Trampantojos del poder

Males y remedios conviven revueltos y hay que aceptarlo así. Los británicos, muy dados a esas frases cínicas que quedan para la historia, se quejan orgullosamente de lo que votan: “tenemos un gobierno de ineptos, pero los hemos elegido nosotros”, una observación muy anterior a Boris Johnson aunque parezca pensada para él. La realidad es que no hay ni ha habido tan grandes políticos. Lo que ha habido es mejores y peores tiempos y, como los entrenadores de fútbol, buenos o malos, todos acabarán siendo despedidos, la única incertidumbre es cuándo.

Le pasó a Churchill, al que los británicos le dieron un revolcón electoral en la posguerra; le pasó a De Gaulle y puede que en unos años nadie reconozca los méritos de Merkel, a quien los españoles le debemos una estatua, como poco. Helmut Kohl, otro líder conservador alemán de larguísimo mandato, se confesaba con Felipe González, al que cogió un especial cariño cuando en una cumbre europea le dio los ánimos que nadie parecía dispuesto a ofrecerle, para afrontar la unificación de su país. Que no lo hiciesen Francia e Inglaterra era de entender, porque mantenían muchos recelos desde las guerras mundiales, pero ni siquiera en casa tuvo un respaldo claro. Muchos alemanes del Oeste pensaban que aquello les iba a resultar demasiado caro.

Lo de González no era gratuito. Las encuestas de la agencia europea Eurostat indicaban que en Alemania estaba a favor de la reunificación algo más del 70% de la población de uno y otro lado, y en los demás países del club europeo el porcentaje era algo menor. Los más entusiastas eran… los españoles, con un 83%.

No deja de ser curioso que sepamos lo que les conviene a los demás más que ellos mismos y, en cambio, no tengamos recetas para lo propio. Todo el mundo da por sentado que los fondos europeos se gastarán mal, pero nadie se ha tomado la molestia de plantear alternativas, ni los expertos ni los partidos políticos, que bastante tienen con mantener excitado a su electorado con cuanta demagogia tienen a mano. Unas simplezas que no van dirigidas a captar más votantes sino a mantener bien sujetas a sus respectivas parroquias, que ya se sabe lo que se encontró Moisés tras volver con las tablas de la ley.

Esa política reactiva –que no activa– consume demasiados esfuerzos y crea un clima insoportable. Kolh resolvía esa tensión interna de las formaciones políticas repartiendo metódicamente la jornada entre los asuntos del estado y los de su partido, y aseguraba que dedicaba más tiempo a estos últimos, porque eran capaces de causarle más trastornos al país.

Los demás fantaseamos sobre el poder, sin ser conscientes de todo el trampantojo que encubre una realidad tan pedestre que causaría risa o escándalo. Cuando Aznar supo del atentado de las Torres Gemelas volaba hacia el extranjero y, al conocer lo que estaban haciendo otros países, ordenó a su vicepresidente, Mariano Rajoy, que formase inmediatamente un Gabinete de Crisis. Rajoy no debió entender muy bien para qué, porque cuando Aznar regresó apresuradamente a Madrid se lo encontró viendo la Vuelta Ciclista en la tele.

Bill Clinton reconoció a su salida de la Casa Blanca que en dos mandatos solo envió un email, y fue porque estaban delante las televisiones para retransmitir cómo se comunicaba así con los astronautas de una misión espacial. Su mujer debió reprocharse muchas veces no haber seguido su ejemplo cuando unos correos enviados desde su cuenta personal arruinaron su candidatura a la presidencia, y no por comprometidos sino por su dejadez en materia de seguridad.

Tampoco el citado Kohl tenía buenas relaciones con la tecnología. Tras una visita al viejo líder alemán, González relataba asombrado que no tenía un teléfono de mesa en su despacho (aún no había móviles) sino de pared, y ni siquiera estaba cerca, lo que le obligaba a levantarse para cogerlo. El presidente español sacó la conclusión de que casi nadie se atrevía a llamarle y que él mismo lo usaba muy poco.

No parece que le causase gran trastorno. El liderazgo se alimenta de distancias y de liturgias. Los dirigentes actuales, tan próximos, solo pueden ser considerados gestores, y eso es demasiado volátil. El carisma ya no aguanta dos hilos de twiter y un desgaste tan prematuro es un gran lastre para la política, tanto que llevamos año y medio de legislatura y parece que no se acaba nunca. Cuando las comunicaciones eran por carta, Pablo Garnica, presidente de Banesto podía estar tres meses de veraneo en Noja y controlar sin problemas el mayor banco del país. Ahora, con un arsenal tecnológico a su disposición no se hubiese podido ausentar de su puesto más de dos días. Es probable que estemos exagerándolo todo.

Alberto Ibáñez

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