José López Coterillo: El alma sindicalista y el corazón en Cuba

Por Rosa Pereda

Antes de que nos quedemos sin ninguno de los protagonistas de la Transición conviene recordar quienes eran. El pasado mes de mayo, el sindicato Comisiones Obreras rindió un homenaje a José López Coterillo, su primer secretario general en Cantabria, que a sus 89 años no ha perdido un ápice de su interés por la actualidad ni su empuje en la defensa de todas las causas con las que siempre se sintió comprometido, aunque ahora se tenga que valer de una silla de ruedas. El acto se acompañó de la publicación de un pequeño libro autobiográfico, ‘Memoria de un fundador de Comisiones Obreras’.

José López Coterillo es, efectivamente, uno de quienes fueron construyendo las centrales  sindicales democráticas en plena dictadura franquista, y lo pagó muy caro. Sin querer entrar en detalles, lo cuenta en ese libro breve y emocionante en el que también se recogen testimonios de homenaje de otros dirigentes y exdirigentes de Comisiones Obreras, a los que se suman los de otros sindicatos, como Luis Ángel Ruiz Cardín (UGT) o Dionisio Gómez (CNT).

Es una Memoria estremecedora, aunque sea un resumen “muy resumido”, me dice, del auténtico libro de memorias que tiene escrito pero no piensa publicar. Alguna editorial debería de convencerle de hacerlo. En un momento en que hay tantos jóvenes que reivindican el franquismo, los testimonios personales, las correspondencias y los archivos que aún se conservan son fundamentales para elaborar un relato verdadero y para evitar que aquellos males se repitan.

El pequeño libro que sí ha aceptado publicar pasa por encima de muchas de estas cosas que vivió en primera persona y está escrito en un tono tan distante como si no le hubieran ocurrido a él. Sólo se permite darle un mínimo calor cuando habla de Cuba. De su fascinación por la isla desde que viajó por primera vez y de cómo se iba estrechando su relación con el país, incluso con el propio Fidel Castro, con el que mantuvo una amistad fraternal.  A Cuba viaja con su esposa Berta al menos una vez al año desde el desplome de la Unión Soviética, cuando la desaparición del COMECON cerró su único mercado, tanto para la exportación como para la importación. Con una excepción, como él mismo me apunta: España siempre mantuvo un acuerdo preferencial con Cuba en la importación del azúcar y el tabaco, y fábricas como Pegaso siguieron vendiéndoles camiones y maquinaria.

Pero Coterillo (Cote para todos en el sindicato) es un hombre de acción, y su enamoramiento con Cuba no se quedó en los abrazos ni en esas vagas promesas de echar una mano que nunca se recuerdan a la vuelta. Inmediatamente, impulsó la creación de la Asociación Cántabra de Amigos de Cuba, gestionó el hermanamiento de Torrelavega con la Habana Vieja; el monumento al libertador José Martí en la Plaza de Pombo de Santander; la edición de su única novela, ‘Lucía Jerez’ o la inauguración del Pabellón La Habana Vieja, también en Torrelavega.

Y siempre estuvo detrás de campañas de ayuda de todo tipo a los cubanos, ya fuese medicinas, comida o aparataje médico. “Son más de treinta años pasando dos o tres meses en Cuba, y en noviembre, seguramente, volveremos”, dice. No le desanima la edad ni esa silla de ruedas motorizada que necesita desde hace años y que maneja con tanta soltura como independencia.

Del talante apasionado y la importancia de la trayectoria de José López Coterillo hay testimonios de sobra. Cote es, para empezar, una buena persona, y en eso coinciden todos. Y un hombre hecho a sí mismo, desde las peores condiciones materiales y emocionales posibles. Nacido el 31 de Mayo de 1937, en plena guerra civil, su familia, pobre y vencida, fue duramente represaliada. Dos tíos fusilados, su abuela en la cárcel, su madre humillada en ceremonias indignantes en las que se rapaba el pelo o se administraba aceite de ricino a las mujeres no afectas a la causa… Una infancia marcada por la guerra, la represión de la postguerra y la pobreza, en Miengo, un pueblo pequeño que les señalaba. A los 14 años entró en la Escuela de Aprendices de Santander, pero enseguida empezó a trabajar en Nueva Montaña Quijano, donde ya estaba su padre. Allí destacó como oficial pero también empezó a fraguar el dirigente obrero.

Durante la cadena de huelgas de 1968 fue detenido y sometido a torturas que ponen los pelos de punta. Juzgado por el terrible TOP, el Tribunal de Orden Público encargado de la represión política, pasó en la cárcel muchos años. Hasta quince días después de la muerte de Franco. Fuera, otro drama, estaban su mujer y tres niños pequeños. Uno de ellos es hoy un brillante y prestigioso oncólogo.

El delito de Coterillo era haber creado en la clandestinidad, junto con otros, las Comisiones Obreras. Clandestinidad es una palabra que no le gusta: Eran ilegales, pero según unas leyes injustas. Los sindicatos obreros, prohibidos por la dictadura, se iban reconstruyendo al margen de la ley, conquistando por las bravas el derecho a la huelga y a la manifestación, la libertad de asociación y la de expresión, los derechos que restauró la Constitución del 1978. Una vez legalizados partidos y sindicatos vendría la recuperación del patrimonio sindical y la normalización de esas instituciones como instancias negociadoras del pacto social que es el Estado del Bienestar.

Ni siquiera la muerte de Franco se lo puso fácil. Otro sindicalista histórico, José Antonio Velasco, una década más joven, define a Coterillo como el líder que aglutinó a tantas fuerzas “del trabajo y de la cultura” al comienzo de la Transición y recuerda uno de esos últimos episodios, antes de la legalización del sindicato: “En esa época, la dirección General de Trabajo estaba en la calle Lealtad, frente a la clínica Matorras. Ocupaba un primer piso, con una escalera muy empinada. Estábamos reunidos y llegó la policía. Fuimos saliendo; el último Pepe Coterillo, que tenía una hermosa cabellera y se resistía a hacerlo. Un policía le agarró del pelo y le tiró por las escaleras. Le rompió varias costillas”.

No, la Democracia no fue un regalo y a quienes empujaban en esa dirección, como a Coterillo, les salió más cara. Hoy, personas de muy distintas tendencias políticas coinciden en resaltar su coraje, su capacidad de liderazgo, su honestidad y su bonhomía. Por algo será.

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