Editorial

El viaje a Abilene

En una calurosa tarde de verano, una familia del medio oeste americano reposa en el porche de su vivienda. El padre, convencido de que todos esperan un plan mejor, sugiere darse una vuelta por Abilene, una ciudad sin mayor interés situada a 80 kilómetros. Su esposa apoya de inmediato la idea. El suegro, a pesar de que sabe que el camino es largo, piensa que mostrar desacuerdo iría contra la tendencia del grupo y acepta ir al viaje. La suegra, dadas las circunstancias, responde con entusiasmo: «Por supuesto, no he ido a Abilene en mucho tiempo». El viaje en coche a Abilene es largo;la ciudad es completamente anodina y una vez allí nadie sabe muy bien qué hacer.

Cuando regresan a casa, el esposo, creyendo interpretar las sensaciones de los otros, dice: «Fue un buen viaje, ¿no?». Para su sorpresa, la suegra responde que no tenía ningún deseo de ir, pero que aceptó porque el resto estaba emocionado. En ese momento se desvela que, en realidad, ninguno quería ir y que todos habían aceptado hacer el viaje para no convertirse en el aguafiestas del grupo. Esta es la ‘paradoja de Abilene’, muy conocida en EEUU, después de que la formulaseJerry Harvey, de la Universidad George Washington, y que se ha utilizado para analizar los comportamientos de los consejos de administración, en los que inevitablemente suele haber miembros que tienen muchas dudas sobre la estrategia de la empresa pero no se atreven a plantearlas, al suponer que todos los demás están de acuerdo con la línea oficial.

Los humanos hacemos muchas cosas a disgusto para no perturbar al grupo y eso lleva, a menudo, a tomar decisiones que nadie deseaba y a errores fatales. La repetición de las elecciones generales es un buen ejemplo. Todos los partidos han colaborado en forzar la vuelta a las urnas, aunque todos ellos son conscientes de que pueden tener peores resultados, acabar mucho más endeudados (porque desde que se cortó el grifo de la financiación ilegal no tienen dinero para abordar dos campañas seguidas) y de que se corre un riesgo cierto de volver al punto de partida, si se repiten (más o menos) los resultados. Tampoco olvidan que para la futura investidura será necesaria una negociación muy parecida a la que ahora no han sido capaces de sacar adelante.

Por qué se subieron todos en el coche a Abilene si nadie, por separado, quería hacerlo? Podrían darse muchas razones pero la principal de ellas es la mala prensa que tienen en España las coaliciones políticas, que suelen dejar muy tocados a los partícipes. Al fraccionarse el voto, ya no hay otra forma posible de gobernar, pero los líderes no encuentran la forma de justificarlo ante sus votantes como una victoria y no como una cesión infame (el famoso ‘relato’). Se puede pactar en Alemania, donde la política se juega en el terreno de la moderación, pero en España vivimos días de furia y ruido que los propios partidos han alentado, sin tener en cuenta que cuando desatas un incendio de este tamaño nadie sale indemne, y mucho menos si cambia el viento. Si has vertido descalificaciones tremebundas sobre los partidos rivales no puedes extrañarte luego de que la opinión pública no sea capaz de digerir los pactos. 

El otro factor que lo dificulta son los egos. Hemos pasado de la política de partidos a la política de personas y ese culto al líder está haciendo imposible los entendimientos. Si la decisión hubiese estado en manos de los diputados que tomaron posesión en primavera y corrían el riesgo de no repetir, seguramente hubiesen apostado por continuar la legislatura con la coalición que fuese. Pero ellos ya no pintan nada. La política en España es un juego de cinco líderes y sus consejeros áulicos, que pueden cambiar de opinión tan deprisa como se muevan las encuestas, sin ningún respeto por sus huestes, que un día se ven obligadas a calificar al Gobierno como ‘la banda de Sánchez’, y al siguiente se enteran de que su partido se ofrece a apoyar a los de ‘la banda’.

Las urnas del 10-N están en Abilene, un lugar al que nadie quería llegar y donde finalmente iremos con una pereza espantosa sin saber por qué. Lo que está por ver es cuántos se bajan del coche.

Alberto Ibáñez

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