La nueva versión de un icono urbano
FARO SANTANDER
Cuando el 8 de septiembre se inaugure el nuevo museo Faro Santander es muy probable que los protagonistas no sean las obras de la exposición temporal ni las que posee el Banco de grandes maestros de la pintura sino el edificio, sus terrazas y, sobre todo, las vistas que ofrecen de Santander. Tiempo habrá para todo lo demás, porque ni se va a poder exponer toda la colección que ha acumulado la entidad (solo una pequeña parte) ni se van a conocer aún todas las actividades que está previsto desarrollar para que sea un espacio participativo.
La transformación del antiguo edificio corporativo del Banco en Faro Santander ha supuesto años de trabajos y una intervención de enorme complejidad técnica. No se trataba únicamente de rehabilitar un inmueble histórico protegido, sino de adaptarlo a los estándares museísticos y culturales del siglo XXI.

A diferencia de otros proyectos de rehabilitación que buscan introducir elementos arquitectónicos llamativos para evidenciar la transformación, la intervención del reputado arquitecto británico David Chipperfield se caracteriza precisamente por lo contrario. La mayor parte del esfuerzo técnico permanece oculta. El visitante percibe espacios más claros, mejor conectados y más luminosos, pero detrás de esa aparente sencillez existe una compleja infraestructura diseñada para garantizar el funcionamiento de un gran equipamiento cultural internacional.
Un edificio organizado para recibir miles de visitantes

La nueva distribución interior responde a una lógica completamente distinta a la de la antigua sede bancaria.
La planta baja funciona como una gran plaza cubierta. La recepción y los espacios de acogida ocupan una superficie mínima de lo que fue el patio de operaciones del Banco para favorecer la sensación de amplitud. Desde este nivel se organiza el acceso a las diferentes áreas expositivas y culturales.
En la primera planta habrá exposiciones temporales de autores cántabros contemporáneos y las superiores están las salas dedicadas a exposiciones permanentes y temporales. Grandes espacios diseñados con gran flexibilidad para permitir montajes muy diferentes y adaptarse tanto a la exhibición de pintura y escultura como a instalaciones audiovisuales o proyectos inmersivos.
Parte del arco de unión entre las dos alas ha sido aprovechado para establecer nuevas conexiones entre las plantas, ya que anteriormente eran prácticamente dos edificios independientes.
En los tres niveles subterráneos se concentran ahora los espacios polivalentes, entre ellos el anfiteatro transformable de 150 plazas, concebido como una de las piezas más versátiles del edificio.
Las dos últimas plantas, levantadas sobre el edificio original, y las terrazas incorporan zonas de restauración y encuentro social que aprovechan las extraordinarias vistas sobre la bahía, reforzando la idea de que Faro Santander no debe ser únicamente un museo, sino un lugar de convivencia ciudadana que atraiga a todo tipo de públicos.
Una colección construida banco a banco
Uno de los principales activos del nuevo centro cultural de la Fundación Banco Santander es su colección artística, una de las más importantes reunidas por una institución privada española.

Sus orígenes se remontan al siglo XIX, cuando la entidad comenzó a adquirir obras para decorar sus sedes. Con el paso del tiempo, fue creciendo mediante adquisiciones directas y, sobre todo, mediante la incorporación de fondos procedentes de otros bancos integrados en el grupo: Banesto, Central, Hispano y los que estos, a su vez, habían absorbido.

El resultado es un conjunto la colección de arte privada de más de 1000 obras, incluyendo pinturas de Rubens, El Greco, Van Dyck, Picasso, Chillida, Sorolla y Joan Miró, y la colección de obras de José Gutiérrez Solana más completa que existe. Pero también fotografía contemporánea, escultura, artes decorativas, numismática, obra gráfica y creaciones de algunos de los artistas más relevantes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.
Del despacho al museo

La apertura de Faro Santander supone también un cambio simbólico en la forma de entender las colecciones corporativas.
Durante gran parte del siglo XX, las obras de arte adquiridas por empresas y entidades financieras estaban destinadas principalmente a decorar despachos, salas de reuniones y espacios institucionales. Eran colecciones privadas cuya función principal consistía en reforzar la imagen y el prestigio de las organizaciones que las poseían.
La tendencia internacional actual es justamente la contraria: abrir esos fondos al conjunto de la sociedad, y Faro Santander nace con esa vocación. No pretende ser únicamente un museo de obras maestras, sino un espacio donde arte, patrimonio, conocimiento e innovación puedan encontrarse. Un lugar para que los santanderinos y cántabros pasen con frecuencia, tanto por la novedad que aporten las colecciones temporales como por la programación de actividades dirigidas a convertir la cultura museística en algo más que la contemplación de las obras expuestas. La intención es alcanzar las 200.000 visitas al año y, aunque muchas de ellas serán de personas de fuera, el grueso serán santanderinos y cántabros, a los que se ofrecerán novedades casi permanentemente para inducirles a volver.
Un nuevo faro en la bahía
El propio edificio lo va a propiciar. Desde el exterior, seguirá siendo uno de los iconos más reconocibles del Paseo de Pereda. Sus restauradas fachadas de piedra de Boñar (León) han rejuvenecido espléndidamente y continuarán reflejando su calidez sobre las aguas de la bahía igual que lo han hecho durante más de un siglo. Pero quienes atraviesen sus puertas encontrarán una realidad completamente diferente.

La antigua sede del Banco se ha convertido en un espacio abierto, flexible y permeable. Un lugar donde la arquitectura histórica dialoga con el arte contemporáneo y donde uno de los símbolos del poder económico español inicia una nueva vida como uno de los grandes referentes culturales del norte de España. Y en las terrazas, antes inaccesibles, se podrá permanecer como en cualquier cafetería o en cualquier restaurante, con las vistas de la Bahía como reclamo y un acondicionamiento hecho con jardinería y bancos de piedra tallada por un escultor que será un aliciente más en la vida diaria de la ciudad.



