COLECCIÓN LAFUENTE:

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Hace trece años, José María Lafuente vendió prácticamente toda su colección de cuadros, recopilada con mimo al mismo tiempo que convertía la fábrica de quesos heredada de su padre en una de las mayores empresas del sector. Apenas se quedó con unos pocos lienzos, los de pintores cántabros, cuyo valor es más sentimental que patrimonial, y aquellos con los que se encontraba más identificado. A la vista de la espectacular evolución de la empresa, cualquiera hubiese supuesto que la intención era aprovechar esos recursos para las nuevas inversiones, pero Lafuente nunca se ha visto fuera del mundo de la cultura y, en realidad, lo que pretendía era reorientar esa actividad.
Había caído en sus manos la colección de Pablo Beltrán de Heredia, un erudito que estuvo detrás de muchos de las tertulias, ediciones y encuentros culturales que se celebraron en Cantabria en los años 40 y 50, hasta que un escrito suyo, secundado por un grupo de intelectuales y profesionales santanderinos en el que se pedía al ministro de Información y Turismo la abolición de la censura, le obligó a aceptar un puesto de profesor en la Universidad de Texas.

De coleccionar arte a interpretarlo

Lafuente hasta ese momento era un coleccionista de arte pero encontró un camino distinto en aquellos documentos originales de Beltrán de Heredia sobre los Encuentros de Altamira, un acto absolutamente inusual en la ramplona España de 1949 y 50, que congregó en Santillana del Mar a artistas españoles e internacionales como Mathias Goeritz, el escultor Llorens Artigas, Willi Baumeister, Alberto Sartoris, Ángel Ferrant, Eduardo Westerdhal o Rafael Santos Torroella.
Disponer del material que explicaba el surgimiento de algunos de los movimientos de vanguardia europeos le hizo pasar del coleccionismo de arte a sentir la necesidad de entenderlo, recuperando las fuentes originales. Y cambió los cuadros, los dibujos y las esculturas por manifiestos, cartes y fotografías que dieron cuerpo a los movimientos artísticos del siglo XX.
En un país como España donde los museos nunca han prestado mucha atención a la trastienda del arte, recopilar un material complejo de valorar y aún más complejo de exhibir parecía un extraño empeño de bibliófilo, hasta que la colección ha adquirido unas dimensiones que la hacen absolutamente singular.
Si en los años anteriores había coleccionado unas doscientas obras de arte, desde 2002, en que cambió radicalmente su proyecto, Lafuente ha conseguido reunir nada menos que 120.000 documentos. Poco después de adquirir el legado de Beltrán de Heredia, Lafuente compró el del crítico de arte Miguel Logroño, primer director de la biblioteca del Reina Sofía. No obstante, el empresario, de natural discreto, seguía siendo conocido por algo más prosaico, su industria quesera, que crecía tan rápido como su colección. Año tras año aumentaba sus ventas de loncheados, rallados y quesos para hostelería, hasta verse obligado a abrir una nueva fábrica en Heras, además de comprar una pequeña empresa familiar en Parma (Italia) y hacerse con el control de las instalaciones de la antigua Mantequería Arias en Arriondas (Asturias).
Los quesos fundidos y mozarellas de Lafuente se hacían dueños de los estantes de los supermercados pero el empresario dedicaba cada vez más tiempo a recopilar documentos o a editar con primor de relojero algunos libros dedicados a las vanguardias artísticas. Los quesos iban a los públicos más mayoritarios, buscando los precios más accesibles a la mejor calidad posible, mientras que sus libros iban dirigidos a un público extraordinariamente minoritario.
Esta dicotomía tan brusca, entre el industrial dispuesto a ensanchar su mercado dentro y fuera de España, y el intelectual empeñado en bucear en aquellos rincones del arte que solo puede valorar un especialista, tenía demasiadas probabilidades de acabar en fracaso, pero en su caso ha ocurrido exactamente lo contrario. Su empresa ha seguido creciendo, a pesar de la crisis y de su dedicación al arte, hasta llegar a situarse entre las mayores industrias de quesos del país, con una facturación de 90 millones de euros, que le permite compararse con las multinacionales más conocidas, y su colección se ha convertido en un inesperado tesoro que habrá que cuantificar.
Por el momento, y durante diez años, el Reina Sofía la va a tener en depósito, gracias a un acuerdo semejante al que en su día le permitió traer a España la Colección Tyssen, o el que recientemente ha alcanzado con otra cántabra, la galerista Soledad Lorenzo, que le ha cedido su colección de 406 obras, valorada en 16 millones de euros.
En los próximos meses, se fijará el valor patrimonial del archivo reunido por Lafuente, y el Ministerio de Cultura pasará a tener un opción de compra por la cantidad fijada, que podría ejercer al finalizar el periodo de cesión.
En el acuerdo han tenido un papel muy relevante el secretario de Estado de Cultura, José María Lasalle, y las autoridades cántabras, que han ofrecido como sede para la colección el edificio del Banco de España, que será necesario remodelar. Un emplazamiento estratégico, tanto por el inmueble en sí como por el entorno cultural que se está formando a su alrededor, con el Centro Botín, el Museo de Prehistoria, el futuro Museo de la Catedral o el que se ha abierto bajo la Porticada para poder entender los primeros pasos de Santander como ciudad.

Tres ámbitos distintos

El material que compone la colección de Lafuente es tan abundante que ha bastado y sobrado para mantener cuatro exposiciones simultáneas, tres de ellas en Santander (La idea del arte, en el MAS; Sol LeWitt: Libros. El concepto como arte, en el Paraninfo de la Universidad de Cantabria; y ¿Qué es un libro de artista?, en el Palacete del Embarcadero). La cuarta (Escritura experimental en España, 1965-1983) se muestra en el Círculo de Bellas Artes, de Madrid.
La colección está compuesta por dibujos, carteles, manifiestos, tarjetas y documentos relativos al surrealismo dadaísta, futurismo o constructivismo, además de libros de artista, revistas, grabados, postales, proyectos y fotografías que permiten entender los movimientos artísticos europeos, especialmente los que se produjeron en las efervescentes tres primeras décadas del siglo XX. También es muy importante el material recopilado sobre movimientos artísticos en España y Latinoamérica desde los años 60 y una valiosísima colección de libros internacionales sobre tipografía.
Hasta la eclosión que se ha producido este verano, cuando el material de Lafuente empezó a desplegarse ante los ojos del público en varias exposiciones, la colección sólo era conocida en un ámbito intelectual muy reducido, por más que algunos de sus fondos ya habían sido expuestos por la Fundación Juan March o en el propio Reina Sofía, complementando algunas de sus muestras.
Adquirir, catalogar, ordenar y organizar nada menos que cuatro exposiciones simultáneas es un trabajo arduo y no es fácil de compatibilizar con el funcionamiento diario de una empresa. Lafuente alivió parte de sus obligaciones al llegar a un acuerdo con Mercadona para convertirse en su interproveedor de quesos fundidos (los que se comercializan con la marca Hacendado), lo que le garantiza el crecimiento vegetativo de la empresa al ritmo que crece la compañía de distribución valenciana. A su vez, el Museo le facilitará la gestión de su ingente archivo y lo elevará a otra categoría. En este encaje de bolillos también sale extraordinariamente beneficiada Santander gracias al tirón del Reina Sofía, si sabe aprovecharlo.

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