‘No he disfrutado nunca tanto como a partir de los 65 años’

Gustavo Larrazábal, gerente de Aquariana y expropietario de Tinamenor

Gustavo Larrazábal desgranó en el Círculo Empresarial de Cantabria Económica su inspiradora historia de superación personal en el mundo de la acuicultura marina. Después de treinta años en Tinamenor y de crear un grupo asentado en Cantabria y Canarias, no consiguió que Costas prolongase su concesión sobre la marisma de Pesués lo suficiente para rentabilizar las inversiones que se veía obligado a hacer y la empresa entró en liquidación. A sus 65 años se centró en los negocios de Canarias, donde optó por producir lubinas de gran tamaño para la alta gastronomía, desafiando la idea general de que la acuicultura solo es rentable en las primeras fases de crecimiento de los peces. Él demostró lo contrario y el éxito le ha llegado a una edad en la que otros se jubilan. Su empresa, Aquanaria factura 28 millones de euros, exporta el 60%, y su beneficio el pasado año fue de 5,7 millones de euros.


 

La historia de Gustavo Larrazábal es una clara demostración de que no hay edad para el éxito. Después de perder en Tinamenor los esfuerzos personales y económicos de toda una vida dedicada a la producción de semillas de moluscos y peces marinos, el empresario de origen venezolano ha alcanzado un éxito indiscutible en Canarias.

Tras romper todas las convenciones, ha demostrado con sus lubinas de gran tamaño que la acuicultura puede llegar a la alta gastronomía y que llevar el crecimiento de los peces a una fase mucho más avanzada (3-4 años) puede ser comercialmente muy interesante, tanto que su actual empresa, Aquanaria, se ha convertido en la empresa del sector más rentable del sur de Europa, con unos beneficios anuales de 5,7 millones de euros y un ebitda de ocho.

Sus grandes lubinas, criadas en aguas bravas del Océano Atlántico, no tienen competencia y acaban en manos de estrellas Michelín y grandes restaurantes de veinte países, entre ellos Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Corea del Sur, Austria, Eslovenia, Kuwait, Italia, Francia y Japón, ya que exporta el 60% de las 3.000 toneladas que produce al año. La compañía factura anualmente 28 millones de euros, con una plantilla de 140 trabajadores, repartidos entre Canarias y Cantabria (30). Después de muchos vaivenes en su vida empresarial, es su momento dulce: “Tengo 69 años y no he disfrutado nunca en la vida tanto como ahora”, confesó el propietario de Aquanaria durante su ponencia en el Círculo Empresarial de Cantabria Económica.

A la imparable marcha de su empresa se une el éxito profesional de sus cuatro hijos, uno de los cuales es el golfista profesional Pablo Larrazábal, con cuatro títulos en el Circuito Europeo. Su experiencia en la región fue amarga y el éxito le ha llegado a miles de kilómetros de esta tierra, pero curiosamente, ha mantenido las oficinas principales de la compañía en Santander: “Soy un empresario que creció en Cantabria, que quiere esta tierra y que está plenamente realizado, tanto en lo personal como en lo profesional”, justificó.

Pioneros

Su irrupción en la acuicultura marina se produjo a su llegada a la región en 1985, después de un trabajo de consultoría para el entonces mayor productor de pollos de España. Cuando este empresario catalán se interesó por el sector de la acuicultura (quería conseguir ‘el pollo de mar’) le encargó al joven Larrazábal conseguir una participación en el capital de Tinamenor.

No solo volvió con ella sino también con el derecho a gestionar la planta, a pesar de ser accionistas minoritarios. El empresario catalán se la confió pero no fue una encomienda fácil: “Cuando llegué, Tinamenor tenía cien millones de pesetas en gastos y facturaba doce”, recordó Larrazábal en la charla. En aquella época solo había un par de empresas dedicadas al cultivo de truchas y otras dos a los marinos que, según sus palabras, desarrollaban su actividad “con más pena que fortuna”. Tinamenor se había centrado en la cría de alevines, pero quedaba mucho recorrido por hacer en cuanto a innovación e investigación. “No había materias primas, ni pienso para alimentar las larvitas”, comentó. “Por no haber, no había ni mercado”.

El escaso desarrollo del sector impedía resolver problemas técnicos tan acuciantes para la empresa como que las larvas pudieran soportar los cambios bruscos de salinidad, de temperatura y de pH que se producen en la marisma de Pesués, donde estaba instalado el criadero. A pesar de las dificultades, el negocio se fue consolidando con el paso del tiempo y en 1991, Tinamenor empezó a generar beneficios.

No obstante, en 1999, el empresario catalán, que ya se había hecho con el control total de la empresa, le llamó para darle en persona la noticia de que tenía que venderla. En su viaje de vuelta a Cantabria, Larrazábal se convenció de que debía comprarla él mismo, aunque reconoce que apenas podía aportar la décima parte de lo que se pedía. Con la ayuda de su mujer, logró reunir el dinero necesario, pero sus ilusiones duraron poco. “A los seis meses lo habíamos perdido todo”, dijo. Un cambio de ciclo en el mercado acababa con las expectativas que se había creado y la mala experiencia de arruinarse aún se repetiría dos veces más a lo largo de su vida.

Larrazábal acabó por superar esa situación y la empresa sobrevivió hasta que la crisis de 2008 hizo tambalearse todo el sector. En su caso vino acompañada de otros factores críticos: un crédito sindicato que lideraba Liberbank y la imperiosa necesidad de renovar la concesión pública para mantener la actividad en la marisma de Pesués. Larrazábal acusa al gestor del banco de un comportamiento desleal y asegura que eso impidió que su empresa hiciese frente a los vencimientos en un plazo razonable, como pretendía. “Estoy seguro que hubiésemos pagado todo en pocos años, pero aquello lo sentí como una estafa y nos llevó a presentar el concurso de todas las empresas”. “Al final, pagaron justos por pecadores”, reconoce; ocho bancos que vendieron la deuda con una quita del 80% a un inversor industrial, que fue el salvavidas del empresario venezolano y a día de hoy ha hecho un magnífico negocio.

El antiguo propietario de Tinamenor criticó que las entidades financieras “ni ven lo que sufre el empresario en estos casos ni supieron ver nuestro proyecto”. Tampoco fue muy piadoso con la administración regional y con el propio Miguel Ángel Revilla, porque el segundo problema con el que se enfrentaba Tinamenor era la caducidad de su concesión, una renovación que estaba en manos de la Administración del Estado, pero en la que la autonomía no se implicó lo suficiente, en su opinión. La situación de la empresa exigía unas inversiones de alrededor de ocho millones de euros, que el empresario consiguió reunir, pero necesitaba al menos veinte años (pedía 30) para poder rentabilizarlas y la Dirección General de Costas solo le ofreció prorrogar la concesión por doce, hasta 2029. Después de intentar conseguir el apoyo del Gobierno regional sin éxito, Larrazábal se vio obligado dejar caer el Grupo Tinamenor, que entró en liquidación. “Revilla no tuvo la visión de estar con alguien que había dado tantísimo por sacar adelante un proyecto en la región”, sentenció con cierta amargura.

Resquemor con el Gobierno cántabro

El empresario recuerda esos días como los peores de su vida, y su dolor por dejar sin trabajo a los empleados “a los que tenemos un gran apareció porque hemos convivido con ellos 30 años”. Aumenta su resquemor el que poco después, el Gobierno regional apostase con fuerza por otra empresa para que se hiciese cargo de Tinamenor, otorgándole importantes ayudas y gestionándole una concesión más duradera. Una apuesta que ha resultado fallida, porque dos años más tarde, la planta volvía a estar en situación de concurso de acreedores, la deuda se había multiplicado y el horizonte actual es, en su opinión, muy oscuro.

Todo ello no impide que Larrazábal lamente que los nuevos inversores hayan perdido su patrimonio en esta aventura. Aunque no cure todas las heridas, el tiempo acaba por cambiar el signo de algunos acontecimientos y para el empresario venezolano, sin saberlo, empezaron los mejores años de su vida. Tuvo que poner todo su empeño en sacar adelante las instalaciones de Canarias, que pudo mantener gracias a su nuevo socio industrial, y que ahora se denominan Aquanaria. “Realmente lo que tendría que hacer es darle las gracias a Revilla, porque nos ha permitido concentrar nuestros esfuerzos en aquello que sí era rentable”, reflexiona a día de hoy Larrazábal.

Potencial económico en Canarias

El régimen de temperaturas de las aguas de Canarias permite que las lubinas crezcan más rápidamente incluso que en el Mediterráneo. Con aguas más cálidas, el metabolismo del pez se acelera, por lo que el tiempo del engorde se reduce en un 30%. Un ahorro decisivo.

Aquanaria tiene sendos criaderos en Castillo del Romeral y Melenara, dos poblaciones de Gran Canaria, donde eclosionan los huevos y permanecen los alevines hasta alcanzar los 20 gramos. En ese momento son trasladados a las granjas marinas, unos cercados circulares a dos millas de la costa, donde pasan tres años hasta su sacrificio. Crecer en alta mar garantiza que la lubina se mantenga a salvo de la contaminación y el emplazamiento que ha elegido la empresa, sometido a las potentes corrientes del Atlántico, obliga a los animales a un gran esfuerzo físico que fortalece sus músculos, lo que da lugar a un sabor más intenso.

Allí pueden llegar a alcanzar los cuatro kilos de peso, aunque el tallaje es muy variado, incluso entre los peces de la misma edad, porque no todos comen las mismas cantidades al tener que disputárselas con el resto de la manada. El éxito alcanzado con estas lubinas de gran tamaño que nadie se había atrevido a producir es producto de varias circunstancias que, expuestas por Larrazábal, parecen fáciles de apreciar, aunque pocos entendiesen su intención de dejar en la mar durante tres años peces por valor de 14 millones de euros y no ingresar nada en ese tiempo. La circunstancia más inobjetable es la escasez de lubinas salvajes.

En toda Europa solo se pescan 6.000 toneladas al año, 500 de ellas en España “y nos pretenden convencer de que las 48.000 toneladas que consumimos al año son de lubina salvaje”, ironizaba ante los empresarios reunidos por Cantabria Económica el propietario de Aquanaria.

Catas a ciegas

La demanda de lubina de calidad es muy superior a la oferta y los restaurantes no encontraban hasta ahora la forma de atenderla. No obstante, para conseguir introducir un producto de cultivo en las cartas de los mejores restaurantes, Larrazábal era consciente de que tenía que quitarse de encima el estigma del pescado criado en cautividad y convencer a los chefs de que su producto no tiene nada que ver con el que sale de las granjas convencionales, alimentado con piensos extragrasos que dejan un fuerte sabor en la carne y un rastro perfectamente visible al abrir el pez.

La forma de demostrarlo ha sido la organización de catas ciegas en restaurantes de lujo para que los mayores expertos gastronómicos tengan la posibilidad de comprobar que la lubina de gran tamaño que produce es similar a la salvaje. En ellas siempre se hacen cuatro preparaciones de dos lubinas, una salvaje y otra de Aquanaria, y los asistentes han de puntuar cada una de ellas sin saber a cuál corresponden. “En esas catas siempre gana la nuestra”, aseguró orgulloso. La confianza de los chefs parece ratificarlo, porque las suyas se pagan a unos 17-18 euros el kilo, el mismo precio que la lubina salvaje fresca, una cotización que está a años luz de la que tiene la lubina de ración de piscifactoría, que en el mercado mayorista está a menos de 4 euros el kilo.

Éxito en las catas a ciegas

Hay otro factor que ha colaborado al éxito de la compañía, la logística. Una vez extraída del mar la lubina, se empaqueta en una caja térmica y se traslada de inmediato al aeropuerto de Gran Canaria, que está muy próximo a sus instalaciones. De esta forma, llega antes de 24 horas a los distribuidores y a los restaurantes de cualquier país europeo y en un máximo de 36 a los de otros continentes.

La operativa aérea ha adquirido tanta importancia, que Aquanaria ya es la empresa que más mercancías mueve por avión de toda la isla. El gerente no cree que su proyecto haya tocado techo y anuncia que su objetivo es seguir creciendo y aumentar el valor del kilo de lubina porque aún hay margen de mejora. “El pez aún puede dar más de sí, crecer más rápido y ser mejor”, dijo. Para intentarlo, acaba de poner en marcha la primera plataforma marina de alimentación, a título experimental, una instalación que nadie hasta ahora se había atrevido a instalar fuera de las rías.

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