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El ocaso de los grandes

Antes, cuando la General Motors estornudaba se resfriaba toda América. Y cuando Ford decidía hacer un modelo popular, el mundo se ponía sobre cuatro ruedas. Pero eso era antes. Los dos colosos del automóvil, que parecían más pétreos en sus atalayas que las mismas rocas, atraviesan graves problemas por la invasión asiática de su mercado y la subida del precio de la gasolina. Tantos que se llegó a rumorear alguna posible presentación de una suspensión de pagos. ¿En qué vamos a creer, si los nuevos dioses del capitalismo se nos tambalean a las primeras de cambio?
Ya decían los clásicos que la gloria es efímera, pero no creímos que tanto. Acostumbrados como estábamos a que los grandes patrimonios particulares durasen generaciones, estábamos convencidos de que empresas tan poderosas como estados eran prácticamente eternas. Pero no, los estados, por endeudados que estén, no desaparecen ni son absorbidos. Las empresas, sí.
Cuando en el pasado se esfumaron gigantes como la aeronáutica TWA ni siquiera surgieron dudas. Con la caída de Daewoo o de los grandes bancos japoneses que de la noche a la mañana dejaron de encabezar los rankings mundiales, quedó constancia de que ni siquiera las filosofías orientales garantizan nada en este mundo cambiante. Pero ninguna crisis puede tener el efecto emblemático que tendría la de los grandes constructores de coches, las mayores empresas del planeta, junto con Microsoft y General Electric.
Gigantes económicos que pueden remover gobiernos y cuyos intereses se reparten por todo el globo se quedan sin respiración por haber perdido un 4% del mercado norteamericano en tres años. Puede que no parezca tanto, pero eso significa pasar de ganar dinero a perderlo, del éxito al fracaso, tanto da que se trate de una empresa grande o pequeña. En el mundo de la economía no hay lugar para los perdedores y eso lo saben muy bien los consejos de administración.
Es muy probable que ambas compañías superen el trago y se recuperen, aunque sea con unas decenas de miles de trabajadores menos, la medicina más habitual para este tipo de dolencias. Y seguramente eso les servirá para hacer coches más competitivos para poder derrotar a los japoneses que invaden su mercado doméstico. Pero les costará mucho más conseguir que las costumbres den marcha atrás. Hasta hace unos pocos años, comprar coches extranjeros era una pequeña traición para el norteamericano medio, que rebosaba de orgullo por lo propio. Los intelectuales y ejecutivos rompieron ese tabú al adquirir automóviles europeos como un signo de diferenciación y las clases populares han acabado por secundarles al apostar por coches asiáticos, que les resultan más baratos, ofrecen más años de garantía y consumen menos.
Volverán a ser grandes y poderosas, pero las casas norteamericanas difícilmente podrán reponer ya esa barrera intangible que tan útil les había resultado en el pasado y quizá acabemos por reconocer que los negocios más sólidos, muchas veces tienen bases tan etéreas o volubles como esta: las creencias y los prejuicios de los consumidores.

El éxito que nadie reconoce

Hay muchos países que sólo existen cuando protagonizan catástrofes y crisis económicas. Algunos de ellos están en Latinoamérica. Sabemos cuándo van mal, pero casi nunca cuándo van bien. Un buen ejemplo está en Argentina, que se ha recuperado milagrosamente de la quiebra, sin que nadie se haya tomado siquiera la molestia de preguntarse cómo. Si el presidente Kirchner hubiese sido más complaciente, probablemente hoy hubiera sido un héroe de los medios de comunicación internacionales, pero como resultó ser un individuo desabrido y difícil para los países acreedores, simplemente se ha convertido en inexistente. Pero no sólo ha sacado al país de una situación que casi nadie imaginaba que tuviese salida, sino que ha pagado la deuda exterior antes de lo previsto, algo que resulta histórico en un terreno donde lo habitual es que los créditos se eternicen y acaben por no pagarse.
Tampoco nadie va a reconocer que Venezuela está creciendo a ritmos superiores al 10%, simplemente porque Chávez es un atrabiliario personaje que ha plantado cara a EE UU, o que Chile cabalga a velocidades del 6% y parecemos exclusivamente preocupados por lo que haga Lula o por el ínclito y eterno Fidel Castro.
Quizá por el hecho de que es un subcontinente donde las agencias de prensa norteamericanas tienen la hegemonía, y EE UU ahora tiene otras preocupaciones, Iberoamérica da la sensación de haber perdido peso político. Por eso, apenas valoramos el hecho de que, por primera vez, casi todas las repúblicas de la zona tienen regímenes democráticos y, no por casualidad, eso coincide con la época de más estabilidad y crecimiento.
Eso echa por tierra muchos de los apriorismos cultivados en el pasado, que relacionaban el desarrollo de estos países con regímenes fuertes. La historia ha demostrado que esa correlación era falsa, y demuestra que incluso el hecho de que la mayor parte de esos países esté gobernada en estos momentos por partidos de izquierda, resulta relevante para el resultado final.
Iberoamérica, que parecía haber perdido el tren de la modernidad, está despertando muy deprisa. De repente, ha dejado de ser el patio de atrás de los EE UU y se siente protagonista de su futuro. Puede que sea sólo un espejismo y que, como tantas otras veces en el pasado, todo vuelva atrás. Pero, a poco que nos empeñemos, demuestra tener unas posibilidades extraordinarias. Muchas más que algunos de los países del Este en los que Europa va a invertir tanto dinero. Y es que los destinos de las naciones también están marcados por su geografía.

Sólo diez años

En 1996 es posible que el mundo no fuese muy diferente al actual, pero la generación que ahora tiene quince o veinte años ni siquiera concebiría que se pudiera vivir así: no teníamos Internet. Llegó entonces, al menos, a nosotros. Parece que haya pasado un siglo, pero sólo han sido diez años. Ni siquiera había un proveedor local. Era una empresa vasca la que daba servicio a los primeros que nos conectábamos en Santander: alguna gente de la Universidad, algún gabinete de ingenieros… Y con un modestísimo módem de 28 kilobaudios estábamos convencidos de haber traspasado la barrera del sonido en el mundo de las comunicaciones.
Internet parecía un salto cualitativo en el campo de la informática y, sobre todo, en el de las telecomunicaciones, pero no estaba muy claro cómo iba a ser ese salto. De hecho, casi todos los negocios que por entonces se aventuraban en Internet acabaron fracasando y, sin embargo, eso no quiere decir que haya resultado un fiasco. Simplemente, ha sido imprevisible.
Por entonces, el negocio estaba en las conexiones. Todo el mundo suponía que, como ocurría con las compañías telefónicas, las cuotas de abono resultarían una fuente de ingresos espectacular. Aquello se vino abajo cuando se empezaron a ofrecer altas gratuitas a cambio simplemente de consumir minutos telefónicos. Y el negocio de los minutos telefónicos también se fue al garete al ser sustituido por los contratos de tarifa plana, en los que da igual el tiempo que el usuario permanezca enganchado a la línea.
Era muy difícil reorientar la actividad a tal velocidad y la mayor parte de las compañías que creyeron estar en la cresta de la ola en determinado momento se encontraron tapadas por ella a renglón seguido.
Si los programas de navegación se convertían en gratuitos, las conexiones también y el precio por minuto de conexión se hundía en el abismo ¿dónde estaba el negocio? En realidad, diez años después no lo sabemos muy bien. Puesto que la tecnología se aportaba libremente, nosotros, como tantos otros, pensamos que el valor añadido estaba en los contenidos: había que hacerse proveedores de información. Pero eso mismo pensaron otros cientos, miles y millones de empresas y particulares. Todo el mundo alimentó la Red con páginas en las que había contenidos de todo tipo: buenos, malos y regulares. Todo cuanto se pueda imaginar y mucho más lo hay en Internet y, por supuesto, también gratis.
La avalancha tuvo muchos colaboradores. Las autoridades públicas se lanzaron a las calles como nuevos misioneros para convencer a los comerciantes de que cuando estuviesen en la red sus camisas no sólo se venderían en el Paseo de Pereda, sino también en Cádiz, en La Coruña o en Tombuctú. Pero claro, eso hubiese tenido algún viso de realidad si los de Cádiz, La Coruña o Tombuctú no hubiesen puesto también sus páginas. El resultado es que sólo unos pocos –muy pocos– consiguieron que su página web fuese algo más que un escaparate sin luces.
¿Y el negocio intelectual? Efectivamente. Los navegantes –pretencioso título para quienes pierden el tiempo pasando de una página a otra como el que hojea un catálogo comercial– empezaban a centrar su interés en los noticieros porque eran las únicas páginas que realmente cambiaban a cada momento. Pero los periódicos tampoco consiguieron hacer negocio. Cuando quisieron cobrar lo que empezaron entregando gratis se encontraron con una huida masiva de la clientela: nadie quiere pagar en Internet.
El mayor negocio de la tierra por número de clientes casi no es negocio. Es la demostración más anárquica, independiente y democrática de que la rentabilidad puede estar en las expectativas. Alguien descubrirá en algún momento la forma de sacarle jugo a gran escala pero, mientras tanto, se ha conseguido poner al alcance de todos la herramienta de comunicaciones más importante desde la televisión que, curiosamente, también es prácticamente gratis. ¿Quién ha dicho que lo que no se cobra no puede ser rentable? Por el momento, ya ha sido un magnífico negocio para la Humanidad.

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