Una transfusión a tiempo

El tiempo es un concepto tan relativo que cuesta hacerse a la idea de que llevamos solo cinco meses de legislatura nacional, y apenas doce de Gobierno Revilla-Zuloaga. Con tantas incertidumbres, el corto plazo parece ya media vida y echar la vista atrás es abrir una puerta donde miles de cosas se amontonan por salir. ¿Le importa a alguien a día de hoy si Delzy Rodríguez pisó o no pisó suelo español? Pues el asunto tuvo 30 portadas seguidas, lo que también abundaría en esa teoría de la relatividad y demuestra que el periodismo funciona por una ley física: toda materia puede ser convertida en un escándalo, hasta que haya otra susceptible de ser un escándalo mayor.

Así vivimos, a golpe de desasosiegos, la mayoría de ellos inflados con absoluto descaro. Vivimos angustiados por una pandemia que ha llegado a provocar en el país más de mil muertes diarias y, curiosamente, el primer día en que España no registró ni una sola muerte por esta causa, ni siquiera mereció abrir las portadas, aunque solo fuese para felicitarnos de haber salido vivos de esta.

Esa dinámica de los medios de comunicación (las malas noticias venden más) se ha trasladado a la política y a la vida diaria, con dos consecuencias: es muy difícil ser optimista (ser empresario ya raya en la locura) y la gente empieza a desengancharse de las noticias por higiene mental, salvo los más suspicaces, para los cuales siempre hay una versión de los acontecimientos aún peor. Solo tienen que echarla a rodar por twitter para que haya otros igual de suspicaces  que se la compren y encuentren motivos para agravarla.

El problema de no escandalizarse es que acabas ejerciendo de melifluo. ¡Viene el diluvio y tú no tienes ni paraguas! De nada vale argumentar que no hay diluvios todos los días ni todos los años ni todos los siglos, al menos desde el Antiguo Testamento para acá, como de nada vale recordarle a un devoto de algunas religiones que todas las veces que sus líderes han pronosticado el fin del mundo erraron y, por tanto, no ofrecen ninguna garantía de acertar en todo lo demás.

En este Superplan Marshall es tan importante el tiempo como la cuantía. Los gobiernos están al límite

No tenemos ni idea de lo que pueda pasar en los próximos meses, porque hemos vivido una experiencia absolutamente inédita. Nadie había decidido nunca parar un país ni, por supuesto, el mundo. Nadie puede garantizar que no se reproduzca la enfermedad ni el tiempo que puede tardar en aparecer una vacuna. Por tanto, cualquiera que juegue en bolsa apostaría a la baja. Pero el mundo es biológico, la vida se impone, y por mucho que se le estruje tiene tendencia a recuperar su forma anterior. Confiemos en que lo haga deprisa.

Quizá no sea igual, pero esa confianza en salir mejores y más concienciados puede que sea más voluntariosa que real. Cambiar el modelo económico es más difícil de lo que parece, porque el terreno de juego no lo decidimos nosotros y hay que producir lo que produzcan los demás, a ser posible a mejor precio y con más calidad, lo que no suele admitir muchas liberalidades.

No es tan malo depender de un contexto, aunque imponga condiciones. Si efectivamente recibimos 140.000 millones de euros en ayudas comunitarias, la mitad de ellas para no devolver, ¿alguien se puede poner exquisito y rechazarlo? Afortunadamente formamos parte de un club como este.

La cantidad que se ha establecido no cubre todo el agujero que ha generado el Covid pero es mucho más de lo que se esperaba. Una trasfusión de dimensiones desconocidas, incomparablemente mayores que el famoso Plan Marshall. Los países receptores obtuvieron entonces de EE UU un promedio de un 0,3% de su PIB cada año entre 1948 y 1951 y la ayuda comunitaria para España, si se concreta en estos términos, equivaldrá al 10% del PIB nacional de un ejercicio (el 5% si se considera únicamente la transferencia a fondo perdido).

El destino de ese dinero aún no se sabe, pero es evidente que se lo quedará el Estado en su mayor parte, al haber asumido el grueso de los gastos. Las autonomías quizá tengan que conformarse con los 16.000 millones de euros prometidos por el Gobierno, y el ahorrarse cada año el importe de los salarios sociales, ahora que el Gobierno central asume la cuantía del Ingreso Mínimo Vital. No es poco, pero en estos momentos lo imperioso no es tanto el cuánto como el cuándo. La situación financiera del Gobierno cántabro (la de todos los gobiernos) es muy precaria. Ni puede gastar ni puede hacer ningún tipo de previsión, porque su único margen de maniobra está en lo que pueda llegar de Madrid. Para colmo, la recaudación fiscal se va a hundir, porque tanto los consumos como las rentas se han reducido sustancialmente durante el confinamiento; no se han vendido casas, no se han vendido coches…

En estas condiciones, el Gobierno regional solo puede limitarse a sobrevivir. Las ayudas voluntariosas que ha puesto en marcha han agotado toda la gasolina y, como no llegue dinero suficiente de Madrid, pagar la cuenta va a suponer años de penurias. Así que a Revilla y a Zuloaga se les van a hacer eternos los tres que quedan de legislatura, porque ni se entienden, ni pueden sofocar los incendios con dinero (que siempre ayuda) ni tienen resuelta la paz en sus partidos. Revilla, porque cada vez tiene más dudas sobre su sucesión, y Zuloaga porque cada día se le deshilacha un poco más su equipo de gobierno.

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