‘No sirvo para estar siempre igual’

ANDRÉS GÓMEZ BUENO, director del Grupo Gof

Basta ver la página web de GOF, el grupo empresarial que dirige, para comprobar que Andrés Gómez Bueno no sabe quedarse quieto. Emprendedor valiente y amante de los cambios, lleva toda su vida vinculado al negocio que comenzó su abuelo en torno al sector de las materias primas para la alimentación y que hoy está formado por cinco empresas: de comercio (PPNOR), de logística portuaria (COBASA), de aplicaciones informáticas (NORTIC), de ganchos y grilletes automáticos (HTV) y, como bandera, una terminal agroalimentaria (TASA) que ha supuesto un antes y un después en su trayectoria y en la del Puerto de Santander. Aficionado a los buenos libros y músico –antes le daba al saxofón y ahora a la guitarra eléctrica-, el empresario torrelaveguense le pone pasión a todo lo que hace y nunca se arrepiente de las decisiones tomadas, porque ‘lo importante es el viaje, no el destino’, dice.


P.- La suya es una empresa familiar de larga tradición ¿A cuántas generaciones se remonta?
R.- Todo comienza con mi abuelo, que era viajante de comercio, y a él le sucedió mi padre. A los doce años dejó los estudios para salir a la calle y dedicarse a la compraventa de mercancías y a la búsqueda de representaciones. Con el tiempo se fue especializando en las materias primas para la alimentación y ese ha sido el origen del grupo GOF.
Aquella primera empresa que fundó mi padre se llama PPNOR y gestiona el suministro de materias primas para la nutrición animal. Después, diversificamos la actividad para poder entrar en el Puerto de Santander y llegó Cobasa, que es la consignataria, y Fiochi, la estibadora. El gran salto se produjo hace unos años cuando construimos la terminal agroalimentaria, TASA. Además de eso, gestionamos una firma que desarrolla sistemas informáticos para las tres anteriores y alguna externa, Nortic y, más recientemente, hemos adquirido la mayoría de HTV, especializada en ganchos automáticos y grilletes para mover cargas, bigbags o componentes de eólicos que pesan muchas toneladas, un proyecto con un gran futuro, porque se consiguen importantes mejoras en la seguridad y en los costes.

P.- ¿A qué edad se incorporó al negocio?
R.- Sin tener todavía uso de razón, mi padre ya me llevaba a ver los almacenes de pienso con los que trabajaba. Era lo natural… Soy de Torrelavega pero a los 13 años me trasladé a vivir a Santander y a los 15 años ya me fui a estudiar a Estados Unidos.
El verano de 2º de BUP le pedí a mi padre que me enviara a trabajar a una fábrica de harinas que teníamos en Barreda. Como mi madre también trabajaba en la empresa y teníamos el estudio debajo de casa, solía hacer los deberes allí y luego ya nos subíamos a cenar todos juntos. En realidad, lo personal y lo profesional siempre han estado unidos en mi vida.

P.- ¿Qué destacaría de la trayectoria de su padre al frente de la empresa?
R.- Mi padre ha sido pionero en muchos aspectos. En los años 60 ya traíamos pulpa de remolacha de China y en 1976 se compró un ordenador para gestionar el negocio, algo totalmente inusual en aquellos años. Supo profesionalizar la empresa e incorporar socios y, al mismo tiempo, garantizar la continuidad familiar. En ese sentido, creo que ha sabido sacar lo mejor de mí y, aunque delegó pronto, nunca ha perdido el hilo del negocio. Hoy en día sigue viniendo por la oficina y mantiene el contacto con los clientes. Está pendiente de todo lo que ocurre… ¡Hasta sabe cuántos barcos hay en el Puerto!

P.- ¿Cómo se formó?
R.- Estuve tres años en Empresariales pero no acabé los estudios porque enseguida me puse a trabajar. Mi padre nos había insistido en que aprendiéramos idiomas porque, aunque él es muy abierto y se relaciona con todo el mundo, siempre ha sentido la pena de no saber inglés. Me pasé cuatro veranos en Inglaterra y, en cuanto tuve oportunidad, me marché a hacer prácticas a Holanda. Trabajar en el Puerto de Rotterdam para una empresa de comercio de cereales fue una gran experiencia. Además, tuve un jefe que fue presidente de Gafta, la asociación internacional de comercio de granos y piensos, del que aprendí mucho. Era un gran experto en temas de arbitraje y me dejaba leer los casos. En Holanda, a partir de las seis de la tarde, no hay mucho que hacer, así que me dedicaba a estudiar. Después me pasé otro año en Buenos Aires, en Suiza, en Italia…

P.- ¿Y en qué momento aterrizó, ya de forma profesional, en Cantabria?
R.- Mi padre necesitaba un socio para la parte portuaria y no acababa de encontrarlo, así que con sólo 23 años acabé siendo el gerente de Cobasa. Durante doce años me dediqué a consolidar la empresa y, después, cuando publicaron el concurso de la terminal agroalimentaria, decidí que debíamos reinventar el negocio y construirla. Supongo que influyó mucho el haber estado involucrado en Unistock, la asociación europea que agrupa al sector del tráfico de mercancías agroalimentarias, que después presidí durante tres años. Eso me permitió estar en contacto con terminales de otros países y conocer a la ingeniería holandesa que construyó la nuestra.

P.- ¿Qué supuso meterse en una inversión de nada menos que 40 millones de euros?
R.- Fue un salto de dimensión. Nosotros, como suelen hacer la mayoría de las empresas familiares, estábamos acostumbrados a reinvertir todo el dinero que ganábamos, porque lo importante es poder dejar el legado a las nuevas generaciones. Sin embargo, la construcción de la terminal, que decidimos en torno a los años 2005 y 2006, fue un auténtico salto a la piscina. Un proyecto que me ha hecho crecer como persona y, por supuesto, como profesional. Por ejemplo, nunca hasta entonces habíamos trabajado con un fondo de inversiones.

P.- La terminal se proyectó en tiempos de bonanza pero ha tenido que lidiar en todo este tiempo con la profunda crisis económica del país. ¿Cómo ve su futuro, porque recientemente ha reconocido que, para ser rentable, tiene que facturar más?
R.- Aun poniéndonos en el peor escenario posible, y es que la terminal pasara a ser propiedad del Puerto de Santander, nos quedaría el negocio de importación de materias primas, la actividad portuaria general y tenemos capacidad para hacer más cosas sin cometer los mismos errores. En los próximos años tenemos que conseguir estabilizar financieramente el grupo pero ése no es el objetivo máximo. Lo principal es no parar, no dejar de hacer cosas.

P.- ¿Volvería a tomar la misma decisión?
R.- Sí, nunca me he arrepentido, porque soy de los que piensan que lo importante es el viaje, no el destino. Además, no todo es el dinero. Sentimos mucho orgullo cuando vemos que delegaciones de otros países, como Israel o Japón, se interesan por la terminal y recibimos satisfacciones como la reciente nominación a un premio internacional que concede una revista de graneles. En estos últimos años también hemos acogido dos congresos del sector, uno en el año 2011, en el que fuimos anfitriones de Unistock, y otro en 2013, de la asociación internacional DBGT (Dry Bulk Terminals Group). La parte más complicada es la económica pero hemos sido capaces de convertir aquellos primeros planos en una realidad de hierro que descarga barcos con una enorme eficacia.

P.- Además de ser una referencia por ecología o eficiencia, tiene un diseño muy llamativo. ¿Quiso que no pasara inadvertida?
R.- No queríamos hacer un edificio gris sino algo más moderno y alternativo así que, dentro de los colores que nos ofrecía el fabricante de chapa, elegimos una composición singular. El responsable del diseño es mi hermano Antonio, que es pintor y vive de su arte. Estudió Bellas Artes y con 24 años se fue a vivir a Estados Unidos. Mi familia siempre ha sido tolerante y nunca nos han puesto obstáculos para que experimentásemos y eligiéramos nuestra vida. Recuerdo que con 18 años mi padre me dijo: “Si es lo que quieres, vete a las Bahamas a tocar la guitarra” -ríe-. Siempre nos han apoyado pero, al mismo tiempo, nos han reforzado para que hiciéramos realidad nuestros sueños.

P.- ¿Sus otros hermanos también han continuado en el negocio familiar?
R.- Somos cinco; el pintor y otras tres hermanas. Belén es la directora de Recursos Humanos del grupo. La mayor es catedrática de la Universidad de Granada y Asun es periodista y fue la directora del Canal 24 horas de TVE. Llevo toda la vida rodeado de mujeres porque ahora vivo con mi mujer y mis tres hijas. Eso te aporta sensibilidad, aunque a veces solo entiendas el 10% de las conversaciones -ríe-. Yo creo en la igualdad de oportunidades y me encanta que las mujeres ocupen puestos directivos. En nuestra región tenemos grandes ejemplos al frente de empresas familiares como Gema Coria (Vega Pelayo-Panaderías La Constancia) o Mar Gómez Casuso (Hergom).

P.- ¿Le queda tiempo para practicar alguna afición?
R.- Me gusta mucho la lectura, el deporte y la música. A los 11 años tocaba el saxofón en la Banda de Torrelavega y todo lo que cobraba –3.000 pesetas al mes, que entonces era mucho dinero– lo metía al banco. Del saxofón pasé a la guitarra eléctrica, hasta que con 31 años, dos hijas y treinta empleados tuve que dejarlo. Ahora, una de mis hijas toca la batería y nos divertimos mucho juntos.

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