Un momento esperanzador en la industria

Los seis años de Francisco Martín al frente de Industria no han sido los mejores de la industria cántabra pero ni mucho menos los peores. Desde que en los primeros años 70 se instalaron Equipos Nucleares o la última de las factorías de Magefesa, la llegada de nuevas fábricas se interrumpió por completo. España ponía fin a quince años de extraordinaria expansión, después de que colapsase el sistema autárquico del franquismo en 1959 y el Plan de Estabilización de Castiella abriese el país a las inversiones extranjeras, que no dudaron en acudir presurosas ante el nuevo mercado de 36 millones de habitantes que se les ofrecía.

Esta década larga de expansión concluyó con la crisis mundial del petróleo de 1973 (en España algo más tarde) y con la explosión de los conflictos contenidos que llegó con la democracia. Nunca más volvieron los momentos de gloria para la industria. Tuvimos que esperar muchos años para que llegasen otras fábricas, y casi siempre fue de forma muy discreta, como Edscha, Manuli o Moehs. Muy pocas altas y muchas bajas (cerraron Ibero Tanagra, La Marga, Gursa, Cunosa, Astilleros de Santander, la mina de Reocín… y un montón de grandes talleres) acabaron por instalar la sensación de un desmoronamiento de la industria regional que, en realidad, no fue ni tan grande en términos de PIB, ni tan diferente al de otras regiones. Incluso cabría discutir el impacto del PIB, porque al externalizar las fábricas muchos servicios que antes realizaban con personal propio, como la seguridad, la limpieza o la jardinería, estas actividades pasaban a computar en el sector servicios.

Eso no significa que, de cuando en cuando, no llegaran fábricas como GFB, Haulotte o Nestor Martin, pero eran pocas y no duraban mucho, aunque GFB ha revivido con un nuevo nombre y propietario.

Suponer que esa tendencia es reversible resulta poco realista. El mundo se dirige a macrofábricas, y por lo tanto necesita muchas menos y más logística. Y hubiesen llegado grandes plantas (en formato almacén) de haber tenido maduro el proyecto de La Pasiega. Ese probablemente sea el principal lunar de la gestión de Martín pero a cambio hay que señalar que ni el proceso urbanístico pasaba por sus manos ni resulta fácil esa gestión en Cantabria, donde las afecciones son muchas. También se han perdido en este tiempo el centro de cultivos marinos de Tinamenor y tres fábricas: la de vidrio de Vioño, del grupo Saint Gobain, Greyco (en su último intento de resucitar) y Sniace, que quizá aún se pueda recuperar porque la inmejorable situación, en un nudo de comunicaciones, y el inmenso suelo del que dispone, hacen presumir que antes o después se volverá a producir en ese recinto, esas u otras cosas.

Martín sale en un momento relativamente dulce. Antes de la pandemia, cinco fábricas anunciaban ERTEs, ahora se anuncian proyectos

Aunque no se hayan vivido con el dramatismo social de otras épocas, tienen mucha más notoriedad estos acontecimientos que las ampliaciones de las empresas existentes, y quizá por eso siempre parecemos predispuestos a hacer un balance muy negativo de lo que ocurre con la industria. La realidad tiene muchos más matices, porque varias grandes fábricas cántabras se han salvado en estos años de los cierres que han sufrido otras factorías de los mismos grupos repartidas por el mundo; se evitó la desaparición de la planta de Sidenor en Reinosa y estamos asistiendo a una oleada de inversiones que no se conocía desde que las industrias locales tuvieron que adecuar sus instalaciones a las tecnologías más eficientes y menos contaminantes para obtener la Autorización Ambiental Integrada y seguir operando.

No obstante, ha sido una crisis muy larga y a comienzos del pasado año se vivió un momento de gran incertidumbre cuando cinco grandes fábricas anunciaron ERTEs por la caída de sus ventas. Curiosamente, la llegada de la pandemia desdibujó ese tenebroso escenario y ahora el horizonte parece más despejado, a pesar de la crisis sanitaria. El macrocontrato de Leading Enterprises y las ambiciosas ampliaciones de Repsol (Aguayo), Aspla, Formaspack, Maflow, Peña Lastra o Dynasol son esperanzadores, igual que la sorprendente ristra de proyectos que manejan las empresas cántabras si obtienen fondos europeos, se sustancien o no. Además, se le ha dado un vuelco sustancial al Puerto, con más líneas fijas de las que ha tenido nunca.

En el lado de las sombras aparece el temor a los problemas que pueda trasladar la complicada situación financiera del grupo Celsa a sus filiales cántabras, que sostienen una buena parte del empleo industrial de la región.

El balance que deja Martín es, en general, bueno, aunque muchos le recuerden las expectativas, por el momento fallidas, sobre nuevos yacimientos de zinc. No debe olvidarse, en cualquier caso, que los consejeros suelen tener mucho más trabajo en el lado que no se ve (las gestiones para evitar la pérdida de empresas) que en la captación, donde se limitan a tirar la caña con la esperanza de que alguna pique, como la fábrica francesa de baterías, lo que no suele ocurrir casi nunca. Si sucediese a menudo, subiría el PIB industrial en algunas regiones (las que mejor lo hagan) pero eso es algo que ya no ocurre nunca. El mayor éxito en estos tiempos es conservarlo, aunque Revilla se proponga ganar dos puntos y llegar al 24%.

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