Dori Campos, poeta en dos mundos

Por Rosa Pereda

En uno de sus mundos, los santanderinos y santanderinas  conocen a Dori Campos como poeta y animadora cultural. En otro de sus mundos, la conocen como trabajadora social e impulsora de proyectos innovadores en el terreno de la psicología social, la que va más allá de las estadísticas y detecta esos males psicosociales que trascienden lo puramente individual para convertirse en demasiado frecuentes. Estudiados y cuantificados, propone acciones sanadoras, particulares y colectivas.

El trabajo de Dori Campos ha estado siempre en el territorio de la salud pública, la investigación y la docencia. Y la salud es, también, terreno de los sentimientos y las emociones, que ella eleva de lo particular y lo pone en relación con lo que ocurre en el conjunto de la sociedad. Lo hace sin moverse de lo que los propios pacientes le relatan (“lo que no le dicen al médico”, señala). ¿Que por qué ha crecido desmesuradamente el consumo de antidepresivos y ansiolíticos en pacientes clínicamente sanos? Ése es uno de los temas que ha estudiado.

Como ejemplo de la fértil dicotomía en que se mueve Dori Campos,  en junio aparecerá un importante libro de poemas, el cuarto de los suyos, ‘Colas de cereza’, en la colección Tigres de papel, y tiene programada una intervención sobre jazz y poesía en la Feria del Libro de Santander, FELISA. Al tiempo, ultima una ponencia para el Congreso bianual de Psicología, en donde presentará resultados de su investigación acerca de la soledad y la fatiga digital. Lo hace desde el Colegio de Ciencias Políticas y Sociales, al que pertenece como licenciada –además de psicóloga, especializada en psicología social–, y por haber fundado su antecesora directa, la Asociación de Trabajadores Sociales de Cantabria.

Dori Campos empezó a escribir poesía muy pequeña. De hecho, tiene un recuerdo nítido de su primer poema, a los 9 años, con motivo de la muerte de su abuelo. Sobre todo, recuerda la emoción de su padre cuando se lo leyó a la mañana siguiente: esa emoción fue lo verdaderamente iniciático, lo que ha quedado en el fondo de esta poeta que ha escrito –o mejor, publicado– de manera intermitente. Supo que mediante el verso se pueden transmitir emociones, y supo también que contaba con el apoyo de su padre, que a su vez, escribe poesía.

La poesía de Dori Campos es una poesía plenamente moderna, que ha bebido de los simbolistas, pero también de Eliot y Octavio Paz, entre muchos otros, con una potencia erótica elegantísima pero notable, a veces distante y contradictoriamente fría.

La naturaleza, con sus colores y su vitalidad, el cielo, el firmamento y el universo, acompañan los vaivenes emocionales en sus versos. Sin rehuir los grandes temas –ya saben, la muerte y el  amor–, su poesía es más celebradora que elegíaca, más sorprendida que nostálgica, y cuando el paso del tiempo establezca el hilo invisible que conecta sus poemas, lo hará desde una mirada materialista en el sentido filosófico de la palabra. Como una estructura de lo real, inseparable del espacio y del cuerpo. Un cuerpo rotundo y protagonista, a la vez sujeto y objeto de muchos de sus poemas.

Tras aparecer en numerosas revistas literarias, Dori Campos ha publicado tres libros cuyos títulos son tan sorprendentes como significativos: ‘La lengua se abre paso’, prologado por Isaac Cuende y Ramón Sáiz Viadero, fue el primero. Le siguieron ‘Ondas y partículas’, en clara referencia a la física cuántica, que ha influido en la filosofía y la literatura más de lo que parece, y ‘Caja de musgo y dragones’, publicado en la colección La sombra de los Días, de la Consejería de Cultura. Y como un mundo y el otro son inseparables para Dori Campos, participa activamente desde su creación en el grupo poético femenino Genialogías (sic), que además del apoyo mutuo, recupera y reedita la obra de poetas olvidadas o descatalogadas. Un esfuerzo encomiable por visibilizar no sólo el trabajo de las mujeres poetas actuales, sino también el de quienes las precedieron, lo que es tan necesario en un ambiente editorial mayoritariamente masculino.

Queda claro, por tanto, que Dori Campos, comprometida con la salud mental y emocional, y con las condiciones sociales que la mediatizan, nunca estuvo en una torre de marfil. Desde su paso por el Ayuntamiento de Santander en los años 80 dejó huella con la creación del primer centro de planificación familiar, uno de los pioneros de España. Estaba situado en la botica de la Casa de Socorro. Y su trabajo en el Servicio Cántabro de Salud ha abordado circunstancias tan diversas como la creación de centros de día psicogeriátricos o de una red de escuelas rurales; la atención a los cuidadores y cuidadoras familiares, el impacto de las nuevas tecnologías, la atención a los procesos de duelo, las situaciones de crisis…

Su método es la formación de grupos, después de haber entrevistado individualmente a cada paciente con esas tres preguntas hipocráticas que siguen siendo la puerta de entrada para cualquier diagnóstico: ¿Qué le pasa? ¿Desde cuándo? ¿A qué lo atribuye? Sabe por experiencia que los grupos ayudan en todas las terapias: permiten la creación de lazos de amistad y apoyo entre gente que padece los mismos problemas, sean enfermedades como la diabetes o la hipertensión, inseguridades y ansiedad como las derivadas del COVID o la crisis de 2008 y los recortes de 2011, la violencia cotidiana  o los miedos y malestares de la premenopausia.

La cultura tiene mucho qué decir en esa relación entre lo individual y emocional y lo social, y es un elemento de cohesión y realización personal insustituible. Así que el círculo se cierra, y los dos mundos de Dori Campos encuentran toda su coherencia.

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