Un nuevo espacio para dar el último adiós desde Santillana del Mar

La Montañesa inaugura un tanatorio junto a Sierrallana

A los tanatorios que la Funeraria La Montañesa tiene en Santander, Santa María de Cayón, Laredo y Puente Viesgo se va a sumar otro en Santillana del Mar. Un edificio de 950 metros cuadrados de superficie construida, 8.000 de terreno y una inversión de 2,5 millones de euros, enclavado en la ladera que separa el Hospital de Sierrallana de Puente San Miguel. Desde aquí esperan dar servicio y acompañar a los residentes de la zona en uno de los momentos más difíciles: dar el último adiós a un ser querido.A los tanatorios que la Funeraria La Montañesa tiene en Santander, Santa María de Cayón, Laredo y Puente Viesgo se va a sumar otro en Santillana del Mar. Un edificio de 950 metros cuadrados de superficie construida, 8.000 de terreno y una inversión de 2,5 millones de euros, enclavado en la ladera que separa el Hospital de Sierrallana de Puente San Miguel. Desde aquí esperan dar servicio y acompañar a los residentes de la zona en uno de los momentos más difíciles: dar el último adiós a un ser querido.


Más de 40 años lleva La Montañesa, fundada en 1981, acompañando a los cántabros en sus despedidas. Esta empresa funeraria dispone de una sólida red de oficinas repartidas por la geografía cántabra y cuenta con tanatorios en Santander, Santa María de Cayón, Laredo y Puente Viesgo.

Aunque esta estructura ya le ha permitido alcanzar una cuota del 36% en el mercado regional, La Montañesa no ceja en su estrategia de expansión y ha concluido un nuevo tanatorio en Santillana del Mar. Unas instalaciones en las que espera dispensar cerca de 800 servicios más al año; 550 en salas velatorias cedidas a otras funerarias y unos 250 gestionados directamente.

El nuevo tanatorio está situado a los pies del Hospital de Sierrallana, en la ladera noroeste, orientada hacia Puente San Miguel, y le ha supuesto una inversión de 2,5 millones de euros.

La elección de este enclave no ha sido casual. La Montañesa pretende dar servicio a la población de Santillana del Mar y Villapresente, que aún no tenían un tanatorio cerca, y cuando presentaron el proyecto a los regidores de los dos municipios tanto la alcaldesa de Santillana del Mar, Sara Izquierdo, como Pablo Diestro, alcalde de Reocín) mostraron un claro apoyo, según Joaquín Cavero, director de La Montañesa.

Las nuevas instalaciones esperan recoger, además, la demanda originada por su proximidad al Hospital de Sierrallana y, en general, la del entorno de la mancomunidad Altamira-Los Valles (Cartes, Reocín y Santillana del Mar).

Seoane: ‘El diseño va dirigido a favorecer el recogimiento’

Los arcos de medio puntos dan la bienvenida a las instalaciones y vertebran el pasillo central.

“La gente quiere desplazarse lo mínimo”, defiende Cavero. Tras más de dos décadas vinculado a los servicios funerarios, el director de La Montañesa sabe que la proximidad a un tanatorio ayuda a minimizar las incomodidades añadidas y mejora, aunque sea levemente, el tránsito de las despedidas.

Como sucede con la ubicación, el resto de decisiones que han ido dando forma al proyecto tampoco han sido fruto del azar. La experiencia de la empresa funeraria y la profesionalidad del estudio arquitectónico Zooco —con base en Cantabria y Madrid— se ha plasmado en el edificio. “Queremos que los usuarios se sientan cómodos dentro de la complicada situación por la que están pasando”, confirma el arquitecto Jorge Seoane, del estudio Zooco. Su diseño ha buscado que el espacio resulte “lo más agradable y cómodo posible, al igual que lo hace la funeraria con la prestación de sus servicios”.

Los trabajos los ha realizado la constructora cántabra Copsesa, que ha coordinado también la labor del resto de empresas que han participado en esta obra.

Salvaguardar la solemnidad

Casi 78.000 años de antigüedad tienen los vestigios del primer enterramiento confirmado de un humano. Poco ha cambiado el rito desde entonces, y preservar la “solemnidad” ha sido otra de las premisas esenciales a la hora de concebir el tanatorio de Santillana. “La muerte es de las pocas cosas serias que quedan”, sostiene Seoane, que hace énfasis en cómo su diseño va dirigido a “favorecer el recogimiento”.

El tanatorio cuenta con salas privadas para los servicios, y otros espacios equipados con mesas y sofás que, pese a ser comunes, gozan de intimidad gracias a los muros laterales.

En un mundo lleno de estímulos y en el que el tiempo parece haberse acelerado, adentrarse en el edificio invita a parar, bajar el ritmo y concentrarse en el presente.

La entrada principal al tanatorio está presidida por un arco de medio punto al que le suceden otros siete formando el pasillo central, la arteria que divide todo el espacio. A cada lado se abren otras dos hileras de arcos. Estas se sitúan a la izquierda, para alojar las cuatro salas de velatorio, y están recorridas por un pasillo interior al que solo tienen acceso los trabajadores y desde el que llevan a cabo los traslados y preparativos.

Cada habitáculo está ligeramente separado por muros sobre los que descargan más arcos, creando dos espacios diferenciados en cada sala. En uno de ellos, se sitúa una gran vitrina, donde se coloca el féretro. En el otro, hay un espacio para el encuentro.

Frente a las salas, en el lateral derecho del edificio, hay espacios abiertos y unos arcos forman vanos separados, donde se han dispuesto mesas y sofás para que las familias puedan esperar o reunirse sin necesidad de entrar en los velatorios. Esto evita, según Cavero, que “se puedan ver invadidas” por personas de la sala contigua, y traslada la “privacidad hasta las zonas comunes”. “Las familias quieren intimidad, tanto dentro como fuera de la sala”, destaca el director de La Montañesa.

La situación abalconada del tanatorio y las enormes cristaleras que hacen las veces de pared exterior ofrecen una impresionante panorámica de la mies de Puente San Miguel. “Cuando visitamos el terreno para comprarlo, las vistas nos impresionaron”, recuerda Cavero. El edificio, de 900 metros cuadrados, y el terreno, de casi 8.000, parecen más amplios gracias a estos ventanales.

La luz solar entra también por unas singulares estructuras acristaladas. Destaca una central con forma circular, orientada hacia un patio interior y que, gracias a unos adoquines de cristal, deja pasar la luminosidad, baña las salas de velar y se cuela en los espacios comunes, como el pasillo principal, mediante un juego de arcos invertidos.

“Tener unas vistas despejadas y un entorno luminoso con luz natural contribuye a que no te sientas encerrado. De ahí también que haya patios abiertos”, explica Seoane.

Las cuatro salas velatorias están cerradas y tienen, además de la vitrina donde se coloca el féretro, entradas de luz natural.

La combinación de los muros altos, los arcos y las entradas de luz desde el exterior tiene unas claras connotaciones “eclesiásticas”, admite el arquitecto. Las formas recuerdan a iglesias, catedrales o mezquitas, como la de Córdoba, pero gracias al eclecticismo y a que no hay referencias directas a una u otra creencia, se facilita la convivencia de oficios religiosos y laicos.

Estos códigos arquitectónicos, asociados a la espiritualidad, propician también las conductas respetuosas. “Cuando estás dentro de esos, sientes cosas. Entras a una iglesia y hablas bajo de forma instintiva”, constata el arquitecto de Zooco. “Lo que buscamos es que el espacio invite a estar en calma”, agrega.

Materiales que evocan

Convertir un lugar funcional, como es un tanatorio, en un espacio que llame a la reflexión, no resulta sencillo y esta obra, en concreto, por su singularidad, ha presentado varios retos arquitectónicos y constructivos.

Fernando Escallada, jefe de obra de Copsesa, señala los “ladrillos caravista”, de un color amarfilado, como el mayor desafío que han tenido que sortear. “Prácticamente ya no quedan albañiles caravisteros, y hemos llegado a contratar hasta cuatro empresas”, subraya. Se lamenta de que, mientras este tipo de acabados está experimentando un claro auge —ya hay varias obras en Cantabria con revestimientos de ladrillo caravista, como la del MUPAC—, el oficio está en riesgo de desaparecer.

El edificio tiene numerosos espacios abiertos y acristalados que aportan gran luminosidad y también unas vistas privilegiadas del entorno.

El equipo de Zooco quería que los materiales que ejercen de “soporte y división” funcionasen como acabados por sí mismos, por su alto valor estético y para armonizar el edificio. Desde un principio, los arquitectos limitaron la paleta de materiales, optando por el ladrillo caravista y la madera de roble natural como elementos principales. “Queríamos sintonía”, revela Seoane; “que los suelos empatasen con las maderas que aparecen en las distintas salas.

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La selección también ha ido dirigida a “explotar su solemnidad” y continuidad en el tiempo. “El ladrillo”, apunta, “al ser cerámica cocida, puede perdurar 200 años. Nos moriremos todos y seguirá aquí”. Contrapone esta durabilidad a los materiales metálicos que se han abierto paso en las edificaciones civiles durante las últimas décadas, y que, con el paso del tiempo, han resultado tener una “mala vejez”, en su opinión.

La madera de haya acompaña al ladrillo caravista amarfilado y, junto a la entrada de luz, potencia la luminosidad de las estancias.

Aunque los materiales tradicionales dominan la estructura, ha sido necesario emplear otros acabados como la carpintería exterior e interior de aluminio eficiente, instalados por la compañía, también cántabra, Nogar, que se ha encargado, además, de las barandillas de vidrio, la puerta automática y otros remates singulares conformados con panel composite.

Construir sin interrumpir las vistas

La ubicación privilegiada de este tanatorio singular era, a su vez, un hándicap. Al estar inserto en un enclave natural, se trabajó a conciencia en concebir el diseño de tal modo que interfiriera lo mínimo en el paisaje.

Una cubierta ajardinada permite suavizar el impacto visual en el paisaje.

Por ello, el exterior de ladrillo caravista color marfil y grandes cristaleras se acompañó de amplias zonas ajardinadas. A su vez, la techumbre plana está coronada por una cubierta vegetal, realizada por Diego Jardinería, lo que favorece que el edificio se fusione con el monte, y evita que entorpezca las vistas desde el Hospital de Sierrallana.

Nuevas formas de despedirse

Mirando hacia los jardines desde uno de los grandes ventanales del tanatorio, Cavero reflexiona sobre lo que busca su clientela: “Este es un servicio muy tradicional que apenas ha cambiado en los últimos años”. Según su experiencia, los cántabros son “muy tradicionales” y la mayoría de las ceremonias siguen siendo religiosas, aunque en La Montañesa acogen algunas civiles que ellos mismos se ofrecen a oficiar. Eso no impide que se observe un claro incremento de las cremaciones, hasta superar a las inhumaciones. En la comunidad autónoma, las incineraciones ya constituyen el 52% de la demanda, y llegan al 60% en las zonas urbanas, como Santander.

Consciente de que esta opción va ganando terreno como última voluntad, y de que depositar las cenizas se ha convertido en un quebradero de cabeza para los familiares, Cavero avanza la futura intención de su empresa de acondicionar un jardín para esparcirlas e instalar columbarios. Si bien aún es un proyecto, es una muestra de la necesidad de adaptarse a los cambios y de mejorar el acompañamiento a quienes se quedan. Y ahora, desde un punto más, el nuevo tanatorio de Santillana del Mar.

Begoña Cueli.

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