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Editorial

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En pocas semanas se inaugurará el Palacio de Exposiciones que se construye en El Sardinero. Un edificio que desafortunadamente no va a aportar nada arquitectónicamente a la zona, al contrario de lo que ha sucedido con el de Norman Foster en Valencia, o con el de Bilbao o con tantos otros distribuidos a lo largo del país. Santander ha conservado muy pocos edificios que merezcan la pena enseñar y de todos los nuevos, ninguno parece merecedor del rimbombante nombre de palacio con el que nacen y, mucho menos, este.
Pero el problema es otro. Ahora tenemos recintos feriales en Santander y en Torrelavega y uno inevitablemente canibalizará al otro, que es una expresión muy poco castellana pero muy gráfica. No hace falta discurrir mucho para comprender que el de Santander va a dinamitar al de la capital del Besaya, porque si algo ha demostrado la historia reciente es que resulta muy difícil inventar ferias nuevas y las pocas que pueden organizarse en Cantabria apenas justifican un pabellón.
Torrelavega sólo ha podido conservar cinco certámenes anuales, los que tienen un mayor atractivo para el público familiar, ya que no ha conseguido atraer a los profesionales. Cualquiera de ellos que le arrebatase Santander desarmaría su ya precaria continuidad y, cuando sólo queda un año para las elecciones, el hundimiento de La Lechera es una baza que ni el Gobierno regional ni López Marcano pueden darle a la oposición. ¿Entonces, con qué se justificará el palacio ferial de Santander? Aparentemente, con nada.

Una forma de pensar muy cántabra es la de confundir el continente con el contenido. Promovemos tres polígonos industriales a la vez en la zona de Torrelavega, después de décadas sin tener ninguno, convencidos de que si multiplicamos el suelo industrial, multiplicamos las empresas. Levantamos el Mercado del Este, sin saber para qué, suponiendo que el edificio por sí solo crearía los usos. Ponemos en pie el Palacio de Deportes con un destino absolutamente incierto, ya que sólo parece previsible que pueda ser utilizado por el Balonmano Cantabria cada quince días y la calidez del público que ahora ofrece el pabellón de La Albericia se convertirá en desoladora sensación de soledad cuando 600 aficionados se sienten en el nuevo local, preparado para 6.000. Hay otros ejemplos. Cuando el presupuesto de rehabilitación de La Magdalena pasó de 1.000 millones a 5.500 se aseguró que la inversión sería perfectamente rentabilizable para la ciudad por el uso que, a partir de entonces, iba a darse al edificio en invierno. Incluso se creó una sociedad pública para gestionar su ocupación todo el año. Todavía estamos esperando los primeros resultados.

La gestión de un patrimonio inmobiliario público cada vez más grande empieza a ser un problema de primer orden. Afortunadamente para el Ayuntamiento, Santander ha conseguido que el Gobierno regional le financie los gastos del Palacio de Exposiciones con un pintoresco canon de 250 millones de pesetas al año por el derecho a usarlo cuando lo necesite. Un precio muy caro que sólo enmascara lo que resultaba obvio: el Ayuntamiento de Santander no puede hacerse cargo de los gastos corrientes que generarán los nuevos edificios y otra vez más tiene que acudir en su auxilio la autonomía.
El resultado es que por la misma extraña lógica que nos ha llevado a acumular nada menos que tres paraninfos universitarios en una ciudad tan pequeña como Santander (sí, tres) ya contamos con dos recintos feriales en Cantabria, una región donde no hay gremios poderosos que puedan organizar los certámenes, como ocurre en Valencia, y eso obliga a trastocar el sentido que siempre tuvieron, hasta el punto que muchos de ellos no se hacen para vender nuestros productos a los industriales foráneos, sino que son un estupendo puente de plata para que ellos nos vendan a nosotros.
Habrá que echarle mucha imaginación para encontrar ferias nuevas que asentar en Santander, pero todo parece indicar que los días del Consorcio Ferial de Torrelavega están contados, porque el panorama nacional está ya muy saturado y no resulta fácil movilizar ya ni a expositores ni a compradores profesionales, que tienen su calendario anual de certámenes ya repleto.

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