Sniace, el desolado paisaje después de la batalla final
Sniace, el desolado paisaje después de la batalla final El desmantelamiento de la fábrica deja un paisaje de edificios descarnados cuyo fin, en muchos casos, no está claro
Poco a poco, en los casi 600.000 metros cuadrados que ocupaba Sniace van desapareciendo todo lo que podía tener algún valor, y la factoría se convierte en un gigantesco fantasma de enormes edificios agujereados sin compasión y de achacosos viales que ya no conducen a ninguna parte. Allí, la Red de Patrimonio de Cantabria ha tratado de salvar lo que ha podido de una planta vital para la memoria industrial de Cantabria, que no ha sido mucho.
Para su sorpresa, cuando los administradores concursales les autorizaron el acceso y la posibilidad de rescatar algunos documentos o muestras de ese pasado, se encontraron unas dependencias congeladas en el tiempo, donde todo continuaba como el siguiente turno de trabajo fuese a aparecer en cualquier momento: los cascos, los archivadores, los vasos de café… Rescataron lo que, por su pequeño tamaño o por su valor histórico, pudieron salvar con sus modestísimos medios, y lo alojaron temporalmente en las naves de Papelera del Besaya, propiedad del Gobierno de Cantabria, que en su día fueron de Sniace y forman parte del recinto.

Por desgracia, en las 24 horas que pasaron desde que abandonó la fábrica la administración concursal, con sus vigilantes de seguridad, y llegaron las dos empresas chatarreras que se han adjudicado los restos, las instalaciones fueron vandalizadas, incluidas las de Papelera del Besaya, y perdieron parte de lo que trataban de preservar, a pesar de que no tenía un valor venal, como la chatarra de cobre o el hierro.
Después de recomponer lo que pudieron, parte del material se ha exhibido en el Mercado Nacional de Ganados de Torrelavega, donde la asociación ha reconstruido la historia de la fábrica que es, al mismo tiempo, la de la ciudad, a través de estos testimonios, y los aportados por extrabajadores, expertos y profesores de la Universidad de Cantabria.
La exposición ha hecho un recorrido por las actividades de Sniace, los productos que elaboraba a partir del eucalipto, la forma de vida de sus trabajadores, los movimientos laborales y el impacto ambiental que ha tenido sobre la zona.
Sniace fue una fábrica compleja, con cuatro secciones independientes entre sí pero complementarias, además de unas enormes propiedades y concesiones forestales. De cada una de ellas han mostrado equipos de fabricación, instrumental de laboratorios, productos finales, notas de prensa, archivos, planos e, incluso, una película de 35mm, que apareció en las oficinas. Un material con el que la Red Cántabra de Patrimonio va a crear el Fondo Sniace, que una vez catalogado y conservado convenientemente, será expuesto al público.
Sniace se creó en 1939, nada más acabar la Guerra Civil, por las necesidades imperiosas de contar con fibras textiles que tenía España, aislada y en un contexto exterior muy difícil. El 75% del capital lo aportó Banesto, pero también participaron el HispanoAmericano, el Urquijo y el Vizcaya, además de la italiana Snia Viscosa –el socio tecnológico–, que tenía el 25%.

Muchos de los documentos de la primera época están en italiano o son firmados por directivos italianos, lo que demuestra el control que tenían sobre la fábrica. También delatan un notable paternalismo, ya que aparecen reflejadas muchas circunstancias particulares de los trabajadores, con ánimo, se supone, de ayudarles.
En 1940, Sniace fue declarada empresa de interés nacional, lo que le otorgaba un estatus muy especial de exenciones fiscales y autorizaciones para importar maquinaria en una época en la que la absoluta carencia de divisas impedía cualquier compra al exterior.
Ese mismo año se empezaron a firmar los consorcios con entidades locales y a realizar las plantaciones de eucalipto, cuya primera corta se produjo en 1952.
Los edificios fueron diseñados por el ingeniero de minas Valentín Vallhonrat, empleando innovadoras estructuras de hormigón armado. En las 60 hectáreas de superficie que consigue acumular la fábrica, se construyó una planta de celulosa de 6.000 m2, otra de viscosa (7.000 m2), unos almacenes de fibras (44.000 m2), una central eléctrica, una planta de bisulfitos y los servicios generales (10.000 m2). En la construcción tuvieron una participación significativa los presos republicanos que estaban encarcelados en los Depósitos de Tabacalera, en Santander.
La primera fábrica, la de celulosa, comenzó a trabajar en 1950 y un año después se realizó una ampliación de capital de 100 millones de pesetas (0,6 millones de euros) para crear filiales que pudiesen completar el proceso de producción de los tejidos con tintados y estampados. Esa filial (Fibracolor) se hizo en Tordera (Barcelona).
La implantación fue muy rápida. En 1952 ya estaba en marcha la segunda fábrica de celulosa y la central termoeléctrica. Simultáneamente, se construyen 700 viviendas para los obreros (el poblado de El Salvador), el Grupo Escolar, el Campo de Deportes, el Velódromo y el Pabellón Deportivo.
No todo fue tan positivo. El Besaya, que hasta entonces era un río vivo, con no pocos salmones, empezó a recibir las lejías bisulfíticas, un residuo del proceso de la celulosa que acabó con la vida que tenía, aunque es cierto que se buscaron soluciones, con poco éxito, como usar esas lejías como combustible o reconvertirlas en materia prima para otros productos.
En 1964 se construyó la fábrica de levadura y cebo, que utilizaba como materia prima los residuos de celulosa, y se empezó a producir glicolato, un espesante útil para la industria textil, alimentaria y farmacéutica. También ese año se pone en marcha la fábrica de papel, que devoraba 950.000 apenas de eucalipto al mes.
Para 1970 ya se producía celulosa, viscosa para fibrana (fibra cortada) y rayón (fibra continua), pasta de celulosa para papel, papel, lignosulfitos en polvo, espesante, levadura cebo y poliamida (nylon 6), además de los tintados, estampados y acabados, que se hacían en Barcelona.
Llegan las crisis
A medida que España se liberalizaba económicamente, Sniace perdía su estatus de empresa superprotegida y a mediados de los 70 surgen las primeras dificultades por la crisis que atravesaba el sector textil en toda España. Los agobios financieros que sufre la fábrica y la presión de las nuevas normativas ambientales acaban por provocar un riesgo de cierre (1990), que se queda en una suspensión de pagos (1992). Banesto, que para entonces era ya prácticamente el único propietario de peso, acaba por desentenderse, y se plantea un plan de reestructuración que, de una u otra forma, afecta a los 1.010 trabajadores vinculados a la planta. 800 de ellos se encierran durante 48 días y gracias al apoyo social de Torrelavega, que siente la pérdida de Sniace como un jalón irreparable en su desindustrialización, se consigue mantener la actividad, aunque en 1996 la planta vuelve a parar por el embargo de la maquinaria.
Los voluntariosos intentos de algunos accionistas permiten su continuidad contra viento y marea, ya que se enfrentan a nuevas normativas ambientales que encarecen su producción en un momento en que los precios internacionales de la celulosa y las fibras se habían hundido. A pesar de que llegan a reducir su actividad a la celulosa y la fibrana, en algunas ocasiones ni siquiera pueden cumplir esas normas, lo que provoca el procesamiento de su presidente y de seis consejeros.

Nada sale bien. Las expectativas de restablecerse económicamente gracias a la concesión de un parque eólico de 190 Mw, en alianza con el Banco Santander y Helium, se disipan cuando el Gobierno de Ignacio Diego tumba el reparto que hicieron sus predecesores en 2010.
Sniace ni siquiera tiene tiempo de sacar rendimiento de los importantes avances genéticos que consigue la filial Bosques 2000 al lograr una variedad de eucaliptos inmune al mycosphaerella, una enformedad que asola estas plantaciones.
En 2013 la empresa se ve obligada a despedir a sus 533 trabajadores, cerrando la factoría. Pero Sniace se resiste a morir y en 2015, tras una ampliación de capital de 15 millones de euros, en la que participan el asturiano Sabino García Vallina, dueño de TSK, y Félix Revuelta, de Naturhousea, se inicia una reapertura muy complicada y costosa.
Aún aportarán otros 24,5 millones de euros para adquirir maquinaria moderna y presentan nuevos productos, como la fibra retardante de llama o la destinada a toallitas biodegradables, pero la pérdida del acuerdo con Lignotech Ibérica y nuevas caídas de los precios de la celulosa acaban con las ilusiones. La fábrica cerrará definitivamente en 2020, al no poder afrontar los pagos ordinarios.
Se inicia una liquidación que ha acabado con su desmantelamiento, en el que dos empresas chatarreras, Metalgara y Veaco, han troceado y retirado ya prácticamente todo el metal aprovechable, incluida la nueva maquinaria. Lo que quede pasará a manos de RIC Energy, que se adjudicó el suelo en 6,7 millones de euros, aunque el mayor coste será descontaminarlo. Los bosques, después de un proceso judicial, han acabado en manos de ENCE.
El proceso ha concluido en septiembre con la venta de los terrenos de Lylion y la depuradora, y queda por resolver el destino de varios edificios catalogados por el Ayuntamiento de Torrelavega, por su valor arquitectónico o industrial y que, por tanto, no pueden derribarse, pero nadie sabe muy bien cual será su destino.






