‘La decoración debe tener vida y chispa’

VIOLETA GUTIÉRREZ, PROPIETARIA DE ART-ESPAÑA

La propietaria de Art-España, Violeta Gutiérrez ha vestido muchas grandes casas de Cantabria, mansiones completas en México y castillos en Francia. Con la misma elegancia con que un lord inglés parece formar parte inseparable de los cottagges victorianos, su resuelta y ligera figura flota como una pieza más en una tienda donde miles de objetos nobles y de colores parecen formar parte de un mismo proyecto de decoración. El milagro quizá se encuentre en la atmófera creada en su establecimiento, un local del siglo XIX en el Ensanche de Santander, que podría despertar envidia sana en muchas tiendas de la Plaza parisina de Los Vosgos o del Sablon bruselense.


P.- ¿Cómo recuerda sus inicios profesionales?
R.- Empecé casi en broma. Vivía en Madrid pero tuve que trasladarme a Santander por el trabajo de mi marido. Llegué aquí en el año 1975 y, al poco tiempo, comencé a trabajar de forma casual en ‘Habitare’. Siempre tuve claro que quería establecerme por mi cuenta tras estudiar Diseño de Moda y después Decoración, dos disciplinas que casan muy bien…

P.- ¿En qué le han influido sus conocimientos sobre moda en el mundo de la decoración?
R.- ¡En mucho! El planteamiento de vestir a una señora es el mismo que el de decorarle la casa a un cliente como si le hicieras un traje a medida. Conocer ambos mundos me ha venido muy bien para poder trabajar con las telas y, de hecho, nuestro punto fuerte es la confección. Incluso tenemos un taller propio donde hacemos trabajos con un grado de perfección muy alto. Yo siempre digo que el 10 no existe pero sí el 9,99. Y a eso aspiro.

P.- ¿Cuántos años lleva decorando viviendas?
R.- Casi 40. Empecé en el año 80 con una tienda preciosa que estaba en Campogiro para una clientela de nivel medio-alto. En aquella época todas las mueblerías vendían dormitorios y salones completos pero ésta era distinta y vinieron de muchos sitios a verla. Todo el mundo decía que iba a durar dos días, pero seguí adelante con muy buenas ventas durante el primer año y haciendo decoraciones preciosas. De ahí pasé a la coger la franquicia de Artespaña que estaba entre la calle Cádiz y Calderón de la Barca, hasta que se hundió el Hotel Bahía. Fue difícil encontrar otro local porque, en aquellos tiempos, apenas había. Terminé en la calle Cuesta. Desde el día que abrimos sabía que aquel no era nuestro sitio pero nos llevó cinco años encontrar el emplazamiento que tenemos en Hernán Cortés, donde estamos muy contentos.

P.- ¿Cuáles son los principales cambios que ha notado en el mundo de la decoración tras casi cuatro décadas dedicada a este oficio?
R.- Antes, las tiendas de muebles sólo tenían librerías de nogal, roble y cerezo con unas medidas estándar y no había ninguna novedad. Todo era sota, caballo y rey. Afortunadamente, hoy puedes personalizar las decoraciones todo lo que quieras. A los avances tecnológicos se suma que los proveedores están más abiertos a satisfacer las necesidades de los clientes. El progreso no sólo puede ser para pagar impuestos (ríe).

P.- Después de tantos años tendrá muchos clientes fieles…
R.- Sí, con los clientes he disfrutado mucho, algunos son verdaderas joyas. Me han hecho muy feliz porque me han permitido entrar en sus casas y hacer lo que quiero. A algunos les he decorado hasta cinco viviendas y hay sofás que he retapizado por quinta vez. Suelo decir que tengo dos familias, la propia y los clientes de toda la vida, que son amigos con los que me voy parando por la calle. Afortunadamente, también he tenido muy buenos empleados. Con los años, muchos de ellos se han ido estableciendo por su cuenta pero tengo la suerte de haber dado con buenas personas.

P.- ¿Ha tenido muchos clientes difíciles?
R.- Algunos son más complicados pero tienes que tratar de conocerles bien, intentar ver por sus ojos, sentir como ellos para saber cuáles son sus preferencias y necesidades. En realidad, no hay nada complicado si uno lo quiere hacer. Y si no tengo algo, lo hago. En decoración, la clave es dar con una persona con la que te entiendes. No se trata de imponer tu criterio, sino de comprenderle y hacerle un traje a medida para que, cuando uno llegue a casa agotado después de una larga jornada de trabajo, la decoración de su vivienda le transmita tanta alegría que se le olvide todo lo demás.

P.- Imagino que no siempre es fácil acertar con este tipo de decisiones que, en muchos casos, se arrastran toda la vida…
R.- Yo no puedo vender un mueble cuando sé que el cliente se va a equivocar. Lo primero que tiene que hacer un decorador, además de tomar las medidas y de trabajar sobre plano, es analizar el ambiente, en función de las necesidades del cliente y de la utilidad que vaya a tener. Así se evita la compra por impulso. He tenido clientes que han llegado pidiendo una habitación para sus hijos que les dure muchos años y se han ido de aquí con una idea totalmente distinta a la que traían, porque no valoraban aspectos tan importantes como el tamaño que debía tener la mesa o la comodidad de la zona de estudio.

P.- Escuchándole hablar no me queda la menor duda de que le apasiona lo que hace…
R.- Es que soy terriblemente feliz con mi trabajo. Es por lo único que me preocupa hacerme mayor (ríe). Casi siempre estoy contenta y disfruto todos los días de mi vida de esta profesión. Durante muchos años he trabajado entre 14 y 16 horas, porque solía visitar las casas de mis clientes después de cumplir con el horario de la tienda, pero no me importa porque me encanta lo que hago.

P.- ¿Está notando algo más de alegría a la hora de gastar en decoración?
R.- Hay una leve recuperación económica pero no llega a ser como antes, han quedado lejos aquellos tiempos de bonanza en los que los clientes gastaban alegremente. Ahora hay que adaptarse al bolsillo y, por tanto, ya no suelen encargarnos la decoración integral de una casa, solo una de las estancias o muebles porque quieren cambiar o porque sus hijos se han marchado de casa. Que inviertan más o menos de la decoración suele depender del poder adquisitivo, porque a todo el mundo le gusta lo bueno. De todas las crisis hemos salido y de ésta, aunque sea la más fuerte de todas, también saldremos. Es normal que cuando das un acelerón al coche, luego te cueste mucho más frenar.

P.- ¿Qué busca cuando se enfrenta a un nuevo proyecto?
R.- Quiero emocionar al cliente, que la decoración tenga vida y chispa. No me gusta que sea una masa densa en la que todo es igual. Además, con las telas y la iluminación se pueden hacer maravillas. La gente no le da mucha importancia a las lámparas, por ejemplo, y te permiten convertir una estancia reducida en otra amplia, fresca y luminosa. Sobre las telas, es fundamental que sean de calidad. No tienen nada que ver las telas traídas de países como Italia, Francia o Alemania con las importadas de otros continentes, como África o Asia, salvo algunas muy especiales, como las sedas salvajes.

P. Cuénteme alguna anécdota divertida de la tienda en todos estos años…
R.- Recuerdo que la venta que más ilusión me hizo fue la de un lord inglés que vino a comprar cuadros y grabados de arquitectura vestido con falda y chaqueta de cuadros. Y no ha sido el único. En otra ocasión llegamos a cargar un camión entero y a mandarlo en el ferry junto a tres personas para poder decorar una casa entera en Inglaterra, hasta con cortinas y alfombras…

P. ¿Y alguna cosa más personal que nos deje saber de usted?
R.- Naci en Lamadrid, uno de los pueblos más bonitos de Cantabria, y me siento santanderina y castellana. Soy muy deportista pero no tengo tiempo de practicar. He sido esquiadora un poco kamikaze (ríe), de las que no paran de esquiar ni para comer, y ahora me estoy iniciando en el mundo del golf, que me gusta un poco menos porque es más lento. Los deportes que prefiero son el tenis y el baloncesto, por Nadal y Gasol, dos personas encantadores y, por encima de todo, españoles. ¡Y eso que soy de la época de Santillana!

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