El robo sigiloso de los contenidos

El concepto de propiedad es bien conocido por todos. El de propiedad intelectual, un poco menos, porque los humanos siempre hemos tenido mejor percepción de lo tangible que de lo intangible, salvo para la honra, que esas eran palabras mayores. Pero incluso el valor de la honra se ha desdibujado y los legisladores no parecen muy dispuestos a defender esas otras propiedades inaprehensibles. Cualquiera puede fotocopiar este artículo sin temer a nada o podría destripar públicamente el argumento de una película de intriga desanimando a muchos potenciales asistentes a sacar la entrada.

Los medios tecnológicos han multiplicado los efectos de estos robos intelectuales y, lo que es peor, han anulado la sensación de estar quitándole algo a alguien. Es tan sencillo, inocuo e indoloro darle al botón del ordenador para realizar una copia pirata de un libro y está tan al alcance de cualquiera que lo extraño y meritorio es que alguien se contenga y evite hacerlo. Falsificar papel moneda tenía algún mérito. Ahora sería tan sencillo como ponerlo en una fotocopiadora, si no hubiesen introducido un chip desde hace tiempo que lo detecta y lo impide.

Esta normalización del robo intelectual ha anulado en todos nosotros la conciencia de lo que se está haciendo y por eso no nos extraña que las multinacionales más poderosas del mundo lo hayan institucionalizado de una manera realmente inteligente. No roban, pagan por esos contenidos, pero como pagan lo que les da la gana, es decir, casi nada, ganan lo mismo que si no lo hiciesen. Y lo que es peor, no queda otra opción que aceptarlo.

La Unión Europea, que tan atenta está a las prácticas contrarias a la competencia, y nuestra Comisión Nacional de Mercados, que está imponiendo algunas sanciones ejemplares –otras no tanto– parecen ajenas a este fenómeno. Cualquier autor se puede encontrar con que alguien ha colgado un video de una canción o de un concierto suyos en una plataforma audiovisual de dimensión planetaria y debería estar contento, sabiendo que va a sacar algún rendimiento más de aquel concierto o de aquel disco, pero la realidad es muy distinta. Salvo que sea Enrique Iglesias, Rosalía o alguno de los dos millares de autores conocidos en todo el planeta y que consiguen cientos de millones de descargas, lo probable es que no reciba ni lo que cuesta un café. Y para eso ha de alcanzar unas 180.000 visualizaciones, que no son moco de pavo. ¿No le están robando? Con un disco, ese volumen de ventas le hubiese supuesto un pico, aunque las discográficas tampoco han sido nunca muy generosas.

Las multinacionales de la Red se hacen con cuantos contenidos culturales y audiovisuales producimos y todos colaboramos a ello con entusiasmo

¿Hay un negocio tan inteligente como conseguir que autores de audios, vídeos, canciones y todo tipo de contenidos llenen los estantes de tu negocio sin que tengas que pagar prácticamente nada por esos contenidos universales? Pues no lo hay. Hay que reconocer que estas plataformas, que acumulan el arte, el saber y buena parte del ocio generado en los cinco continentes consiguen, incluso, que los propios usuarios les hagan el trabajo, subiendo ellos mismos los contenidos. Todo está ahí, todos podemos acceder a ello gratis a cambio de aceptar la publicidad, o por un precio muy reducido, y sus rendimientos son fastuosos. Los únicos que no cobran son los propietarios de la mercancía, o si cobran algo, una cantidades ridículas.

Cualquier autor podría emprender una batalla legal y pedir que se retiren todos sus contenidos pero se aventura a una guerra larga y de difícil pronóstico. Si gana, aún puede resultar peor. No estar en esas plataformas significa la desaparición. Es la misma paradoja que vivieron los periódicos al denunciar a los grandes portales agregadores de noticias, que se las apropiaban con todo descaro. Ganaron la batalla legal, pero a la vista de cómo se reducía su volumen de visitas tras la desconexión, acabaron por aceptarlo.

La tecnología ha dado paso a escenarios que nunca imaginamos, como que algunos se hagan megamillonarios ofreciendo productos gratis, y resultaría estúpido tratar de poner puertas al campo, pero sí hay que establecer unas condiciones razonables para la explotación de estos contenidos. Los autores, salvo unos pocos de nivel mundial, no tienen la más mínima posibilidad de mantener una negociación de igual a igual con estas plataformas, y por tanto, el Estado o la Unión Europea han de defenderles estableciendo las condiciones de reproducción y las remuneraciones. De lo contrario, estamos condenados a hacer un papel realmente estúpido. Todo el planeta generando riqueza cultural para que se la apropien y la explote una o dos compañías de Estados Unidos. Una vez asentadas sus plataformas en todos los ordenadores del mundo, solo tienen que echar la red y pescar. Ni siquiera tienen que producir nada. Es el negocio más fastuoso de la historia, y nosotros lo alimentamos con la más absoluta ingenuidad.

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