Editorial

Es cierto que ese clasismo tácito ha funcionado durante décadas o, incluso, centurias. Muchos de los apellidos que estaban al frente de los escritorios del Muelle o de las industrias harineras y metalúrgicas que se constituyeron en el siglo XIX siguen protagonizando el presente, a pesar de la enorme transformación social que ha registrado el país en un siglo y, sobre todo, en las últimas décadas. Santander, por lo que se ve, ha sido mucho menos proclive a esos cambios y menos aún a las incorporaciones, pero eso no tendría por qué preocupar a un partido político que se juega el voto de todos y no solo el de unas pocas familias. Cuando el candidato intenta añadir a sus méritos el STV es porque piensa que, incluso para esa inmensa mayoría que queda excluida de este concepto, es importante. Tan importante como en su día fue ser cristiano viejo o, siglos después, camisa vieja. Y esa sumisión colectiva a este sistema de castas sí que es sorprendente. Al parecer, ni siquiera el viento de la democracia ha podido con unos prejuicios tan asentados. A comienzos de los años 90, el PSOE encargó una encuesta en la que trataba de saber por qué tenía tan escaso éxito en Santander, sobre todo en los barrios y en los pueblos del municipio donde el Ayuntamiento presidido por Juan Hormaechea apenas había realizado ninguna inversión y el resultado fue muy clarificador. En realidad, el elector de esas zonas no se sentía afectado por ese desamparo en las obras. Estaba recompensado de sobra por la satisfacción que le producían las inversiones que Hormaechea había realizado en El Sardinero, que le permitían presumir orgulloso de ciudad ante terceros, aunque viviese en La Albericia. Un sentimiento no muy distinto al que tiene cualquier aficionado del Madrid, por precaria que sea su economía familiar, al saber que su club puede pagar los fichajes más caros del planeta.

Revilla y Gorostiaga han sido los primeros gobernantes regionales que no han salido de ese Santander STV y probablemente sea el mayor cambio que han aportado a la política, el sociológico. Pero ese pecado original siempre les hará ser considerados como foráneos para una parte del electorado santanderino. Un problema al que también tiene que enfrentarse Ignacio Diego, el candidato del Partido Popular, que no es del todo bien visto por algunas élites capitalinas de su partido para las que Astillero, su lugar de procedencia ya está demasiado alejado del STV y no digamos Castro-Urdiales, donde nació.
El PRC es tan consciente como cualquiera de la existencia de este sentimiento y busca una escarapela que lo acredite como partido profesional, urbano y para los de toda la vida. Sabe que si quiere conseguir algo tiene que quitarse el ruralismo de encima con urgencia –al menos en Santander–. El olor a establo pasó a mejor vida hace años. Los ganaderos, representados como un totem del cantabrismo auténtico en las primeras campañas de regionalistas y populares, fueron al armario, porque se han quedado en tan pocos votos que a los partidos no les merece la pena asociar su marca con una imagen que tiene más pasado que futuro. Los discursos electorales están llenos de grandilocuentes promesas en favor de todo tipo de colectivos, pero la iconografía desvela otras verdades distintas. Una de ellas es que en pleno siglo XXI hay que seguir perteneciendo al STV para tener alguna posibilidad en Santander.

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