El Mesón Goya, en pleno centro de Santander, es un restaurante todo de toda la vida que se puede ser en Santander a día de hoy. Los críticos gastronómicos se han ocupado de él y las reseñas en las redes sociales son continuas y elogiosas. Algunas se refieren a la pintura que cuelga en sus paredes, y en algún artículo se menciona –llevo constatándolo muchos años– la presencia asidua de gente de la cultura, sobre todo pintores, pero también escritores, poetas y gente de la moda. Luis Cortines es el artífice de ese ambiente, que es mucho más que postureo. En el Goya, Cortines hace confluir dos o tres vocaciones suyas que han guiado y siguen guiando su vida. Primero, es un pintor con un largo curriculum. Además, es un animador cultural, preocupado por las artes y las letras, siempre dispuesto a levantar, por su cuenta y riesgo, proyectos que emocionan y dan vidilla a su ciudad. Y, por fin, pero no lo menos importante, es el restaurador riguroso y sensato que se ha probado en los últimos 35 años y más. Juntar toda esta vida en el Goya, diferencia su restaurante, mientras la personalidad polifacética de Luis Cortines sigue siendo para muchos un misterio.
Me dice que empezó a pintar desde crío. Enseguida supo lo que quería hacer en la vida, y que no ha dejado de pintar y esculpir nunca. Pinta “entre la comida y la cena… del Goya, y el día que cerramos”. Investiga infatigable en temas, técnicas y materiales, y en su pintura hay marcadas épocas en la doble pulsión entre la figuración y el abstracto, que los críticos deberían estudiar, y seguramente habrán estudiado ya. Doy fe, porque conocí hace años su estudio próximo al restaurante, donde tiene obras de todo su proceso. Que es permeable a lo que sucede en el mundo -además de solidario con las causas humanitarias, que ya se sabe que en los momentos duros, todo el mundo se acuerda de los artistas. En 1988 expuso por primera vez, en la galería Aspy, la primera que abrió Santiago Casar, que luego tendría un importante espacio expositivo con su nombre, y comenzó entonces una asociación entre los dos, que marcaría su vida profesional, como hostelero y como galerista. Como pintor, ha expuesto en Cantabria, –por ejemplo, con Fernando Silió y el propio Santiago Casar– pero también en diversos espacios públicos y privados de Asturias, Alicante, Sevilla, Madrid o Tenerife. Y fuera de España, en Cuba, con la comisaria Vicky Romay, que dirigía el Centro de desarrollo de las Artes Visuales en La Habana, pero también en Miami, México, Canadá, Bélgica o Gran Bretaña.
Con Cuba y los pintores cubanos como Kabil y Ramiro Tamayo, por mencionar sólo a dos, tiene una relación muy próxima. Algo tiene qué ver que naciera en Bielva, ese pueblo tan de ida y vuelta como las habaneras, que puso en el mapa Rogelio González Vinoles, el jugador de bolos más famoso del mundo, conocido como “el zurdo de Bielva”. Allí tienen Luis Cortines y su mujer, Reyes, la casa que fue de sus abuelos, y allí pasa todos los días que puede, implicado tanto en la conservación de sus monumentos como en la celebración de sus fiestas y trovas.
Luis Cortines fue socio de Santiago Casar en la galería de arte y, durante diez años, en el mítico restaurante El Cuadro, de la plaza del mismo nombre. Cuando se cerró y se separaron, Casar continuó con la galería y Cortines se hizo cargo del Goya, que Casar había fundado antes de todo.
Empezó para él un proyecto distinto, que ponía en relación los dos mundos en un solo espacio. Sin descuidar la gastronomía, dio a la pintura un verdadero protagonismo, no sólo colgando cuadros de su colección personal –recuerdo un magnífico Iturrino mostrado en la parte de arriba– sino también montando exposiciones temporales de pintores y pintoras y levantando proyectos que les implicaban. “Son clientes míos, vienen al restaurante. La reciprocidad me exigía ayudar y promocionar a los artistas”. Y la vocación, claro. Lo que puede verse justo ahora, en sus paredes es la colección ‘Los goyas del Goya’. Luis Cortines encargó a un grupo de pintores que cada uno interpretara otro cuadro de Francisco de Goya. Él mismo dio su versión del famosísimo y dramático Perro. La colección resultante se puede ver dándose una vuelta por Daoíz y Velarde 25. En otra ocasión, encargó cinco bodegones, para “comer en el Goya”, y son muchos los grabados y dibujos producidos, para regalar a clientes y amigos. Su mecenazgo está probado.
Es imposible dar cuenta de su actividad durante más de treinta años, pero baste con contar que ha organizado tertulias como ‘Los lunes del Goya’, o ‘Los encuentros Goya’, donde escritores, poetas, críticos literarios y de arte, debatían un tema sentados a una larga mesa con un vinito y un picoteo, todos los primeros lunes de cada mes, al menos hasta la pandemia. Que en el Goya se han presentado libros y revistas y que, me dice, ha contado con la colaboración de intelectuales como el recientemente desaparecido Jesús Pindado o el historiador y filólogo Mario Crespo. Con todo eso, y lo que se queda en el tintero, ha creado en su restaurante un espacio que respira cultura pero que está abierto a la gente. Que no tiene esa puerta de cristal reverencial, tantas veces disuasoria, que tienen librerías o galerías. Más de uno habrá entrado en la cultura por la puerta del Goya.
La cultura de una ciudad, y de una región, necesita instituciones que garanticen el derecho a la creación y su disfrute en libertad. Pero como se nutre de vocaciones, ganas y esas gotas de genio repartidas entre la gente, buena parte de la trama está en los particulares, personas siempre especiales y muchas veces poco reconocidas, que actúan por su cuenta. Luis Cortines es una de ellas.



