Editorial

Digerir el resultado no será fácil para nadie, ni siquiera para Revilla que se acostó la noche electoral con el temor de que el PSOE entrase en un proceso catártico autodestructivo, de esos con los que los socialistas suelen recrudecer sus depresiones, y se liase la manta a la cabeza, abandonando el gobierno sólo para no seguir haciendo crecer al PRC, lo que dejaría la autonomía en manos del PP. Tampoco debió ser fácil para Lola Gorostiaga comprobar que sustituir el partido por un equipo de cámara montado para la complacencia no lleva demasiado lejos. Ni para Nacho Diego asimilar que la figura emergente de Iñigo de la Serna puede recortar su futuro. Incluso para Gonzalo Piñeiro, que si en algún momento tuvo la expectativa de regresar en el futuro como salvador de su partido, ha podido comprobar que su sucesor en Santander se basta y se sobra, para sorpresa de todos.
Iñigo de la Serna, convertido en el Gallardón de Cantabria, es el único que puede sentirse satisfecho, después de una apuesta personal muy arriesgada, al descabalgar a los hombres fuertes de Piñeiro de su lista. Acertó al buscar un perfil centrista y el futuro le sonríe. Será él quien tenga la fortuna de materializar el cambio de Santander con la posibilidad de abrir una nueva fachada marítima y la gran avenida de entrada que la ciudad necesita, tras la unificación de los trazados ferroviarios.

El estrellato de Revilla y la indolencia de muchos votantes del PSOE, que sólo acuden a las urnas en circunstancias muy especiales, han producido un efecto conjunto catastrófico sobre los resultados socialistas, un partido que parecía tener un suelo firme en los trece escaños y ha descubierto con horror que en realidad tenía un agujero. Ni una buena gestión, ni el riego indiscriminado con subvenciones a todo tipo de colectivos, ni el haber propiciado una creación de empleo histórica le han deparado votos a los socialistas, quizá porque cada día parecen más distantes de la calle, como les ha demostrado Angel Duque cuya campaña sistemática puerta por puerta ha derrotado al desmesurado despliegue de cartelería de la alcaldesa de Camargo.

La desideologización de los altos cargos socialistas, la mayoría de los cuales ha visto la campaña con un notorio desdén, y la sustitución de la emotividad por mensajes-formulario ha acabado por enfriar a unos votantes que casi siempre encuentran motivos para no entrar en calor. Frente al mensaje práctico, eficaz y vibrante de Revilla, el discurso teórico de los socialistas sobre la Ley de Igualdad, entre otros ejemplos, no ha encontrado eco ni siquiera en el colectivo femenino, aburrido ya por el soniquete cansino del todos y todas. Si alguna votante llegó al PSOE de nuevas, probablemente no fue por esta insistencia, sino procedente de IU y escandalizada al ver que su coalición ha acabado utilizando como gancho de campaña a una miss.
Gorostiaga se enfrenta ahora al interior de un partido que nunca ha sido fácil. Como se encargó de recordarlo él mismo, Jaime Blanco fue acusado de fracasar sistemáticamente y obtuvo 16 escaños. Pero tampoco hay alternativa en el interior y no hay mal que no cure el tiempo. Si el pacto de gobierno se reedita, como parece lo más probable, dentro de algunos meses nadie recordará el resultado electoral con exactitud; sólo distinguirá entre los que gobiernan y los que no y esa será para entonces la única línea que separe el éxito del fracaso. En ese tiempo, los socialistas habrán tenido tiempo para pensar en qué hacer con los Duque, los Rufino Díaz y otros escindidos que, como se ha visto, tenían por sí mismos un buen puñado de votos. Y para aprender con humildad de su socio de gobierno, cuyo marketing intuitivo bate por goleada a la folletería con que nos ha inundado el PSOE. A su vez, Nacho Diego tendrá tiempo de sobra para valorar si la política de aislamiento ha sido rentable. A primera vista, parece que no.

Suscríbete a Cantabria Económica
Ver más

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba
Escucha ahora