La sobreexposición mata

En esta crisis hemos descubierto nuestra dependencia, al comprobar que hasta las mascarillas tienen que venir de China. Que podemos geolocalizar todas las andanzas de un individuo por el mero hecho de llevar un teléfono encima, pero no somos capaces de contar de una forma fiable los muertos por una enfermedad y que los dirigentes políticos, incluso de los países más desarrollados del mundo, pueden ser unos perfectos estúpidos.

La inteligencia artificial nos sorprende con sus avances diarios pero esta pandemia ha demostrado que la inteligencia natural escasea cada vez más entre los dirigentes mundiales, y estamos convencidos de tener pueblos cada vez más informados y críticos, pero eso es contradictorio con la popularidad que conseguía Boris Johnson mientras proponía que todo el mundo se infectase y que su prestigio se haya desinflado cuando, tres infectarse él mismo, empezó a tomar medidas racionales.

El coronavirus ha demostrado que, en las crisis, los pueblos siguen pidiendo liderazgo, aunque el líder sea un patán, por la necesidad de suponer que quien dirige el rebaño sabe lo que hace. Es evidente que esta vez se han empeñado en demostrar lo contrario, en parte por su propia sobreexposición a los medios. Trump ofrece cada mañana esas larguísimas conferencias de prensa en las que habla de todo, mezclando la política con sus fantasmas personales, sus intuiciones y sus juicios de valor, sin que de esa amalgama se pueda sacar alguna conclusión concreta, salvo que el presidente tiene ideas tan amateurs de lo que se trae entre manos que quienes creen en conspiraciones universales deberían ir aceptando que la mayor parte de las cosas ocurren simplemente porque debían ocurrir.

El aleatorio pensamiento de Trump escapa a todo control de sus asesores y deja bien patente que en la primera potencia del mundo no hay más plan estratégico que el capricho diario del presidente. Esas circunstancias hubiesen pasado desapercibidas hace unas décadas, cuando la figura del presidente se preservaba en un lugar intermedio entre los humanos y la corte celestial.

La cercanía de los medios ha acabado con todos los mitos. Nadie sobrevive a los focos permanentes

Cuando Nixon presentó el avión invisible, en los años 60, era una necesidad nacional la difusión del proyecto, porque en la opinión pública norteamericana se había instalado un sentimiento de auténtico terror desde que se supo que los rusos habían lanzado un objeto al espacio, lo que permitía deducir que también tenían capacidad para llegar con sus misiles a suelo estadounidense. Ante de las cámaras, Nixon confundió el nombre del proyecto y denominó SR71 al RS71. Un error banal, porque nos hemos acostumbrado a que los presidentes se equivoquen pero en aquel momento el Alto Estado Mayor del Ejército consideró que el presidente de EE UU no se podía equivocar sin un grave deterioro de su taumatúrgica imagen, y obligó a cambiar el nombre del proyecto en todos los expedientes y en los hangares donde se construía el Blackbird, indetectable para los radares. A partir de ahí era el SR71.

Sirvió de poco tratar de preservar a Nixon, como se había preservado a Rooselvet de su imagen de poliomielítico, impidiendo que se le hiciesen fotos en su silla de ruedas y forzando que todos sus interlocutores apareciesen también sentados. Con la llegada de la televisión ese control resultaba más complejo y los presidentes pasaron a ser humanos, con tantos defectos personales como propensión al error. Por eso los mitos duran ahora tan poco, y a los políticos actuales no se les conceden calles y avenidas como a los de antes, a los que se atribuía, además, mejor oratoria y muchas más virtudes, lo cual es del todo incierto.

La crisis sanitaria también ha puesto en entredicho a otras profesiones. Si de verdad alguien hubiese visto venir la pandemia y sus consecuencias, aunque fuese solo una semana antes del confinamiento, se hubiese forrado acumulando equipos de protección o hubiese apostado a la baja por los valores de las compañías aéreas, las cadenas hoteles y los bancos. Ni siquiera surgieron este tipo de oportunistas cuando ya estábamos viendo las barbas de los italianos a remojo.

Tampoco las instituciones sanitarias se salvan de la quema. La OMS descartó en mayo rebrotes graves del virus en otoño y solo diez días después los dio casi por seguro. Es solo una muestra de los muchos palos de ciego que han dado los expertos en esta crisis que no debe menoscabar el prestigio de la OMS, una institución destinada a ser cada vez más importante, porque ahora somos conscientes de que los problemas sanitarios no se frenan al llegar a una frontera.

La información instantánea y la sobreexposición desnudan a cualquier profesión y crean cada vez más desconfianza en las opiniones públicas, lo que complica enormemente la gobernabilidad. Ya ni siquiera los papas se atreven a cubrirse con el manto de la infalibilidad.

El mecanismo de supervivencia ahora es el lenguaje burocrático y anodino de Sánchez o del ministro Illa, con frases interminables y más repeticiones que el Bolero de Ravel, destinadas a evitar un entrecomillado o un meme. Un lenguaje a la defensiva que no crea héroes pero permitir resistir en el cargo.

La grandilocuencia y el tremendismo quedan ahora para la oposición, obligada a jugar al ataque, a veces sin medir bien sus fuerzas. Por más que Casado mueva el árbol, no estará maduro mientras no consiga aglutinar una mayoría alternativa en el Congreso, un trabajo al que no parece dar ninguna importancia. Debería recordar que en 2015 Ignacio Diego volvió a ganar las elecciones en Cantabria pero no pudo gobernar porque nunca se preocupó de generar aliados. Esa evidencia explica cómo funciona la política en estos tiempos de parlamentos muy fraccionados. No basta con ganarse el fervor de los medios próximos, porque esos hooligans son los que a la postre impiden formar alianzas de amplio espectro que permitan gobernar y acaban devorando a quien tanto protegen.

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