad financiera del país, por encima de Cajamadrid. Y, aunque hacer cábalas a estas alturas es arriesgado, va a tener un coste social pequeño para la entidad cántabra, ya que las cajas que se asocien apenas tienen solapamientos en las oficinas, aunque sí que tendrán que fusionar sus servicios centrales.
Si Caja Cantabria resuelve bien, como parece, la mayor encrucijada en sus más de cien años de existencia será otro motivo más para estar satisfechos, porque las perspectivas no son tan favorables en otras alianzas forzadas por algunos gobiernos regionales y una caja de ahorros es un patrimonio local de primer orden, de esos que no se valoran suficientemente cuando se tienen pero que se añoran amargamente si alguna vez se pierden. En fin, que no hay que rasgarse las vestiduras todos los meses.

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