El hastío

Si usted tiene algún amigo o conocido entre los opinadores, tertulianos o comentaristas que cada día llenan de ira y de suficiencia los espacios de prensa y televisión le habrá escuchado lo difícil que le resulta mantener su papel. No es que no sepa hacerlo, es que no es fácil adaptar todo lo que ocurre cada día al blanco o al negro, sin términos medios, y a él le han contratado para dar caña. Hay otros que lo están para dar el contrapunto y que la tertulia parezca ‘plural’, aunque nunca lo es, porque la cadena o el periódico han decidido previamente la orientación.

Como el pintor que ha triunfado con un estilo y que a partir de ese momento es prisionero de él, porque sus compradores o admiradores se sentirían defraudados si hace cosas distintas, el comentarista político no puede salirse del personaje que le han marcado, como un actor, y eso es un problema, para él y para todos nosotros. Los medios de comunicación dejan de tener matices, las empresas triunfan sobre los periodistas (¡ay, aquellos tiempos en los que todos intentábamos lo contrario y muchas veces lo conseguíamos!) y, sobre todo, la información se hace unívoca. Uno ya sabe lo que va a encontrar en ese medio, ocurra lo que ocurra. Y lo peor es que el lector deja de admitir los grises y ya solo compra los periódicos en los que ve reforzada su forma de ver el mundo, es decir, donde se le da la razón por sistema.

La estrategia de muchos medios que excitan cada día a su parroquia puede considerarse mercantil, pero no periodismo

¿Es eso el periodismo? No, pero esnegocio. El Grupo Planeta, podía poseer, en su día, al mismo tiempo el periódico La Razón y el catalán Avui, con líneas editoriales tan contrapuestas como el día y la noche. No importaba, porque el lector de cada uno de ellos no era consciente y, si lo era, procuraba olvidarlo. Ahora controla La 3 y La Sexta, que tampoco son muy parecidas. El negocio es el negocio, y lo que quiere es hacer caja con cada grupo ideológico que, al parecer, no se siente manipulado por ello.

Hay que aceptar este juego mercantil de venderle a cada uno lo que quiere comprar pero es obvio que esta segmentación cada vez más ideológica y arriscada de los públicos (antes el mismo periódico era leído por gente de posiciones muy distintas) está creando una enorme crispación en la sociedad española y eso, como los efectos colaterales de las guerras, se paga caro antes o después. Quizá no lo paguen las empresas que lo provocan pero sí se paga socialmente. Por lo pronto, ya hay una generación completamente desenganchada de los medios, que busca la información por otras vías y parte de los que son fieles a periódicos e informativos de televisión empiezan a dar muestras de hastío de la política, de los subproductos del corazón (el programa Sálvame ha sido derrotado, por primera vez en muchos años, en la franja de tarde) e, incluso, de la pandemia. Hay muchos sanitarios que creen que los medios deberían rebajar el espacio que siguen dándole a la covid para reducir el dramatismo ahora que ha bajado la letalidad de la enfermedad y somos conscientes de que nos acompañará mucho más tiempo del que habíamos supuesto.

Desde que la Biblia habló de los siete años de vacas gordas y otros siete de vacas flacas sabemos que la vida se mueve por ciclos y, después de la saturación de noticias negativas (pasando por el histrionismo) es probable que estemos entrando en una cierta recuperación del sosiego. Quizá hasta consigamos reducir la violencia verbal, si es verdad que no hay mal que cien años dure.

Alberto Ibáñez

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