Los dragones del futuro

El Estado estaba dispuesto a ceder La Remonta a Santander pero el Ayuntamiento exigía que fuese sin ninguna contraprestación económica y el asunto ha quedado tal como estaba. A veces vienen bien estas esperas, porque evitan errores colosales. Ya nadie recuerda las miles de viviendas que iban a hacerse en ese lugar cuando se planteó, anteriormente, esta cesión. Ni se hicieron ni nadie las ha echado en falta, aunque entonces parecían tan apremiantes. No se han dejado de formar nuevas familias, de nacer niños y de haber movimientos de población, lo que deja patente la borrachera inmobiliaria que vivíamos. Y no solo por La Remonta. Sobre los terrenos de AZSA en Reocín se proponía crear prácticamente una ciudad y el sector privado tenía varios miles de viviendas más en Soto de la Marina, El Bojar y tantos lugares más.

No solo no se hicieron, sino que más de 2.000 viviendas ya construidas se quedaron sin comprador. Eran, proporcionalmente, el menor número de España, lo que permitía suponer que serían absorbidas por el mercado con relativa facilidad, en una región donde se habían llegado a iniciar cerca de 10.000 al año pero la realidad fue muy distinta.

El sector se paralizó por completo, hasta el punto que durante años apenas se han promovido 500 o 600 viviendas por ejercicio, a pesar de lo cual el stock sin vender no tuvo salida. No era una cuestión de precio, porque los bancos rebajaron sensiblemente sus pretensiones para quitarse de encima esos muertos, sino de demanda. Desafiando las reglas de la economía clásica, con los pisos caros o carísimos de los años 2000-2008 se agolpaban los compradores y con esos pisos mucho más baratos, no aparecía ningún interesado. Una demostración de lo mal valorada que estaba la necesidad de vivienda y no solo por las autoridades. También por los promotores y por los propios bancos, que perdieron su autocontrol tradicional ante la ansiedad que les generaban los desmesurados porcentajes en los que aumentaban el negocio sus rivales.

Los enormes errores de cálculo sobre las necesidades inmobiliarias del pasado invitan a poner en duda los planes de futuro

Fue un error general, aunque la mayor responsabilidad la tuvieran los gobiernos. Primero, por la liberalización del suelo de Aznar, que aceleró la burbuja que ya se estaba desencadenando. Luego, porque todos los demás, fuesen del partido que fuesen, se subieron a la ola y la agrandaron con una ingenuidad sorprendente. Los ayuntamientos, porque encontraban una fuente de ingresos extraordinaria, tanto por las licencias como por los nuevos empadronamientos que suscitaban estas construcciones, y el Gobierno regional del PRC-PSOE por un adanismo que le llevaba a suponer que, teniendo superávits como tenía entonces, se podían anticipar inversiones que en buena lógica debieran haberse realizado muchos años después, sin tener en cuenta si las necesidades reales de vivienda social estaban infladas o si todo el suelo disponible debía ser puesto en el mercado a la vez.

El mismo horror vacui llevó al Ayuntamiento de Santander a convertir en construible todo el suelo que quedaba a la ciudad, como si nuestra generación tuviese el derecho histórico a decidir por todas las que nos sucedan, a las que no dejábamos derecho alguno a planificar su propia ciudad.

Ni Santander iba a crecer en 40.000 personas, cuando llevaba décadas sin sumar habitantes (más bien, los perdía), ni el conjunto de la región necesitaba psires a diestro y siniestro para sembrar la superficie regional de nuevos núcleos con miles de viviendas. ¿Qué criterios se siguieron, entonces, para esta planificación? Obviamente, ninguno. Pero también es cierto que en materias en las que sí se planificó, como en la energética, el porcentaje de acierto fue cero.

El tiempo ha demostrado que, en muchas materias, lo que no se hizo evitó un gasto inútil. Ahora, tendríamos la región llena de inversiones sin ningún uso. Basta ver cómo han cambiado las cosas en los dos últimos años, desde que Vidal de la Peña, al frente de la CEOE cántabra, puso tantísimo empeño en que se elaborase un plan de desarrollo regional que definiese con exactitud lo que había que hacer y no hacer en Cantabria. ¿Cree alguien que el mundo que salga de la pandemia va a ser exactamente igual que el que entró y sobre el que ese plan creaba los escenarios?

En estas condiciones de volatilidad, planificar demasiado provoca más errores que aciertos y, sobre todo, imposibilita para adaptarse a una nueva realidad. Basta con preguntar a la mayoría de las empresas qué fiabilidad le dan, en estos momentos, a sus propios planes a tan solo cinco años. La mayoría no pasan de planificar a uno o a dos. Todo lo demás es terra ignota, como ponían los geógrafos de los siglos XV o XVI allí donde se acababa el mundo conocido. Es cierto que también había quien se lo inventaba, y para que nadie fuese a comprobarlo, dejándoles en entredicho, escribían sobre esas zonas de sombra una amenazante hic sunt dracones (aquí hay dragones). Más o menos, la misma información que podemos tener nosotros sobre ese futuro a medio plazo.

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