Una vida recorriendo los Valles Pasiegos con sus helados
AMADA SAINZ, PREMIO MARÍA ROSA FERNÁNDEZ PACHECO 2026
Hace más de 80 años, los cántabros Juan Trueba y Rosa Antolín echaron a rodar una pequeña heladería en Sarón y la carredana Amada Sainz, que regenta el establecimiento desde hace 55, ha sabido dar continuidad al negocio que crearon sus suegros. En estos años, ha recorrido miles de veces la ruta de Carriedo, llevando helado de pueblo en pueblo y ganándose el cariño de varias generaciones de clientes. En la última la Gala de Primavera, celebrada en Castañeda, ha recibido el premio María Rosa Fernández-Pacheco 2026 al emprendimiento femenino en los Valles Pasiegos que concede la Asociación de Creadores de Cantabria.
¿Cómo ha recibido el premio?
Amada Sainz: –Me enteré de que iba a recibirlo apenas ocho días antes de la entrega. Mi familia ya conocía la noticia, pero me la ocultaron muy bien hasta prácticamente el final. Fui la última en enterarme.
Me hizo mucha ilusión. Durante la gala solo me salió dar las gracias a todo el mundo. He recibido felicitaciones de familiares, amigos y conocidos, y a día de hoy todavía sigo recibiéndolas. Sigo muy emocionada y satisfecha, especialmente por la clientela que tengo, que ha sido fundamental durante todos estos años.
P. ¿Cómo fueron los inicios del negocio familiar?
R. –La heladería comenzó con mis suegros Rosa Antolín y Juan Trueba hace ya más de 80 años. Él era natural de Bárcena de Toranzo y ella de Entrambasmestas. Antes de dar el paso, se habían dedicado a la ganadería, a lo mismo que muchas familias de la zona en aquella época.
Cuando mi suegro falleció, mi marido sacó el negocio adelante con su hermana y posteriormente me incorporé yo. Empecé a trabajar en la heladería cuando me casé. Desde entonces han transcurrido ya 55 años, así que se puede decir que toda mi vida ha estado ligada a este oficio.
P.- Si por algo se caracteriza un negocio artesanal y familiar es por la fuerte implicación de quienes están alrededor. ¿Ha sido también el caso de Helados Trueba?
R.- Prácticamente toda la familia ha trabajado en algún momento de su vida en la heladería. Mi hija Sandra empezó con 12 años. Compaginaba los estudios con el trabajo porque ambas cosas eran necesarias. Esa experiencia le permitió aprender mucho, sobre todo en el trato con los clientes, y entender que el dinero no llega solo. Para vivir, hay que trabajar.
P.- Durante muchos años recorrió los Valles Pasiegos con la furgoneta. ¿Cómo recuerda aquella etapa??
R. –Yo me encargaba de la ruta del valle de Carriedo. Iba de pueblo en pueblo y asistía a romerías y verbenas. Fueron años de muchísimo trabajo y muchos kilómetros. Las jornadas eran muy largas. Salía temprano por la mañana y, en fiestas, regresaba incluso a las tres de la madrugada.
La relación con los niños era muy cercana y muy bonita. Ellos ya sabían a qué hora iba a pasar por cada sitio y me los encontraba esperándome.
En alguna ocasión, si me retrasaba un poco, incluso me reñían. Eso demuestra hasta qué punto estaban pendientes. Por eso, siempre procuraba organizar bien la ruta y mantener unos horarios más o menos fijos en cada lugar.
Con la llegada de la pandemia, dejé de realizar este recorrido en furgoneta y no lo volví a retomar. En estos momentos, estamos centrados en atender desde este pequeño local.
P.- ¿Qué sensación le deja haber visto crecer a generaciones de clientes?
R. –Es difícil explicarlo con palabras. Después de tantos años trabajando de cara al público, no solo ves pasar a la gente, sino que formas parte de su vida. He visto venir a muchos clientes desde pequeños. Cuando eran niños se acercaban a la furgoneta o al local a por un helado, y ahora vuelven siendo adultos, incluso con sus propios hijos o nietos. Eso emociona, porque te das cuenta de que el tiempo ha pasado, pero el vínculo sigue ahí.
P.- ¿Qué sabores triunfaban antaño, y cómo han cambiado?
R. –Antes la oferta era mucho más limitada y se trabajaba con sabores muy tradicionales, como el mantecado, la fresa, el chocolate, la avellana o el limón. Había cuatro o cinco opciones como mucho.
Con el tiempo, esa variedad se ha ido ampliando considerablemente. A día de hoy, contamos con 22 sabores distintos, lo que refleja que el cliente busca más alternativas y está abierto a probar cosas nuevas. Esto también nos obliga a innovar constantemente y a adaptarnos a lo que se va demandando.
Aun así, hay una parte de la clientela que se mantiene fiel a los sabores de siempre. De hecho, es curioso ver cómo hay familias en las que los abuelos consumían, por ejemplo, helado de avellana y los nietos siguen eligiendo ese mismo sabor.
Ahora no hay un único sabor que destaque claramente por encima del resto. Si tuviera que señalar alguno, diría que el de queso es el que más se vende. Está muy de moda. El de mandarina también funciona muy bien y en los últimos dos años ha aumentado la demanda del helado de pistacho.
P.- La innovación es clave en sectores como el industrial, pero cada vez cobra más importancia en la alimentación. ¿Cómo desarrolla nuevos sabores?
R. –En ocasiones surgen por sugerencias de los clientes, pero muchas veces nacen de mis propias ideas. Les doy mi toque personal. Lo más importante es lograr un buen equilibrio en las proporciones de la materia prima. En el mostrador, tenemos disponibles sabores de todo tipo, hasta de nube.
P.-¿Qué sacrificios ha realizado para mantener a flote su heladería?
R. –Fundamentalmente el tiempo de ocio. La temporada empieza a finales de marzo y se prolonga hasta noviembre. Durante esos meses, no tengo ni una hora libre. Trabajo hasta muy tarde, incluso hasta la madrugada algunos días. El helado hay que venderlo, pero también elaborarlo. No es un oficio que se pueda realizar a medias. Requiere constancia, dedicación y muchas horas de esfuerzo diario.
Eso sí, cada vez que concluye una temporada, aprovecho para estar con mi familia. En mi caso, paso el resto del tiempo en Sevilla, donde viven mi hija y mis nietos. Esos meses fuera me permiten descansar, disfrutar de ellos y recuperar energías.
P.- ¿La clientela de su local procede en su mayoría de Cantabria?
R. –Es muy variada. Atendemos a vecinos de la zona y a cántabros de otros puntos de la región, pero también a turistas de otras comunidades autónomas e incluso extranjeros. Tengo unos clientes italianos que pasan el verano en Santander y siempre vienen hasta aquí a por helado. También aterrizan clientes procedentes de Pamplona y Alicante, que cuando están por la zona, se acercan expresamente y en muchos casos se llevan producto para casa. Con el tiempo, muchos de ellos se han convertido en clientes habituales.
Además, en los últimos años también he recibido estudiantes de Erasmus que viven aquí durante un tiempo determinado. Uno de ellos me hizo un dibujo que todavía conservo y tengo expuesto en el establecimiento. En esa pintura, aparezco yo frente a la heladería. Son detalles que marcan.
Recuerdo también una anécdota muy especial con una médica que estuvo destinada en el centro de salud Pisueña Cayón, situado frente a mi heladería. Cuando se marchó a trabajar a otro país, Mercedes, una amiga suya, decidió llevarle helado de queso para que lo probara. Tuvo que facturar una nevera cargada de bloques de hielo para mantener el producto en perfectas condiciones durante el vuelo. Son historias que demuestran el cariño de los clientes.
P.- A sus 78 años, ¿ve próximo el momento de jubilarse y ceder el testigo a la siguiente generación familiar?
R. –Mi trabajo siempre me ha gustado mucho y eso es fundamental para haber podido seguir tantos años. Si no me gustase, con la edad que tengo ya lo habría dejado.
El relevo generacional es una cuestión complicada. Si mi hija viviese aquí, probablemente continuaría con el negocio, pero sus hijos no tienen intención de instalarse aquí y es comprensible. Seguiré hasta que el cuerpo aguante.
David Pérez



