La máquina de la economía se prepara para la arrancada más incierta

En la mayoría de los sectores no saben cuál puede ser su horizonte inmediato y la apertura crea más dudas que el mantenimiento del cierre

¿Cómo se gestiona un bar guardando las distancias entre los clientes? ¿Qué hará una tienda cuando un comprador se pruebe una prenda pero decida no comprarla o la devuelva? ¿Cómo se comportará la clientela de cada negocio? Cerrar un país es una decisión muy difícil (y la prueba está en lo renuentes que han sido presidentes como Trump o Jonhson) pero la desescalada es más compleja todavía. La falta de precedentes, la dificultad para controlar el comportamiento del público, las restricciones de aforo y el cambio de modelo que van a vivir muchos negocios crean angustia entre los empresarios. Sobrevivir empieza a ser una lotería en la que tener muchas o pocas papeletas depende del sector o de factores que no controlan, como la ausencia de visitantes o las nuevas normas sanitarias.


Cuando el 14 de marzo el Gobierno decretó el estado de alarma y el confinamiento, España se paró. A los pocos días, el mundo se paró y, desde entonces, el sobresalto diario lo han producido las ambulancias, el número de contagiados y, desgraciadamente, el de muertos. Poco a poco, las ambulancias dejaron de ulular y en las UVIs se redujo el número de enfermos. Los focos se ha desplazado hacia las empresas, para las que no hay UVIs. De no haber publicado el Gobierno el 29 de abril un decreto eximiendo temporalmente de responsabilidad a los administradores, la avalancha de concursos resultaría incontenible, porque cientos de miles de empresas quedan en situación temporal de insolvencia o en desequilibrio patrimonial.

La nueva realidad económica viene definida por dos palabras: ERTE y telecomunicaciones. Los ERTEs, un acrónimo que hace tres meses mencionaban en voz baja algunas industrias que empezaban a otear problemas en el horizonte, ahora transmiten tranquilidad, porque se han convertido en la clave de la continuidad de la empresa y del empleo. La diferencia de valor semántico la ha marcado la pandemia. En solo unas semanas toda la sociedad ha pasado a ser consciente de que una parte del entramado económico formado con el esfuerzo de varias generaciones puede no que no sobreviva a esta epidemia.

Las telecomunicaciones, a su vez, han permitido mantener a más de la mitad de las empresas funcionando durante el confinamiento, gracias al teletrabajo. Han demostrado ser una herramienta productiva de primer orden y prácticamente a coste cero y también han servido para mantener el contacto social mientras todo el mundo estaba recluido en sus casas, e incluso han proporcionado el ocio. Más polivalencia no se les puede pedir.

7.000 ERTEs en Cantabria

Aunque los tratamientos de una enfermedad que mata a las personas y arruina a las empresas sean muy distintos, curiosamente tienen la misma cura: una vacuna eficaz. Si aparece pronto, la gente volverá a salir confiada a las calles y la euforia de haber vencido en esta guerra (como tal se ha tomado) empujará una recuperación muy rápida de la economía. Si tarda, ya nada será igual, ni en la vida de las personas ni en la de las empresas.

Nadie imaginó nunca las calles de Santander absolutamente vacías durante semanas, ni las de Madrid o Nueva York. Nadie trabajó con este escenario de crisis y nadie supuso que una mascarilla podría llegar a ser el objeto más deseado.

Un camión de la UME desinfecta el aparcamiento de uno de los centros comerciales de Carrefour.

Las sociedades no son avanzadas por ofrecer muchas opciones de compra sino por haber controlado y convertido en previsibles factores que durante miles de generaciones atemorizaron al ser humano y acortaban su vida. Esa previsibilidad ha fallado con el coronavirus y, a falta de soluciones, los gobiernos no han tenido más remedio que acudir a medidas tan drásticas como el confinamiento. Un coste ingente, tanto por las restricciones que ha impuesto en la vida de las personas como por la paralización económica. Miles de negocios se han visto forzados a cerrar; 7.000 empresas cántabras han presentado ERTEs por inactividad o por un descenso brusco de las ventas y alrededor de 45.000 personas afectadas se han quedado temporalmente sin empleo o han visto reducida su jornada. En teoría, volverán a medida que se normalice la situación; en la práctica, es probable que una parte de ellos se quede sin empleo.

Para aliviar la carga laborar de las empresas inactivas, la Administración se ha hecho cargo de estos trabajadores temporalmente, pero el coste es gigantesco, como se comprobará pronto. En estos momentos, autonomía y Estado están pagando los sueldos de más de 220.000 cántabros, ya que a los regulados se añaden los trabajadores del sector público (unos 35.000), los pensionistas (127.500), quienes cobran prestaciones por desempleo (11.000) y los que perciben el salario social (unos 5.000). Y no son los únicos que obtienen sus rentas de los presupuestos públicos.

La gran industria retomó enseguida la actividad

Eso no quiere decir que la comunidad haya estado  paralizada. La gran industria apenas ha parado, por considerarse estratégica. Incluso durante el cierre general, apenas interrumpió la producción, porque logró convencer al Gobierno del coste de oportunidad que suponía dejar de atender contratos de exportación si estos clientes se buscaban otros suministradores en el mercado internacional.

Empresas como Global Steel Wire, Ferroatlántica o Sidenor dejaban de funcionar el lunes 30 de marzo y volvían a producir solo unos días después, el 1 de abril, una vez matizadas las limitaciones, aunque lejos del pleno rendimiento, porque en muchos casos su cartera de trabajo también se había resentido.

En esos tres días, la demanda eléctrica de Cantabria cayó nada menos que un 57%. A partir del 2 de abril la merma ya fue solo del 27,5% y este porcentaje puede ser un buen indicador de la pérdida de actividad industrial, porque el supuesto aumento del consumo doméstico, que podría enmascararlo, no ha resultado tan significativo. Apenas ha crecido un 2,9% con la gente confinada en sus casas.

La carga de trabajo en las fábricas ha variado según el sector, pero la mayoría ha mantenido un buen nivel de producción, especialmente en aquellas actividades relacionadas con los productos más demandados (alimentación, fabricación de cloro y otras materias primas para jabones y desinfectantes, plásticos, envases, medicinas…).

Arrancada del automóvil

La mediana industria, sobre todo la vinculada al sector de automoción, ha tenido que esperar para rearrancar hasta que a finales de abril reabrieron los fabricantes de coches y volvieron a tirar de la cadena de suministros.

El mercado interior del automóvil está completamente desaparecido. En Cantabria, enero y febrero no fueron malos, por las subvenciones públicas a la renovación de los automóviles, pero en marzo las ventas cayeron a plomo y en abril han sido inexistentes. Eso significa un durísimo golpe para los concesionarios, pero no tiene por qué serlo para los fabricantes locales de componentes, porque España exporta el 85% de los automóviles que se construyen en el país, y muchos de los suministradores de piezas venden también a fábricas extranjeras. Les influye más la evolución de la demanda en otros países europeos.

Su expectativa ahora no es del todo mala, porque el temor de los ciudadanos y las restricciones que han impuesto los gobiernos en el transporte público van a dar lugar a un repunte del uso del automóvil particular y de las ventas, invirtiendo la tendencia de los últimos años.

El esfuerzo de la alimentación y el transporte

El sector alimentario ha trabajado de una forma intensa, porque la demanda ha crecido, salvo la de aquellos productos relacionados con la hostelería, que obviamente se han quedado sin comprador al cerrar bares y restaurantes. Las cadenas de distribución han vendido más que nunca, pero los gastos que han tenido que afrontar para garantizar la seguridad de trabajadores y clientes han impedido rentabilizarlo.

La hostelería tiene muchas dudas sobre lo que puede pasar en estas primeras semanas. Aunque por el momento no ha tomado decisiones sobre cómo separar a los clientes, ya hay fábricas que se preparan para la demanda de mamparas que presumen tener en las próximas semanas.

La logística ha hecho un esfuerzo descomunal, especialmente el transporte por carretera, para garantizar los abastecimientos, incluso cuando los chóferes se encontraban con que nadie atendía sus necesidades. La venta por internet ha crecido sustancialmente, al igual que las entregas domiciliarias de comidas preparadas, y esos servicios han sido vitales para conectar a productores y clientes. Probablemente habrá un antes y un después de esta crisis. El ganador será la venta on line y el perdedor volverá a ser el comercio minorista.

Aunque de todo lo que se vende por internet, la ropa ha sido el único apartado que ha bajado en pedidos (quizá porque nadie sentía necesidad alguna de comprar prendas mientras no podía salir a la calle) el comercio de calle tiene la sensación de que la batalla ya está definitivamente perdida. Hay un informe del sector que pronostica que de las 200.000 tiendas que hay en España, la mitad puede que no vuelvan a abrir. Otros, menos pesimistas, calculan que será una de cada cinco.

El teletrabajo ha mantenido vivos los servicios

Las empresas de servicios han comprobado que podían mantener la actividad con el teletrabajo, una circunstancia que va a cambiar su percepción hacia esta forma de trabajar. En todas las oficinas y despachos ha sido un mes intenso, aunque muchas de ellas estuviesen vacías: la gestión de los ERTEs, las declaraciones trimestrales de impuestos, las solicitudes de subvenciones y ayudas… En los bancos tampoco han olvidado la labor comercial, tanto para ofrecer nuevos productos (sobre todo los créditos ICO) como para interesarse por la marcha de sus clientes y tratar de demostrar que son un aliado.

Consultas de medicina privada, fisioterapeutas y otros servicios personales han sufrido mucho, especialmente aquellas que no estaban forzadas a cerrar pero que han optado por hacerlo ante la ausencia de clientes y se han quedado sin ingresos.

Los ERTEs han protegido a los trabajadores asalariados y las ayudas establecidas por el Ministerio de Trabajo por el cese de actividad, a los autónomos y pymes que tenían que cerrar forzosamente, como tiendas o bares, pero las cuantías son muy modestas para resarcir a los negocios con una cierta estructura, que siguen teniendo unos gastos fijos elevados, aunque hayan podido renegociar o aplazar el alquiler de los locales.

Suerte diversa en la construcción

Para las empresas de construcción la realidad ha sido muy voluble, dependiendo de su actividad. La obra nueva ha podido continuar, salvo la semana de paro total, y en la rehabilitación el factor suerte ha tenido mucha relevancia. Aquellas obras a las que se puede acceder por vías distintas a los residentes han podido continuar, y en aquellas donde no ha habido posibilidad de separar los accesos de trabajadores y vecinos han tenido que parar. Una situación que el sector no ha entendido muy bien y que ha dejado en dique seco a unos 3.000 trabajadores en Cantabria.

La hostelería está en una situación muy complicada. Después de un quinquenio de franco crecimiento, su situación financiera es relativamente buena, pero sin generalizar. No es lo mismo la de los hoteles que la de los bares o pubs, muchos de los cuales ya solo abrían de jueves a domingo, para aquilatar los costes al máximo. El descenso de un solo peldaño más es inviable y ahora parecen dar por seguro que, tras la reapertura, se verán obligados a bajar varios, tanto por el temor de la clientela de acercarse a otras personas como por las exigencias de unas distancias mínimas entre clientes, algo que le quitará cualquier encanto al servicio que presta un bar. Quien acude a un local no es para tomarse la misma cerveza que podría tomarse en su casa sin necesidad de desplazarse, sino para vivir una experiencia socializadora.

La hostelería fue muy crítica con las medidas tomadas por el Gobierno para su sector durante la desescalada, al entender que ningún establecimiento podía mantenerse con las terrazas limitada a un tercio de su capacidad y el Gobierno finalmente relajó esta restricción al 50%, como le pedían.

Para el resto del sector hostelero las perspectivas no son tan negativas porque Cantabria tiene la enorme ventaja, en este caso, de que el 80% de su clientela es nacional. No se verá tan afectada como otras comunidades, donde la proporción es exactamente la contraria, y el 80% de los visitantes son extranjeros. Ya hay países emisores, como Alemania, que han advertido a sus ciudadanos de que se olviden este verano de sus vacaciones en el Mediterráneo o en Canarias.

Todavía no se puede asegurar que se levanten las restricciones de movimientos entre regiones o ciudades del interior de nuestro país pero incluso en el caso de que haya una libre circulación, Cantabria tendrá que disputarse con uñas y dientes esos visitantes, porque todas las comunidades están planteando campañas para pescar en este caladero que, además, es mucho más voluminoso que los 82 millones de viajeros extranjeros que llegaban al año a España.

La economía sumergida tendrá que reinventarse

Hay muchos perdedores en esta crisis, además de los hosteleros, pero pocos tan evidentes como las actividades vinculadas a la economía sumergida. Tradicionalmente ha sido una competidora insolidaria pero ahora ha sido la gran olvidada, porque ninguna de las decenas de medidas adoptadas por el Gobierno central y las administraciones locales ha pensado, obviamente, en proteger estas actividades irregulares. La única posibilidad para ellos es acogerse a las ayudas de último recurso, las establecidas para las situaciones de emergencia social, donde no importa el tipo de actividad, formal o informal, que realice el afectado.

Parte de los kioskos se han mantenido abiertos pero su clientela ha sido escasa. El sector de los medios de comunicación ha sufrido una drástica caída de ventas y publicidad durante las semanas de confinamiento. OACKLAND FOTOGRAFOS

Allí se encontrarán con otras muchas personas que nunca pudieron preverlo. Las colas de la Cocina Económica o de programas de reparto de comida gratuitamente como el que ha puesto en marcha el grupo Quebec demuestran la precarización económica de muchas personas de oficios y actividades perfectamente regulares. Su vuelta al mercado de trabajo cada vez es más difícil, con un repunte del paro nacional hasta el 14% en marzo (sin incluir a los afectados por ERTEs), que con seguridad se incrementará aún más en el segundo trimestre del año, el de la paralización absoluta.

El coste en PIB es todavía difícil de calcular. Del 0,5% que pronosticó en febrero la OCDE cuando el virus empezó a circular por Europa, hasta el 15% que han pronosticado algunos institutos, la horquilla es muy amplia. El INE (que trabaja con datos concretos de las empresas) ya detectó un descenso superior al 5% en el primer trimestre y el Gobierno de la nación, curándose en salud, ha anunciado que puede superar el 9%, cuando la previsión para España era haber crecido este año algo más de punto y medio. Miguel Ángel Revilla, por su parte, augura un escenario aún peor, más de un 10% de caída de PIB y una tasa de paro del 24%. Sean cuales sean las cifras será un rejonazo que tardaremos años en curar.

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