La silenciosa desaparición de angulas y salmones de los ríos de Cantabria

Las capturas de estas especies son ya tan testimoniales que difícilmente se podrán recuperar

Hubo un tiempo en que los ríos de Cantabria eran sinónimo de abundancia. En otoño, las desembocaduras se llenaban de pequeñas angulas transparentes que remontaban los cauces como una marea viva. En primavera y verano, los salmones regresaban desde el Atlántico Norte hasta los mismos lugares donde habían nacido, convertidos en piezas codiciadas por los pescadores deportivos y símbolo de la riqueza natural del norte peninsular. Hoy, apenas quedan rastros de angulas y salmones y nadie sabe con certeza los motivos.


Las angulas prácticamente han desaparecido de las rías y estuarios del Cantábrico. El Gobierno Vasco este año ya ha prohibido su pesca y en el resto de comunidades de la cornisa las capturas son mínimas. En Cantabria apenas se conceden una treintena de licencias cada año y aquellos centenares de puntos de luz nocturnos de los pescadores que con sus ceazos filtraban las rías para atrapar estos alevines en las noches de otoño y del comienzo del invierno solo son historia, igual que la profusión de anguilas adultas que serpenteaban en el lodo de los regatos costeros cada vez que alguien movía una piedra.

El Centro Ictiológico de Arredondo, del que salen cientos de miles de alevines de salmón al año para repoblar los ríos. Unos programas que no han logrado el éxito previsto.

Con el salmón atlántico ocurre algo parecido. Aquella conquista laboral de los trabajadores que eran contratados en los pueblos ribereños del Asón para no verse obligados a comer salmón cada día parece hoy inverosímil, porque en los últimos cinco años en esa cuenca apenas solo se han izado a tierra 61 y en toda Cantabria 238, menos de los que hace dos o tres décadas se pescaban en un solo ejercicio. El campano, el primero de la temporada, que era festejado cada primer o segundo día de campaña, este año ha tardado un mes en salir desde que se abrió la veda.

Siete salmones en la última campaña

Con estos datos en la mano, la probable decisión del Ministerio para la Transición Ecológica de incluir el salmón en el LESPRE, el catálogo de las especies protegidas e impedir su pesca quizá no suscite ni una queja, porque la diferencia práctica entre permitir las capturas o prohibirlas es casi nula. El desánimo de los pescadores y la constatación por parte de los guardarríos de que no hay ejemplares en los pozos da una idea muy clara de cuál es el futuro de esta pesquería, que el País Vasco, Navarra y Galicia ya han prohibido.

El pasado año, en los ríos salmoneros de Cantabria apenas se han capturado ocho ejemplares (siete en el Pas y uno en el Nansa) cuando a comienzos de los 90 aún se pescaban más de 500. La paradoja es que por entonces no se habían iniciado los saneamientos de las cuencas y prácticamente todos los ayuntamientos ribereños lanzaban sus residuos líquidos a los ríos, con total impunidad, algo que afortunadamente ya no ocurre.

Quizá ya era demasiado tarde para los salmones, y no han vuelto. Tampoco ha tenido el efecto deseado la cría de alevines y su suelta en los ríos para que completen ahí su ciclo vital: de los alrededor de 500.000 que cría y libera cada año el Centro Ictiológico de Arredondo apenas retorna ninguno, bien porque no sobreviven a esas fases iniciales de desarrollo, bien porque una vez en el mar se desorientan y no encuentran la ruta de vuelta.

Las capturas en el Asón, el Pas, el Nansa o el Deva siempre fluctuaron en cada campaña, pero había dos certezas: el Asón era el más productivo y la temporada de pesca en la región se saldaba siempre con varios centenares de peces. Ahora prácticamente no hay diferencias entre los ríos, porque no se pesca nada en ninguno.

De la abundancia al declive

Los anguleros más veteranos recuerdan noches enteras en las desembocaduras del Pas, el Asón o el Deva recogiendo kilos y kilos. Las crías de la anguila europea aún no se habían convertido en un lujo gastronómico con precios desorbitados, pero en muchos pueblos costeros suponían un complemento económico para  las familias.

Ahora, la anguila europea ya está catalogada como especie en peligro crítico y los científicos hablan de descensos superiores al 90% con respecto a las poblaciones históricas. Los estuarios cántabros, donde antes entraban enormes cantidades de angulas que habrían cruzado todo el Atlántico en grandes bolas que se disgregaban a medida que se acercaban a las costas y los ejemplares se repartían en función de sus orígenes, solo registran ahora entradas testimoniales.

Un problema con muchas causas

Los expertos coinciden en que el declive es consecuencia de una suma de factores que se retroalimentan. Presas, azudes y pequeñas infraestructuras dificultan o impiden que los peces remonten los cauces para reproducirse. Aunque en las últimas décadas se han construido escalas salmoneras y se han eliminado algunos obstáculos, muchos tramos siguen fragmentados.

A ello se suma la degradación de los hábitats fluviales. Durante décadas, los ríos sufrieron vertidos industriales y urbanos, canalizaciones y pérdida de vegetación de ribera. Aunque la calidad de las aguas ha mejorado francamente respecto a los años ochenta y noventa, los ecosistemas fluviales no se han recuperado completamente.

El cambio climático añade un nuevo factor de presión. Los salmones necesitan aguas frías y bien oxigenadas. Se sabe que el aumento de las temperaturas y las alteraciones en los caudales afectan directamente a su supervivencia. Todo lo demás está por conocer, por ejemplo, por qué muchos salmones no regresan del mar. El ciclo vital de la especie depende de su estancia en el Atlántico Norte, donde también se están produciendo alteraciones climáticas y ecológicas.

Las angulas afrontan una situación aún más compleja. La anguila europea realiza uno de los ciclos migratorios más extraordinarios del planeta: nace en el Mar de los Sargazos, cruza el Atlántico y llega a las costas europeas en forma de angula. Tras años en ríos y humedales donde se convierte en anguila, regresa al océano para reproducirse.

Ese ciclo se ha roto en muchos puntos. La contaminación y la pérdida de humedales ha reducido sus áreas de refugio. También influyen los parásitos, la presión pesquera histórica y el tráfico ilegal internacional, que mueve millones de euros cada año debido al altísimo valor de las angulas en el mercado asiático.

Una suelta de alevines de salmón, con los niños de una escuela como espectadores.

Ante esa alarmante desaparición de salmones y angulas, las administraciones han endurecido las regulaciones de forma progresiva. En Cantabria, las temporadas de pesca del salmón son cada vez más cortas y restrictivas. Se han reducido cupos, limitado cebos y establecido vedas temporales.

Con las angulas, las limitaciones han sido todavía mayores. Los periodos autorizados se han reducido drásticamente y las cuotas de pesca admitidas son mínimas en comparación con las de hace décadas. En varias comunidades autónomas ya se ha prohibido completamente la pesquería, pero nada de eso ha conseguido revertir la tendencia.

Las organizaciones ecologistas reclaman desde hace tiempo una prohibición total de la pesca de la angula, la única especie de la que se sigue permitiendo extraer alevines pero los pescadores no se sienten responsables del declive y recuerdan que las capturas actuales son mínimas.

Millones invertidos en repoblaciones

Pocas políticas simbolizan tanto esa lucha contra el declive como los programas públicos de reproducción y repoblación del salmón. Desde hace décadas, Cantabria viene invirtiendo importantes cantidades en programas de cría en cautividad y sueltas masivas de alevines. El referente es el Centro Ictiológico de Arredondo, creado para intentar sostener las poblaciones de salmón atlántico.

Las cifras impresionan. A lo largo de los años, el Gobierno regional ha liberado millones de ejemplares entre huevas, alevines y juveniles en ríos como el Asón, Pas, Deva, Nansa o Besaya.

Las administraciones presentan estos programas como una herramienta fundamental para evitar el colapso de la especie, pero el balance real genera muchas dudas, porque las poblaciones salvajes siguen sin recuperarse.

El problema es que criar salmones en cautividad y soltarlos no garantiza que sobrevivan ni que regresen años después para reproducirse. Las tasas de retorno son muy bajas. Muchos ejemplares mueren antes de alcanzar el mar y otros desaparecen durante su fase oceánica.

Algunos científicos advierten, además, de riesgos genéticos asociados a estas repoblaciones. Mantener durante décadas programas intensivos de cría artificial puede alterar las poblaciones naturales y reducir su capacidad de adaptación.

La contradicción de conservar y pescar

La gran contradicción que afrontan las autoridades es evidente. Destinan millones de euros públicos a recuperar el salmón pero siguen  permitiendo —aunque sea de forma muy limitada— la captura de ejemplares maduros, los que podrían reproducirse. Unos salmones que llegan a los ríos en los que nacieron después de cruzar dos veces el océano en un esfuerzo titánico y se quedan a pocos metros de completar su ciclo vital con la freza, el desove, en las mismas piedras en las que comenzó su historia.

Para entenderlo hay que tener en cuenta la presión política de muchos pescadores deportivos, que aceptan restricciones severas pero consideran que prohibir totalmente la pesca rompería una tradición centenaria.

Difícil vuelta atrás

Cada vez más expertos consideran que la recuperación de estas especies exige un cambio radical de enfoque y piden centrarse en restaurar los ecosistemas fluviales. Eso implica eliminar barreras innecesarias, mejorar las escalas para peces, recuperar bosques de ribera, asegurar caudales ecológicos y reducir la contaminación.

También reclaman una mayor coordinación entre administraciones porque los peces migratorios no entienden de fronteras regionales ni nacionales. No obstante, son muy pocos los que confían en que existan medidas realmente eficaces para revertir la desaparición de estas dos especies tradicionales.

Probablemente no veamos nunca más pescar salmones y las angulas que salgan de nuestros ríos no pasarán de ser unas cantidades simbólicas: unas pocas decenas de kilos al año, las que en su día podía llegar a capturar un solo pescador ribereño en una campaña.


El oro transparente que viaja en maletas hacia AsiaEl oro transparente que viaja en maletas hacia Asia

Angulas capturadas en los ríos de la cornisa cántabra e intervenidas en el aeropuerto de Barajas, de donde partían hacia Asia.

Una parte de las pocas angulas que todavía tratan de remontar los ríos europeos acaban en Asia, y no llegan atravesando océanos sino por avión. En los últimos años, la Guardia Civil ha desmantelado numerosas redes dedicadas al tráfico ilegal de angula europea hacia los países asiáticos y ha decomisado más de 24 toneladas de angula viva. Para los agentes, no es extraño intervenir en los aeropuertos maletas aparentemente normales que esconden decenas de bolsas con agua, botellas de oxígeno y miles de crías vivas de anguila destinadas a China o Hong Kong.

El método se ha sofisticado enormemente. Las organizaciones criminales utilizan maletas acondicionadas térmicamente, dobles fondos y bolsas especiales con oxígeno para mantener vivas las angulas durante estos larguísimos trayectos. Después de adquirirlas a los pescadores a pie de río, las redes han logrado desarrollar sistemas capaces de garantizar la supervivencia de los animales durante unas 42 horas de viaje.

El objetivo final suelen ser piscifactorías asiáticas donde son criadas hasta convertirse en anguilas adultas cuyo mercado es gigantesco.

La reproducción artificial completa de la anguila sigue siendo extremadamente compleja, de modo que Asia continúa dependiendo de capturas salvajes procedentes de Europa.

Las cifras manejadas por las fuerzas de seguridad explican por qué este tráfico se ha convertido en una actividad propia del crimen organizado internacional. El kilo de angula puede alcanzar en Asia precios cercanos a los 9.000 euros, dependiendo de la demanda y de la escasez de la temporada.

Incluso así, la rentabilidad que ofrece su crianza hasta que se convierten en anguilas es tan alta que las organizaciones asumen pérdidas importantes durante el transporte.

Piscifactoría asiática dedicada a la crianza de las anguilas, a partir de las angulas que llegan ilegalmente de Europa.

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