Arvinder Bawa, ingeniero, matemático y artista, un sij en Cantabria

Por Rosa Pereda

Escribir un perfil de Arvinder Bawa es más difícil de lo que puede parecer, y mucho más apetecible, porque resulta un reto. Hay que traspasar el exotismo de su turbante sij y de sus largas barbas para llegar a un cerebro privilegiado, una cultura enciclopédica y esa elegancia suave que da el haber conocido tantos países y tantas formas de vida, y venir de una cultura tan especial como desconocida para nosotros. Implica, además, asomarse a sus investigaciones, que están en los límites, allí donde la matemática y la física se hacen las últimas preguntas. Pero también obliga a sumergirse en sus cuadros, donde esos modelos matemáticos en los que trabaja se vuelven plásticos, visibles y sensibles. O leer los libros que viene escribiendo en inglés desde la pandemia.

Arvinder Bawa no es un desconocido en Cantabria. Pertenece al mundo del arte por derecho propio y por el de su compañera de vida, la pintora cántabra Marisol Cavia, y no pasa desapercibido. Los dos suelen estar allí donde ocurre algo importante en el mundo cultural de nuestra tierra, que es la suya. Pero no deja de ser un matemático de primer nivel internacional, y eso no es tan visible como su turbante.

“En todas partes hay un sij”, me dice. Yo he visto sijs en Nueva York y en Londres, pero al primero que he conocido en Santander eres tú, le respondo. Casi desde que se vinieron a vivir a Laredo, en 2010. Me cuenta cómo fue su integración en el mundo del arte, “por culpa de Marisol”. Conocieron a Manolo Messía, su galería Espiral y su encuentro Sianoja, que puso a Noja en el mapa del arte, con una mirada a un tiempo seria y lúdica y un cosmopolitismo de ida y vuelta que es lo más parecido a lo que la pareja Marisol-Arvinder había dejado en Londres. Encontraron aquí un grupo afín, heterogéneo pero más o menos estable, de artistas, críticos y escritores, con los que compartir, discutir, hacer risas y encontrarse. Que de eso trata también la cultura.

“Todos los sijs te hablarán de la partición”, me advierte. El también. Arvinder Bawa nació en Gorakhpur, una ciudad de India próxima a Nepal, en 1948, el año de la Independencia. Pero nació allí por los avatares de la Historia. En 1947 se hizo la partición de la India y Pakistán, con un reparto por religiones, de manera que los musulmanes se quedaban en Pakistán y los hinduistas en India. Con esa frontera, tan artificial como todas las que se trazaron en aquellos finales del imperio británico, en la parte pakistaní quedó cortada la importante región del Punjab, el granero de la India y actualmente una importante zona petrolífera. En 1947, la religión dominante en Punjab era el sijismo –sikhismo en la transcripción británica– una religión monoteísta, como el islam, pero que, como el hinduismo, cree en la reencarnación, en la transmigración de las almas, aunque rechaza su sistema de castas y preconiza la generosidad, la hospitalidad y la convivencia pacífica.

En 1947, se inició una limpieza étnica en la parte pakistaní. Los padres de Arvinder consiguieron huir de las matanzas en un tren custodiado militarmente y pasar a India, “así que yo nací en Gorakhpur, una ciudad de un millón de habitantes, donde ya vivía un hermano de mi padre”.

Su padre, figura troncal en su vida, era, como luego ha sido él, ingeniero civil, de caminos, canales y puertos. Y de aeropuertos, que hizo muchos. En 1961 fue destinado a Ghana, en Africa, en cuya universidad Arvinder se topó, años después, con su primer ordenador, “un enorme IBM, con el que empiezo a trabajar en 1968”.

Desde que su maestro le dio la libertad para jugar con aquel armatoste hasta hoy, los ordenadores han sido su instrumento de trabajo, en la matemática pura y en la aplicada, para sus cálculos como ingeniero y en la solución de ecuaciones muy complejas, que seguro que muchas veces irán juntas. Pero también ha sido su herramienta para las creaciones artísticas, íntimamente relacionadas, porque desde los años ochenta trabaja con fractales, esos modelos matemáticos que permiten describir y medir geométricamente objetos imposibles desde la matemática euclidiana, rugosos, irregulares, cambiantes… Esos modelos son los que muestra en su obra, que ha expuesto en todo el mundo.  Mientras, su mente está en estos límites y en otros, por ejemplo los fotones, a un tiempo partículas y ondas, es decir, materia y energía, si no entiendo mal. Y me habla del poder físico de la mente, de la energía del pensamiento y de las manos que curan, o de la oración. Algo sucede. O las misteriosas partículas comunicadas a miles de kilómetros, comportándose de la misma manera. Los misterios de lo que no sabemos.

Cuando en 1971 aterrizó en el College Imperial de Londres para hacer un máster en Ingeniería estructural y modelos matemáticos, su vida dio un giro. Dos años después se encontró con Marisol Cavia, que estaba estudiando allí, y ya era pintora introducida en el swinging London. Y hasta hoy, cincuenta años largos. Tienen dos hijos varones con carreras fulgurantes que siguen la saga y también tienen el mundo por patria.

Como ellos, explica, “siempre busqué trabajos que me hicieran viajar, porque en los viajes pasan cosas”. Estados Unidos y Reino Unido, China, Venezuela… “En 1981 fui a Maracaibo a trabajar para una petrolera y cuando me vieron bajar del helicóptero casi se desmayan. Pero llegué con un contrato de seis meses y me quedé seis años”.  El desmayo sería por el turbante inesperado, supongo. El turbante, el dastar en su lengua, enrolla cinco metros de voile de algodón, una tela finísima que no resbala y que transpira. Es la seña identitaria de los sijs, como lo es el pelo jamás cortado o una daga corta (que él no lleva) en el fajín, que tampoco lleva.

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